La IA está resucitando la economía marxista china
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Los marxistas chinos temen que el giro capitalista del país lo conduzca a la “trampa de la renta” que se caracteriza por un período de inflación de los precios de los activos, una desaceleración rápida, estancamiento, desindustrialización y discordia social
Por Yanis Varoufakis, Project Syndicate.
ATENAS- A medida que China se abría al capitalismo, sus principales universidades adoptaron los libros de texto occidentales convencionales para moldear la forma de pensar de sus estudiantes sobre la economía. “La mayoría de mis colegas solo hablan del marxismo de la boca para afuera”, me confesó un profesor de economía de uno de los mejores departamentos de economía de China. “Solo una pequeña minoría se toma en serio a Marx”.
Eso fue hace dos años. Hoy, la revolución de la IA le está dando un poderoso impulso a la economía marxista china.
Los marxistas chinos temen desde hace mucho tiempo que el giro capitalista del país lo conduzca a la “trampa de la renta” tan conocida en las economías del Atlántico Norte: un período de inflación de los precios de los activos, una desaceleración rápida, estancamiento, desindustrialización y discordia social. Cuando la competencia en los sectores productivos hace bajar las tasas de beneficio, los inmuebles que generan renta se vuelven más atractivos para los inversores que buscan la mayor rentabilidad ponderada por el riesgo.
Cuanta más riqueza persigue las rentas, más suben los precios de los activos y más rápido se traslada la riqueza de la industria al sector rentista. Las trampas de la renta vacían la industria y convierten en páramos a usinas industriales que en su día fueron orgullosas, como el norte de Inglaterra y el Medio Oeste estadounidense.
China ya estuvo a punto de caer en una trampa de la renta con el colapso de la promotora inmobiliaria Evergrande -la punta de un iceberg especulativo que estuvo a punto de hundir el milagro económico chino-. Los académicos leales al régimen chino desestiman esos temores, confiados en que el estado chino, a diferencia de sus pares occidentales, sabe cómo orientar la inversión para eludir la trampa de la renta. Señalan casos de éxito como los minerales críticos, la energía verde, los vehículos eléctricos, los trenes ultrarrápidos, los microchips y, más recientemente, la IA.
La minoría de economistas chinos que se mantuvieron fieles al marxismo temía en secreto que el estado chino, por muy competente que fuera, pudiera no bastar para que China eludiera su trampa de la renta. A principios de 2025, varios de ellos me comentaron que consideraban que el enorme superávit comercial del país era producto de una guerra de clases despiadada contra las clases trabajadoras tanto chinas como occidentales, en la que los únicos vencedores son los capitalistas chinos y occidentales.
Si la clase capitalista china emergente destina los aproximadamente 170 billones de yuanes (25 billones de dólares) de ahorro acumulado procedente del superávit a la compra de activos, China no evitará su trampa de la renta. Si, por el contrario, los ahorros se invierten en el extranjero, por ejemplo, en los países del BRICS+ o en África, China se convertirá, al igual que Occidente antes, en un rentista que extrae excedentes de los países en desarrollo -lo cual no es precisamente un objetivo marxista-. Asimismo, al enviar sus ahorros al exterior, los ahorristas chinos se verán algún día atados, al igual que los ahorristas alemanes antes que ellos, a los caprichos de los prestatarios extranjeros, otra perspectiva poco atractiva.
Una sensación similar de inquietud solía invadir a los economistas marxistas chinos cuando se enfrentaban a la recomendación política habitual, principalmente por parte de economistas anglosajones, de que China debía aumentar el gasto interno -tanto privado como público- para evitar la trampa de la renta. Los marxistas chinos dudan de que el consumismo aleje al país de la trampa de la renta del capitalismo de forma sostenible. “He leído La sociedad opulenta de Galbraith, y por eso sé que correr más rápido en la cinta de correr del consumismo es un tipo especial de infierno”, me dijo uno de ellos.
Para comprender cómo los robots impulsados por IA de China ayudaron a sus economistas marxistas a volver a la primera línea, debemos recordar un principio fundamental de la economía marxista: el valor económico solo lo crea el trabajo humano. El valor de un producto refleja el tiempo mínimo de trabajo necesario para producirlo, dado el estado actual de la tecnología y los conocimientos técnicos. Los capitalistas nunca pueden extraer plusvalía de una máquina -solo de los seres humanos-. Las máquinas industriales pueden ser inmensamente útiles, pero se limitan a transferir el valor que les han infundido los seres humanos que las construyeron.
Desde la invención de la máquina de vapor, a medida que las máquinas fueron sustituyendo progresivamente al trabajo humano, el valor de las mercancías descendió, los márgenes de beneficio se redujeron y la trampa de la renta se agudizó. Pronto, para restablecer la creación de valor, el capitalismo necesitó una guerra que redujera la oferta de mano de obra o una crisis grave que la abaratara. Esta es la crítica marxista habitual al capitalismo.
Los marxistas chinos creen que esto está ocurriendo con renovado vigor en Estados Unidos, por cortesía de las grandes empresas tecnológicas. Silicon Valley le presta poca atención a la producción material, pero está obsesionado con crear agentes de IA para alquilárselos a personas y a empresas como proveedores de servicios. Mientras que el sector de servicios estadounidense prescinde de la mano de obra humana y pierde su capacidad para generar plusvalía, los magnates tecnológicos estadounidenses extraen más plusvalía de la producción material que la IA deja relativamente intacta. La trampa de la renta en Estados Unidos crece, al igual que la desigualdad, el populismo y la agitación social.
Por el contrario, las empresas chinas de IA se han centrado en la producción material, utilizando su robótica industrial para la fabricación de productos, inclusive verduras. Se están automatizando cadenas de suministro enteras, incluido el diseño del propio proceso de producción.
Asimismo, todas estas capacidades de IA son de código abierto y están al alcance del fabricante chino más pequeño por una miseria. No se trata simplemente de una tecnología que otorga una ventaja competitiva a un Henry Ford o a un Steve Jobs. En el modelo industrial emergente de China, impulsado por la IA, los marxistas chinos detectan la base material para la abolición del valor en sí mismo.
Cuando el tiempo de trabajo necesario se reduce a cero en todos los sectores a la vez, los bienes se vuelven tan abundantes que su valor de cambio se desploma. Lo que queda es un valor de uso, una utilidad y una funcionalidad enormes. De repente, la riqueza ya no sustenta los precios de los activos, la trampa de la renta desaparece y resulta posible imaginar una China futura que ya no necesite exportar para mantener su equilibrio interno.
La idea más profunda que plantean los marxistas chinos es que el capitalismo no puede sobrevivir al gran salto adelante de la IA. Tarde o temprano, deberá generar crisis y guerras para sobrevivir. Pero China no está sujeta a la misma lógica de acumulación de riqueza capitalista. Al operar dentro de un marco de capitalismo de estado que privilegia los objetivos a largo plazo por sobre las ganancias a corto plazo, puede llevar la automatización hasta su conclusión lógica sin temor a una caída de los beneficios. Puede absorber el impacto, redistribuir los beneficios en forma de bienes y servicios de alta calidad a precios irrisorios, y crear las condiciones materiales previas para un ámbito de libre asociación en el que produzcamos según nuestras capacidades y distribuyamos según nuestras necesidades, y donde el estado, tras haber contribuido a hacer realidad la utopía comunista, se atrofie.
Incluso si los marxistas renacidos de China tienen razón, persisten interrogantes difíciles: cuando llegue esta singularidad de la productividad, ¿el estado chino garantizará que los beneficios y el tiempo libre que permiten los robots impulsados por la IA se utilicen para propiciar un auténtico florecimiento humano? ¿Se extinguirá con entusiasmo? ¿O dará lugar a una élite parasitaria que utilice la IA, como lo hacen las grandes empresas tecnológicas, para enriquecerse? Copyright: Project Syndicate, 2026.
Yanis Varoufakis, exministro de Economía de Grecia, es líder del partido MeRA25, profesor de Economía en la Universidad de Atenas e investigador sénior en la Universidad de Fudan.