La libertad cabalga en el dorso del viento
* Una mujer de talla breve y aspecto frágil ejecuta un concierto de órgano en uno de los instrumentos más bellos del orbe, en una tarde dominical. El programa, un tour de force, compuesto por obras de magnitudes colosales- no tanto por su longitud sino por la demanda técnica que exigen sus estructuras y lenguaje estilístico-, está integrado por compositores fundamentales del repertorio para el órgano: Bach, Mendelssohn, Widor, Dupré, Tournemire y Messiaen.
El público que la escucha se sabe privilegiado por ser testigo de otra de las célebres interpretaciones de Sophie Veronique Cauchefer Choplin (Casablanca, 1959), y su arte en la improvisación, en el que es una de las herederas en línea directa de Bach, y punta de lanza en la escasa dinastía de mujeres organistas. Discípula de Rolande Falcinelli (1920-2006), en el Conservatorio Nacional Superior de Música de París, ésta transmitió a Choplin toda una filosofía de la interpretación e improvisación en el órgano. Falcinelli, discípula del legendario Marcel Dupré (1886-1971), fue la sucesora de éste en la cátedra de órgano, cargo que ocupó de 1954 a 1986, lo que la convierte en el puente de interpretación organística entre el romanticismo de finales del siglo 19 y la modernidad analítica del siglo 20; en 1940 fue la primera mujer en ganar el Grand Prix de Rome, un hito histórico para la época. Mucho más allá de la rigurosidad musical heredada de tales figuras, Sophie Choplin, llegó a ser la portadora de una rara avis: la improvisación en el órgano, la composición en tiempo real, la libertad absoluta cabalgando en el flujo del aire.
* Pascal Quignard (Normandía, 1948), el escritor francés que también es un filólogo erudito, organista, violonchelista, filósofo (fue discípulo de Paul Ricoer), gramático, editor y pintor -un hombre del Renacimiento, pues-, abandonó la filosofía y todos sus cargos (fue lector, primero, y luego secretario general de la editorial Gallimard, además de dirigir en Versailles el Festival de Ópera Barroca), para centrarse en la escritura. La feliz deserción -para los que gozamos de sus libros- produjo una abundante publicación de ensayos y novelas (Tous les matins du monde, su novela que Alain Corneau llevó al cine es, quizá, de sus novelas más leídas).
Con toda la autoridad que otorga el hecho de conocer la música (no sólo escucharla) e interpretar varios instrumentos con solvencia, escribe y publica sobre el sonido y el silencio, la interpretación y el análisis musical. Su relación y conexión con el órgano es tanto intelectual como biológica: heredó de su padre, Jacques Quignard (1920-2008), el arte de hilvanar el contrapunto y la polifonía en el instrumento musical mejor dotado para ello. Aunque Jacques no tuvo la fama y la trayectoria de un Marcel Dupré o un Olivier Messiaen, su relevancia estriba en el hecho de ser transmisor de la sólida tradición organística francesa, que desarrolló modestamente como organista titular de la Catedral de Notre-Dame en Le Havre durante décadas. Solía improvisar mientras el joven Pascal lo veía y escuchaba desde la nave del templo.
Para Quignard, la improvisación en el órgano no se reduce a un mero ejercicio técnico, sino a una experiencia ontológica que explica en varios de sus textos (La lección de música, El odio a la música y Último reino), describiendo al órgano como una extensión del cuerpo humano, pero a una escala sobrehumana, por lo que la improvisación es el acto de dar vida a ese gigante; al improvisar, el organista busca modular el aliento primigenio, como “un regreso al útero sonoro donde el sonido no tiene fin”. Otra bella figura que desarrolla Quignard es “que la improvisación en el órgano no llena el espacio, sino que revela la vacuidad de la arquitectura”. Se percibe en Quignard una velada envidia en el organista improvisador, porque el lenguaje está atado al significado, mientras que el organista que improvisa está en un estado de infans, el infante que no habla.
CODA
“Improvisar en el órgano es cabalgar un animal de aire que no tiene freno. Es el arte de la caída perpetua hacia adelante”, Pascal Quignard.