La filósofa que creó una dictadura

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Opinión
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El filósofo Theodor Adorno (1903-1969), uno de los pilares de la Escuela de Frankfurt (1923-1969), fue crítico feroz de los efectos de la modernización industrial. En su obra fundamenta lo que hoy ya sabemos: la industria requiere trabajadores silenciosos, que no hablen ni piensen. Para conseguirlo la industria se vale del arte, entre otros muchos instrumentos. Así, en cuanto una sociedad declara a una obra como “Obra de arte” se activa una estandarización del pensamiento evitando que los artistas sigan adelante con la búsqueda, la reflexión. “El arte es la antítesis social de la sociedad” dice Theodor Adorno en su Teoría estética (1970)

¿A qué viene esta parrafada de filosofía? A que la compositora uruguaya Beatriz Lockhart (1944-2015) siguió el pensamiento del filósofo Adorno, tras la instauración de la dictadura uruguaya.

Nacida en el seno de una familia de ascendencia escocesa, a los seis años Beatriz Lockhart se acercó a la música a través del piano, a los 15 años ingresó al Conservatorio Nacional de Música en Montevideo, a los 29 marchó a Buenos Aires a al Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales, que dirigía Alberto Ginastera. Para 1973 era ya una música reconocida con el Premio de Composición, otorgado por la Orquesta Sinfónica Municipal de Montevideo, y con el Gran Premio de Composición del Instituto Panamericano de Cultura. Apenas treintañera ya era una compositora hecha y derecha autora de, entre otras obras, el Concerto Grosso para orquesta de cuerdas (1966), el Homenaje a Federico García Lorca (1968) y la sorprendente suite para piano Homenaje a Maurice Ravel (1966). Además, durante su estancia en Buenos Aires exploró la música electroacústica. Con estos méritos, en 1973 obtuvo una beca para la Academia Musical Chigiana en Italia a estudiar con Luigi Nono (1924-1990), el autor de la ópera Contrapunto dialéctico a la mente, de 1968. A pesar de ser una obra por encargo, los organizadores prohibieron a Nono su estreno para no ofender a los estadounidenses invitados, ya que el autor criticaba acremente a Estados Unidos por la discriminación racial de los sesenta. Nono la modificó para usarla como música del ballet Intolerancia, estrenado ese mismo 1968. Esta obra libertaria la dedicó a Douglas Bravo (1932-2021), líder del Frente de Liberación Nacional de Venezuela.

A su regreso a Uruguay Beatriz Lockhart fue invitada como docente al Conservatorio Nacional de Música. Sin embargo, al empresario ganadero Juan María Bordaberry se le antojó la Presidencia de Uruguay, por lo que dio un golpe de estado el 27 de junio de 1973, y declaró una purga de intelectuales, profesores y artistas del país, al más puro manotazo estalinista. Además cerró universidades y conservatorios. Entonces Beatriz Lockhart se exilió en Venezuela, donde fue acogida por el Conservatorio Nacional “Juan José Landaeta”, y por la Escuela de Música “Pedro Nolasco Colón”.

En Venezuela Beatriz Lockhart inició un proceso de profunda reflexión. Por una parte, había nacido escuchando tango, como ocurría en toda casa del delta del Río de la Plata. Por otra parte, había conocido la academización del tango, tanto en Buenos Aires como en Montevideo gracias a la Camerata Punta del Este. En entrevista con la clavecinista Nieves Dearmas, la propia Beatriz Lockhart lo dice: “Yo nací acunada en el tango. Cuando yo escuché a Camerata, a sus excelentes intérpretes y arreglistas, a mí el tango me volvió a capturar inmediatamente, y además Camerata hacía temas de Piazzolla” Pero en Italia, con su maestro Luigi Nono, vislumbró que la música no es sólo un mero entretenimiento, un goce estético —muy válido, desde luego—, sino que también puede jugar un rol de crítica social.

Al verse exiliada en Venezuela, estas reflexiones cobraron sentido. Ella, la maestra uruguaya bienportada, la mujer sensata, había sido expulsada de su tierra por el poder insensato de las armas del dictador. Aquellas formas convencionales a las que había respetado y obedecido ahora pasaban por sobre la norma y la razón. Hasta entonces la suya había sido una música complaciente, diría el filósofo Theodor Adorno, sin cuestionar el orden social. Entonces en Venezuela su música se hizo “incómoda”, a veces demasiado expresiva, a veces disonante, muchas veces montada en el espíritu del pueblo, bebiendo de hálito de la gente, que es mucho más trascendental que el mero folklorismo. Invito a la escucha del álbum Música para la ciudad de Montevideo y Obra completa para piano, en YouTube. ¡No tiene desperdicio!

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Estudió Letras Españolas en su estado natal, ha escrito narrativa y ensayo. Su interés se centra en literatura policiaca, presente en sus estudios y en su obra de creación. Yo siempre estoy esperando que los muertos se levanten parte del viaje de su protagonista para realizar una investigación sobre la estancia de Francisco Villa en la ciudad de Delicias; la anécdota le sirve para la creación de una novela de suspenso con tintes policiacos. Su segunda novela, Nadie sueña, recrea y denuncia el mundo de la violencia, del crimen y la corrupción del sistema judicial y de los círculos del poder en los estados del norte. Sus personajes, al principio presos de un gran desaliento, logran rebelarse ante esta situación. En sus cuentos se repiten las mismas obsesiones del autor por la intriga propia del relato policiaco.

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