La epopeya del suero vitaminado

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Opinión
/ 8 abril 2026

Vivimos en la vulgar explotación física

Morir de contado en el altar del filtro

Hermosillo, Sonora. Tierra de sol calcinante, carne asada y, ahora, el camposanto más chic del noroeste mexicano. Aquí, donde la canícula te derrite hasta las ideas, un grupo de entusiastas del bienestar decidió la vida eterna era demasiado larga si no se vivía con el cutis de una muñeca de porcelana de la dinastía Ming.

Bienvenidos al carnaval de la desdicha estética, donde el suero vitaminado —ese cóctel de promesas líquidas— se convirtió en el boleto VIP para el Mictlán de las vanidades.

En este Hermosillo post-moderno, la cursilería ya no se conforma con un poema de Amado Nervo. Ahora exige una jeringa cargada de esperanza industrial. Hemos pasado de la cultura del esfuerzo a la ciencia del injerto.

En las salas de espera de estas clínicas, huelen más a cloro de alberca y menos a quirófano, el currículum vitae ha sido sustituido por el feed de Instagram.

¿Para qué un doctorado en Oxford si puedes tener los pómulos de una Kardashian? La ética es un accesorio pasado de moda, como los pantalones de campana. Aquí, cuenta es la plusvalía del rostro.

Los hoy occisos no buscaban la salud, esa categoría burguesa y aburrida. Buscaban el glow. Y el glow resultó ser el último destello de sus pupilas antes del suero pirata les apagara el switch.

Es el triunfo de la imagen sobre la esencia. Morir guapo es la última victoria del sistema.

La levedad del ser (y del relleno)

Este vacío se llenaría con polímeros y vitaminas de dudosa procedencia compradas en el mercado negro de la belleza. En un mundo donde lo ligero es ley, la responsabilidad moral pesa demasiado. Por eso, el médico o el carnicero con bata blanca no siente remordimiento. Solo siente el roce sedoso de los billetes.

El cuerpo se ha vuelto un objeto de consumo desechable. Túneame la vida, gritaban las víctimas mientras se conectaban a la manguera de la muerte. Es el hedonismo llevado al paroxismo. Si no brillas en el selfie, no existes. Y para existir, debes arriesgarte a dejar de respirar. La paradoja es deliciosa en su cinismo. Se inyectan vida para terminar en una caja de madera (eso sí, con el maquillaje intacto).

El suero vitaminado es el símbolo perfecto de esta era. Líquido promete solidez estética, pero termina por disolver los órganos internos. En Hermosillo, la comunidad se estremece, pero no por la pérdida de valores, sino por el miedo al proveedor esté en la lista de los buscados por la Interpol. No hay duelo, hay pánico al envejecimiento. La muerte es solo error de cálculo en la aplicación del filtro.

Vivimos en la vulgar explotación física. El cuerpo ya no es el templo del espíritu, sino la marquesina de un casino. Apostamos el hígado a cambio de una piel sin poros. Los valores académicos son para los feos.

La moral es para los inaccesibles a un buen cirujano. La ética es, en el mejor de los casos, un estorbo para el marketing del yo.

El brillo del tanatorio. Ahí quedan los cuerpos, testimonios mudos de la batalla perdida contra el espejo. En la funeraria, el maquillador tiene poco trabajo: las víctimas ya vienen preparadas. Son los mártires de la era del clic, los santos de la fotogenia extrema. Hermosillo sigue ardiendo bajo el sol, mientras en algún rincón, alguien más está preparando una nueva mezcla mágica. Porque en este mundo, es preferible ser un cadáver exquisito a una persona común y corriente con arrugas. El cinismo es nuestro único suero de verdad.

¡Salud, la belleza sobra!

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Morelense de cepa Regiomontana. LCC con especialidad periodismo (UANL). Doctor en Artes y Humanidades (I.C.A.H.M.). Tránsfuga de la mesa de redacción en diferentes periódicos como El Diario de Monterrey, Tribuna de Monterrey, y del grupo Reforma en el matutino Metro y vespertino El Sol. Escort de rockeros, cumbiamberos, vallenatos y aprendices al mundo de la farándula. Asiste o asistía regularmente a conciertos, salas de baile, lupanares, premieres, partidos de fútbol y hasta al culto dominical. Le teme al cosmos, al SAT, a la vejez y a la escasez de bebidas etílicas. Practica con regularidad el ghosting. Autor de varios libros de crónica como Hemisferio de las Estaciones, Crónicas Perdidas, Montehell, Turista del Apocalipsis, Monterrey Pop, Prêt-à-porter: crónicas a la medida y Perros ladrando a la luna en Monterrey

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