La inminente crisis de deuda en Estados Unidos

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Opinión
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El aumento de los costos de endeudamiento sería un problema menor si el gobierno se hubiera asegurado una financiación a largo plazo barata, pero no lo hizo

Por Kenneth Rogoff, Project Syndicate.

CAMBRIDGE- La situación fiscal de Estados Unidos se asemeja cada vez más a un tren que avanza a toda velocidad por un camino de montaña sinuoso. Nadie parece dispuesto a reducir la velocidad por miedo a retrasarse y perder su trabajo. Aunque el tren no sufra un accidente, cabe preguntarse: ¿por qué seguir empujándolo? A pesar del crecimiento sólido, el déficit federal ronda el 6% del PIB. Sin embargo, la opción de una desaceleración no parece figurar en el plan de acción del presidente Donald Trump.

El inicio de una crisis de deuda pública suele ser bastante sencillo. El final es mucho más difícil de predecir. Una crisis puede estallar cuando la deuda de un país alcanza niveles históricamente altos, pero se ha mantenido bajo control gracias a tasas de interés bajas. Luego, por la razón que sea, las tasas comienzan a subir. Puede deberse a factores globales, a un cambio de gobierno o, simplemente, a que los recuerdos de crisis financieras anteriores se han desvanecido.

Esta es, a grandes rasgos, la situación en la que se encuentra hoy Estados Unidos. El aumento de los costos de endeudamiento sería un problema menor si el gobierno se hubiera asegurado una financiación a largo plazo barata, pero no lo hizo. La mayoría de los propietarios de viviendas, por el contrario, sí lo hicieron. Siguen disfrutando de cuotas mensuales bajas a pesar de que las tasas interés de las nuevas hipotecas se han disparado por encima del 7%.

Como resultado de ello, los pagos de intereses de Estados Unidos han pasado de ser una simple molestia a convertirse en la segunda partida más importante del presupuesto federal en tan solo seis años, y es inevitable que se conviertan en la más importante en poco tiempo. A medida que las tasas de interés altas agravan el déficit, el gobierno tiene tres opciones: subir los impuestos, recortar el gasto o endeudarse más. En su mayor parte, el gobierno de Estados Unidos ha optado por un mayor endeudamiento.

Si Estados Unidos tiene suerte, el mercado seguirá mostrándose razonablemente indulgente y dará por hecho que el gobierno acabará controlando su problema de deuda. Por desgracia, los inversores en bonos se están mostrando cada vez más recelosos ante el exceso de deuda a nivel global. Es bastante probable que, en algún momento, el gobierno responda con reducciones modestas del déficit y espere ganar algo de tiempo. Esa estrategia suele funcionar, pero tras muchos años así, es posible que el mercado necesite ver algo más.

Hasta ahora, la administración Trump ha preferido recordarle a todo el mundo lo bien que va la economía, o al menos lo bien que el mercado bursátil cree que va la economía. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha apostado fuerte por un crecimiento más rápido como respuesta a los problemas fiscales de Estados Unidos. Trump, por su parte, parece tener poco interés en abordar el tema del déficit, a juzgar por su promesa de darle a cada estadounidense un “dividendo” de 5.000 dólares si los republicanos mantienen el control del Congreso en las próximas elecciones de mitad de mandato.

Puede que Bessent tenga razón al afirmar que el crecimiento de Estados Unidos superará las expectativas. Pero, como ya he argumentado anteriormente, hay buenas razones para pensar que, incluso si el crecimiento se mantiene sólido, los ingresos fiscales adicionales procedentes de la IA serán decepcionantes.

Estados Unidos no está al borde de una crisis de deuda ni mucho menos, pero ¿qué haría falta para desencadenar una crisis? Para empezar, las tasas de interés tendrían que seguir subiendo. Eso no es difícil de imaginar. Si la guerra con Irán se prolonga y la disfunción política se agrava, el rendimiento de los bonos del Tesoro a diez años podría subir otro punto porcentual, lo que aumentaría aún más el déficit federal. Y si el gobierno sigue sin reaccionar, la situación podría empezar a agravarse como una bola de nieve. Con el tiempo, sus opciones podrían reducirse a alguna combinación de inflación alta, represión financiera, impago o austeridad. Incluso un susto considerable limitaría la agresividad con la que los responsables de formular las políticas podrían responder a futuras recesiones y crisis financieras. Un nivel elevado de deuda también podría lastrar el crecimiento, tal y como ha ocurrido en otras economías avanzadas.

La gravedad de la situación dependerá, sobre todo, de si la administración es capaz de recuperar la confianza de los tenedores de bonos sin pagar un enorme precio político. El problema es que las crisis de deuda suelen estallar precisamente cuando los gobiernos ya están al límite de sus posibilidades, tanto económica como políticamente.

Estados Unidos cuenta con los recursos necesarios para hacer frente a sus problemas fiscales. Lo que le falta es la voluntad política para tomar las decisiones dolorosas que se imponen. Y es posible que eso no cambie hasta que una crisis de deuda obligue a los votantes a replantearse sus prioridades. Sin embargo, en su trayectoria actual, el país no tiene margen para que nada salga mal, ya sea una guerra, una catástrofe ambiental o un ciberataque a gran escala que requiera un aumento masivo del gasto público.

La mayoría de las economías avanzadas se enfrentan a alguna variante del mismo problema de deuda, sin contar con la ventaja de emitir la moneda de reserva mundial. El Reino Unido está particularmente expuesto. A diferencia de Francia, que también tiene problemas de deuda, no puede recurrir a una Alemania económicamente más fuerte. Canadá se encuentra en una situación mucho mejor, lo cual es positivo, porque quién sabe qué podría pedir a cambio la administración Trump si Canadá solicitara ayuda financiera. En cuanto a Estados Unidos, no tiene a quién recurrir, salvo quizás al Fondo Monetario Internacional, y, aun así, principalmente para obtener apoyo moral. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Kenneth Rogoff, execonomista jefe del Fondo Monetario Internacional, es profesor de Economía y Política Pública en la Universidad de Harvard y ganador del Premio Deutsche Bank de Economía Financiera de 2011. Es coautor (junto con Carmen M. Reinhart) de This Time is Different: Eight Centuries of Financial Folly (Princeton University Press, 2011) y autor de Our Dollar, Your Problem (Yale University Press, 2025).

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