La democracia merece una oportunidad en Venezuela

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Opinión
/ 4 febrero 2026

Solo la democracia puede brindar una paz duradera y la oportunidad de que el país vuelva a ser próspera

Por Andrés Velasco, Project Syndicate.

LONDRES- George W. Bush hizo campaña para las elecciones presidenciales de 2000 en Estados Unidos repudiando las intervenciones militares en el extranjero y los intentos de construir naciones de la nada en lugares lejanos. Sin embargo, una vez instalado en la Casa Blanca, envió decenas de miles de soldados a Afganistán, donde trató de consolidar una democracia. Poco después intentó lo mismo en Irak.

Donald Trump también despotricó contra la intervención en los que él llamó “países de mierda”. No obstante, hace poco envió fuerzas especiales estadounidenses a Venezuela para capturar a su dictador, Nicolás Maduro. Pero en lugar de intentar restaurar la democracia en Venezuela, Trump ahora se ha aliado con lo que él mismo llamó un “régimen corrupto, criminal, ilegítimo...”. Esto es como si en 1930 el alcalde de Chicago primero hubiera tildado a Al Capone de gánster y acto seguido se hubiera convertido en socio comercial de su sucesor, Frank Nitti.

Hay dos explicaciones para el reciente actuar de Trump. La primera es que a él solo le interesan los negocios. Estará contento si logra que fluya algo más de petróleo, especialmente si con esto algunos de sus amigos se enriquecen aún más.

Esta no es una teoría desquiciada, puesto que Trump pronunció la palabra petróleo veinte veces durante la conferencia de prensa que dio después la captura de Maduro, pero ni siquiera una vez la palabra democracia. Pero mientras un régimen corrupto, criminal e ilegítimo gobierne Venezuela, las empresas petroleras no van a invertir los miles de millones de dólares que se requieren para reconstruir la industria petrolera del país. Como le dijo cara a cara a Trump el CEO de ExxonMobil, hoy día es inviable invertir en Venezuela.

Algunas almas caritativas, reacias a creer que al líder del mundo libre solo le podría interesar ganar dinero, y que como magnate empresarial podría ser tan desacertado en su predicción de lo que harán los inversionistas, tienen otra explicación: llamémosla la teoría Irakistán.

Tal teoría se puede enunciar más o menos así: en Irak y Afganistán (como asimismo en Somalia, Libia, Haití y la República Democrática del Congo) las potencias occidentales intentaron construir naciones que funcionen normalmente y fracasaron estrepitosamente en la tarea. Esto se debió a que los países en cuestión estaban divididos en grupos lingüísticos y religiosos muy diversos, carecían de un liderazgo democrático creíble, no tenían tradición ni de controles democráticos ni de estado derecho, y tampoco podían depender de una clase media numerosa que actuara como fuerza estabilizadora de los humores políticos.

En vista de que los mismos problemas supuestamente afligen a Venezuela (incluidas las pandillas armadas y las divisiones al interior de la oposición), Estados Unidos hace bien en abstenerse de hablar de una transición democrática. La única forma de garantizar la estabilidad, concluyen, es lograr un acuerdo con los sinvergüenzas que gobiernan el país.

Si la construcción de naciones siempre está destinada al fracaso (pensemos por un momento en Alemania y Japón después de la Segunda Guerra Mundial) es un tema para otra ocasión. Pero una cosa está clara: diseñar políticas con respecto a Venezuela por analogía con Irak y Afganistán es tan desquiciado como creer que miles de millones de dólares en inversiones privadas están a punto de inundar Caracas y la cuenca del Maracaibo. La teoría Irakistán parece prudente, pero aplicarla a Venezuela es simplemente ignorante.

Revisemos la lista de requisitos, partiendo por el hecho de que en Venezuela no existen las divisiones lingüísticas y religiosas que en Irak y Afganistán socavaban la estabilidad política. De hecho, Venezuela se encuentra en el extremo opuesto del espectro: una nación donde casi todos hablan el mismo idioma y rezan del mismo modo (si es que rezan del todo). Es evidente que el país sufre de enormes disparidades en el ingreso y de dolorosas inequidades raciales. Pero lo mismo sucede en Estados Unidos.

Ahora bien, hablar de divisiones dentro de la oposición a la dictadura venezolana no es ninguna novedad. A quienes se oponían a Chávez y luego a Maduro efectivamente les costó unirse. Pero lo lograron, y de manera unida apoyaron a un candidato que recibió dos tercios de los votos en las elecciones presidenciales de julio de 2024. El único problema fue que Maduro se robó la elección, como rápidamente lo señalaron Estados Unidos, el Reino Unido, la Unión Europea y casi todas las democracias del mundo.

Lo que nos lleva a la cuestión del liderazgo democrático creíble. Venezuela cuenta con un presidente elegido democráticamente: se trata de Edmundo González, quien sin duda ganó las elecciones de 2024. Y la oposición se unió en torno a González solo porque Maduro, de manera ilegal, prohibió la candidatura de la popular y carismática Maria Corina Machado.

Ella, quien obtuvo el Premio Nobel de la Paz por sus esfuerzos para restaurar la democracia en Venezuela (y cuya calculada movida política de entregar su medalla Nobel a Trump todavía no rinde frutos), lidera un movimiento político creíble y democrático que bien podría gobernar el país. No es algo que se pudo haber dicho respecto a Irak o Afganistán (y mucho menos Haití, Libia o la RDC). Venezuela durante mucho tiempo fue una democracia liberal, mperfecta, como muchas otras, pero lo suficientemente democrática como para tener elecciones libres, alternancia pacífica del poder, partidos políticos institucionalizados, libertad de prensa, un poder judicial que funcionaba y, en general, casi todo lo que se requiere. La tradición democrática de Venezuela es lo suficientemente fuerte como para que hasta Hugo Chávez se sintiera obligado a realizar elecciones (y durante un tiempo no se las robó).

En lo que se refiere a una clase media sólida, a los profesionales y tecnócratas capaces, y a los otros factores que puedan promover la estabilidad política, Venezuela también cumple los requisitos. La economía se ha contraído el 80% desde que Maduro asumió el poder (esa es la cifra, aunque parezca increíble) y ocho millones de venezolanos han tenido que salir de su país, de modo que la clase media no es lo que era, la más rica de América Latina. Pero Venezuela tiene un sinnúmero de profesionales capaces y una diáspora que puede aportar los conocimientos más recientes al país una vez que desaparezca el régimen actual. La democracia se arraigó en Argentina, Chile y Uruguay gracias, en buena medida, a la contribución de los exiliados que retornaron a sus países luego del fin de las dictaduras. Lo mismo puede ocurrir en Venezuela.

Cuidado, entonces, con las analogías históricas falsas. La estabilidad no requiere que la dictadura venezolana se perpetúe. Todo lo contrario: post Maduro, solo la democracia puede brindar una paz duradera y la oportunidad de que Venezuela vuelva a ser próspera. Copyright: Project Syndicate.

Traducción de Ana María Velasco

Andrés Velasco, exministro de Hacienda de Chile, es Decano de la Escuela de Políticas Públicas de la London School of Economics and Political Science.

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