La circularidad: desafíos para México
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Corrientes como la ecología industrial, el pensamiento sistémico, el diseño regenerativo y, a partir de 2009, la economía verde, reforzaron la idea de que los sistemas económicos debían imitar los ciclos naturales
La circularidad pareciera un concepto innovador, propio de la agenda ambiental del siglo 21. Sin embargo, su raíz es antigua. Mucho antes de que existiera el término “economía circular”, las sociedades tradicionales ya operaban bajo principios de aprovechamiento total, reparación, intercambio y regeneración. En comunidades agrícolas mesoamericanas, por ejemplo, los ciclos de cultivo, descanso de la tierra y reutilización de materiales eran prácticas esenciales para la supervivencia. La circularidad era una necesidad.
Con la Revolución Industrial, este equilibrio se rompió. El modelo lineal –extraer, producir y desechar–, que aprendí de cerca en el Foro Latinoamericano de Ciencias Ambientales (FLACAM) entre 2005 y 2006, se convirtió por mucho tiempo en el patrón dominante. Fue entonces cuando aparecieron los primeros pensadores que cuestionaron la insostenibilidad del crecimiento ilimitado. A mediados del siglo 20, autores como Kenneth Boulding introdujeron la idea de la “economía del planeta cerrado”, afirmando que los recursos no podían sostener un modelo lineal indefinidamente. Luego, Walter Stahel y Genevieve Reday propusieron el concepto de “economía de desempeño” y los ciclos de vida prolongados, sentando las bases para lo que hoy se conoce como economía circular.
En paralelo, corrientes como la ecología industrial, el pensamiento sistémico, el diseño regenerativo y, a partir de 2009, la economía verde, reforzaron la idea de que los sistemas económicos debían imitar los ciclos naturales. En la Canacintra nacional, en 2012 se creó el sector industrial de Economía Verde, del que fui su primer presidente.
Hoy, la economía circular se ha convertido en un marco estratégico para gobiernos y corporativos. En México, su relevancia para el sector empresarial es alta. Las compañías enfrentan presiones crecientes: consumidores más conscientes, inversionistas que exigen criterios ESG, cadenas globales que requieren trazabilidad y regulaciones ambientales cada vez más estrictas. Adoptar modelos circulares no sólo reduce impactos ambientales, sino que optimiza la eficiencia operativa, disminuye costos de insumos, abre oportunidades de innovación y fortalece la competitividad. Para sectores como manufactura, alimentos, construcción y automotriz, la circularidad ya no significa un valor agregado, sino un factor de supervivencia.
En este contexto surge la Ley General de Economía Circular (LGEC) en México, para guiar el establecimiento de un marco nacional para transitar hacia modelos productivos más sustentables. La ley tiene potencialidades importantes: impulsa la responsabilidad extendida del productor, promueve la valorización de los residuos y la innovación tecnológica. También abre la puerta a nuevos mercados de reciclaje, simbiosis industrial y diseño circular.
Sin embargo, su implementación presenta desafíos muy significativos. Uno de los principales es la falta de claridad operativa: la ley establece obligaciones generales, pero deja vacíos en los mecanismos, plazos y criterios técnicos. Esto genera incertidumbre regulatoria, especialmente para las mipymes, que no cuentan con recursos para interpretar o anticipar cambios normativos.
Otro gran conflicto es la coordinación institucional porque la circularidad requiere la colaboración entre municipios, estados, federación y sector privado, lo que es difícil dado que la infraestructura actual de gestión de residuos es desigual e insuficiente. Existe un verdadero riesgo de que esta ley se convierta en una plataforma declarativa sin instrumentos económicos que propicien la transición.
A pesar de estos retos, la LGEC representa una oportunidad. México puede posicionarse como un referente regional si logra articular políticas públicas, innovación empresarial y participación ciudadana. Se trata de construir un modelo de gobernanza. La circularidad no es sólo una estrategia ambiental: es una forma de replantear la relación entre economía, recursos y bienestar. En realidad, es un retorno –con herramientas modernas– a una sabiduría ancestral: la de entender que todo sistema sustentable debe funcionar en ciclos, no en líneas rectas.
Los invito el próximo miércoles 10 de junio a que participen, presencial o virtualmente, en el segundo Congreso de Sustentabilidad: “Economía Circular: las nuevas oportunidades para la industria”, que se llevará a cabo en la Universidad Carolina, en el mero Saltillo. Entre los ponentes estaremos el Dr. Enrique Lendo, de la ONU Medio Ambiente; el Mtro. Javier Calderón y mi persona.