La doble vida de don Fulano (II)
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Don Fulano (cuyo nombre no puedo yo decir) era señor de día y señora de noche. Trabajaba en una oficina por la mañana; al filo de la una de la tarde comía en el restaurant “Guadalajara”, por la calle de Aldama, establecimiento del cual era abonado, y luego seguía trabajando hasta las 5. Después volvía a su casa, cerraba bien la puerta y se despojaba de su atuendo de señor para vestirse de mujer.
¡Qué bien se sentía don Fulano (cuyo nombre no puedo yo decir) con ropas femeninas! Él, que jamás había sabido lo que es una caricia erótica, experimentaba con placer sensual la tersura de aquellas sedas interiores, de aquel nailon que parecía murmurar cuando las medias se rozaban, de aquellas blusas de ornados cuellos que ponían blanduras en el suyo.
Nadie conocía aquella solitaria pasión de don Fulano. Era él un hombre muy correcto, sin vicios cual ninguno, como decían sus vecinas. Solterón, eso sí –¡tantos había!–, pero educado, aunque nada más diera los buenos días y las buenas tardes. De borracheras o escándalos con amigotes, nada; y menos de que metiera viejas a su casa.
Los lectores, lo sé por experiencia, son suspicaces, y las lectoras más. Ya están pensando de seguro que don Fulano era gay. Pues no. Jamás nadie le supo nada en ese ramo; ni presentaba los signos externos de los amanerados. No era gay don Fulano. Era sencillamente un señor al que le gustaba vestirse de señora. Favor de no confundir.
Una noche don Fulano sintió un ansia que nunca antes lo había acometido: salir a la calle vestido de mujer. ¿Por qué se le ocurrió tal cosa? Quién lo sabe. Siempre había mantenido su afición dentro de las cuatro paredes de su casa. Pero esa noche era de las tibias del verano. Además tenía un vestido nuevo, de organdí, y apenas el lunes la chivera le había traído de Laredo una peluca hermosa, entre castaña oscura y pelirroja. ¿Y se iba a quedar ahí en la casa?
Vistiose don Fulano, pues, sin saber que la tragedia lo aguardaba. Se puso las prendas interiores, el vestido, las medias y los zapatos de tacón; se caló cuidadosamente la peluca; se maquilló muy bien; tomó su bolso, y con un leve temblor de voluptuosidad salió a la calle.
Era la medianoche ya; no había nadie en la vía pública. Por eso se atrevió. Echó a caminar pegadito a la pared, procurando no hacer ruido con el taconeo. Al dar vuelta a la esquina cobró mayor confianza. Tomó por medio de la acera, y hasta empezó a contonearse un poco; un poquitito nada más, no mucho. ¡Qué bonito! La noche era plenilunada; la calle estaba sola, y caminaba don Fulano vestido de mujer, feliz...
Entonces la tragedia llegó. Don Fulano (cuyo nombre no puedo yo decir) atravesaba la calle, y lo atropelló la bicicleta de una panadería. Al oír el golpe salieron los parroquianos de la cantina de don José el Chiflis, y rodearon a la mujer caída, que no era tal mujer, sino don Fulano.
Mañana contaré el final. Los amores, los odios y las historias no se deben dejar nunca pendientes.