La guerra en Irán está provocando una crisis mundial de la deuda
Debido a la guerra se han producido cambios estructurales más amplios en el panorama de la deuda mundial, debido a la composición cambiante de los acreedores y a los próximos picos de reembolso de ciertos tipos de deuda, en particular los préstamos bilaterales
Por Moussa Faki Mahamat, Project Syndicate.
N’DJAMENA- Como todo el mundo sabe, la guerra en Oriente Medio ha provocado un fuerte repunte de los precios del petróleo, el gas y los alimentos, lo que ha generado graves dificultades económicas en todo el mundo, y especialmente en los países en desarrollo. Pero lo que no se comprende tan bien es el efecto de la guerra en los costes de financiación de los gobiernos. En todo el Sur Global, lo que comenzó como una crisis de precios se ha transformado en una crisis de deuda.
Las semillas de la crisis actual se sembraron durante el periodo de bajos tipos de interés de la década de 2010, cuando los países de ingresos bajos y medios-bajos contrajeron un fuerte endeudamiento en dólares. Muchos invirtieron estos fondos de forma productiva y cosecharon los frutos de un mayor crecimiento económico. Pero tras la pandemia de COVID-19, los tipos de interés mundiales subieron y el dólar estadounidense se fortaleció, lo que encareció considerablemente el endeudamiento.
En 2023, la deuda externa combinada de los países en desarrollo había alcanzado los 11.4 billones de dólares, lo que representaba el 99 % de sus ingresos totales por exportaciones. El total de los pagos de intereses era un 26 % superior al de apenas dos años antes, y un número sin precedentes de 54 países , casi la mitad de ellos en África, destinaban al menos el 10 % de sus presupuestos públicos al pago de intereses. El año pasado, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) calculó que 3,300 millones de personas vivían en países que gastaban más en el pago de la deuda que en servicios básicos como la salud o la educación, y la situación no ha hecho más que empeorar desde entonces.
Tras la COVID-19, muchos países optaron por recurrir a préstamos en moneda local para mitigar los riesgos del tipo de cambio. Pero ahora se enfrentan a tipos de interés más altos como consecuencia de ello. A finales de marzo, el Fondo Monetario Internacional identificó a nueve países en situación de sobreendeudamiento, con otros 23 en riesgo alto y 28 en riesgo “moderado”. No es un asunto baladí. La sobreendeudamiento significa que no se puede pagar a los acreedores, ya sea porque se está en situación de impago o porque solo se evita el impago gracias al apoyo del FMI.
La crisis energética desencadenada por la guerra de Irán ha incrementado aún más los costos de financiación, especialmente para los países importadores de energía, y esta tendencia podría persistir si continúan las tensiones geopolíticas actuales. Para empeorar las cosas, se han producido cambios estructurales más amplios en el panorama de la deuda mundial, debido a la composición cambiante de los acreedores y a los próximos picos de reembolso de ciertos tipos de deuda, en particular los préstamos bilaterales. Estas tendencias han dejado especialmente vulnerables a los países con grandes necesidades de refinanciación a corto plazo.
¿Qué se puede hacer? En primer lugar, el FMI debería pasar a un modo de respuesta a la crisis a gran escala. Reactivar instrumentos como la Ventanilla para la Crisis Alimentaria y ampliar el acceso a la financiación de emergencia ayudaría a los países a hacer frente a las presiones inmediatas.
En segundo lugar, los bancos multilaterales de desarrollo deberían aumentar los desembolsos, tal y como hicieron durante la pandemia. Actualmente cuentan con importantes reservas de beneficios, y las recientes reformas de sus marcos de adecuación de capital les han dotado de mayor capacidad de préstamo.
En tercer lugar, los acreedores bilaterales deberían seguir acelerando los procesos de reestructuración de la deuda. Las recientes mejoras en el Marco Común del G-20 han reforzado la coordinación, pero la implementación sigue siendo demasiado lenta en relación con la magnitud y la urgencia de las necesidades actuales.
En cuarto lugar, estos enfoques para el tratamiento de la deuda deben seguir evolucionando. Se necesitan más esfuerzos para garantizar resultados más rápidos y coordinados entre todos los grupos de acreedores. Aunque los acreedores privados ya forman parte de los procesos de reestructuración, los retos de coordinación y los retrasos siguen impidiendo resoluciones oportunas.
En términos más generales, ha habido un amplio debate internacional sobre cómo mejorar los acuerdos relativos a la deuda soberana. Una idea muy extendida es la de los “canjes de deuda“, en los que un país obtiene refinanciación a condición de invertir parte de los ingresos en soluciones basadas en la naturaleza, mitigación o adaptación al cambio climático, salud, educación u otros proyectos relacionados con el desarrollo. Otra es la “cláusula de pausa“, que permite a un país suspender los pagos de la deuda tras un fenómeno meteorológico extremo u otro desastre. En un avance prometedor, algunos acreedores privados están mostrando ahora su disposición a incluir tales cláusulas para contingencias más generales si los gobiernos ofrecen mayor transparencia sobre su situación financiera.
Además, el Banco Mundial y el FMI están reformando sus análisis de sostenibilidad de la deuda para tener en cuenta los riesgos de los impactos climáticos y la pérdida de naturaleza, así como los beneficios de mitigarlos (y algunos países también están realizando estos análisis por su cuenta). Bajo los auspicios de la UNCTAD, se ha puesto en marcha una nueva Plataforma de Deudores para ayudar a los países deudores a compartir buenas prácticas y hablar con una voz colectiva más firme. Y la reciente Cumbre “Africa Forward“, coorganizada por Kenia y Francia, contó con animados debates sobre la organización de nuevas iniciativas en materia de deuda. Todos reconocieron que la nueva situación internacional exige nuevas respuestas.
Lamentablemente, a pesar de todas las promesas de canjes de deuda, cláusulas de suspensión y otras innovaciones, es poco probable que esas medidas sean suficientes o se amplíen con la rapidez necesaria para hacer frente a la crisis actual. Hoy en día es poco habitual que un país entre en mora de forma directa; en cambio, la mayoría se ve obligada a recortar la inversión en su propio desarrollo. Sin embargo, sabemos que la intervención temprana con mecanismos de reestructuración puede ayudar a restaurar el margen de maniobra fiscal de manera más eficaz que retrasar la acción o recurrir a una costosa financiación a corto plazo.
Durante la crisis de la COVID-19, la acción internacional coordinada permitió a los países suspender los pagos de la deuda para proteger a sus poblaciones. Ahora se necesita una respuesta igualmente ambiciosa. Una vez más, una crisis mundial está suponiendo una carga desproporcionada para países que no la causaron. La comunidad internacional tiene el deber de responder. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Moussa Faki Mahamat, ex primer ministro de Chad y ex presidente de la Comisión de la Unión Africana, es enviado especial del Pacto por la Prosperidad, las Personas y el Planeta.