La cercanía con los pueblos originarios

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Opinión
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No es correcta la folclorización de su cultura y el pensarlos como adornos de la mexicanidad en desfiles patrios o en ceremonias de Estado

Aunque en la Constitución de 1917 aparece el término “indígena” para designar a quienes descienden de los pueblos originarios que hoy siguen habitando nuestro país, no es la palabra que utilizo para nombrarlos.

Y cuando escribo, por ejemplo, Mayas, Chontales, Nahuas, Otomíes, Totonacas, Yaquis, Tarahumaras o Kikapúes, lo hago con mayúsculas, porque mayúscula es su grandeza y mayúscula ha sido su determinación para que se respete su patrimonio identitario.

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También ha sido mayúsculo el desdén de la población mestiza hacia ellos, así como el desconocimiento de lo que representan en la actualidad y no como la civilización de la que provienen algunos de estos pueblos originarios y que tiene referencias históricas que de pronto leemos.

Tampoco es correcta la folclorización de su cultura y el pensarlos como adornos de la mexicanidad en desfiles patrios o en ceremonias de Estado. No, la gente originaria es más que todo eso.

Cuando tenemos el privilegio de su cercanía, de convivir con ellos en sus casas, en sus festejos genuinos y de compartir su gastronomía realizada con recetas ancestrales por cocineras tradicionales, llamadas de humo por utilizar fogones alimentados con leña, conocemos el verdadero pulso de México.

Su cercanía permite encontrarse con la mirada profunda de seres humanos que descienden de hombres y mujeres que han resistido durante siglos a perderse en el marasmo de la nada, pues ellos son mucho. Basta observar la manera en que sus gobiernos tradicionales guían la colaboración colectiva para el bien común a través de faenas o el tequio, en donde no existen sueldos porque el trabajo es parte de la responsabilidad civil, que de no hacerlo lleva al desprestigio no sólo para quien incumple, sino también para su familia.

El pasado fin de semana y el miércoles 28 de octubre tuve de nueva cuenta la oportunidad de convivir con pueblos originarios. A Bustamante llegó una embajada cultural procedente de la Sierra Norte de Puebla, integrada por representantes de los municipios de Juan Galindo, Xicotepec, Tlacuilotepec, Huauchinango, Naupan y Zihuateutla. Disfruté de los tamales rojos, de los guisos con pepita de calabaza, del mole a la antigua y del café de olla elaborado con granos cultivados en esa bellísima zona.

Apenas el miércoles pasado estuve presente en la celebración del 23 aniversario del Capítulo Tabasco de la Fundación Mundo Sustentable, liderada por el doctor en Educación Eduardo López Hernández. Esa cantidad de años es la que tengo yendo a Olcuatitán, Nacajuca, desde que surgió el compromiso de limpiar de envases de PET los camellones chontales, que son un modo de hacer agricultura en medio de las zonas pantanosas de la Chontalpa.

En la ceremonia participaron niños tamborileros y algunos jóvenes universitarios de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UJAT), quienes realizan su servicio social en el Centro Holístico Chontal. Luego fuimos a festejar precisamente en la sede de dicho centro, donde consumimos pozol fresco como bebida, dulces típicos y bocadillos. Allí conocí al artesano ceramista Jhonnatan Hernández, heredero de una tradición que proviene de su tatarabuela Micaela Rodríguez. Ella transmitió el oficio a su hija Juliana de la Cruz y esta, a su vez, a su hija Lorenza García de la Cruz (abuela de Jhonnatan), preservando así el arte de modelar el barro obtenido de las orillas de los pantanos.

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Doña Lorenza enseñó al joven Hernández a crear sorprendentes objetos de barro negro, cobrizo y café. Un sobrino de Jhonnatan, hijo de una de sus hermanas, con apenas 12 años, ha sido su discípulo y con enorme talento moldea miniaturas. Las piezas de barro del niño Diego Hernández son prodigiosas: pequeños cementerios, templos, vasijas coronadas por imágenes de dioses prehispánicos, frutas y platillos tradicionales confeccionados con minuciosidad.

Cuando Diego sacó de un cofre sus trabajos artesanales para mostrarlos, pensé que podríamos organizar una exposición con estas obras, las de su tío Jhonnatan, las de su madre y las de su abuela Lorenza, ya fallecida. La cercanía con los pueblos originarios no debe significar sólo una inspiración; debe ser un compromiso para que luchemos por su resignificación real.

Columna: Mundo sustentable

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