La maldita probeta
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Don Francisco Sánchez Uresti enseñaba dibujo lineal, del natural y topográfico. Fue él quien diseñó el hermoso escudo del Ateneo Fuente, con la palabra latina -una sola, pues más no necesita- que es el sonoro lema del colegio: “Veritas”, con el acento en la e, que quiere decir “Verdad”. Aunque no conocí a don Francisco puedo decir que lo conozco bien, pues uno de sus más preclaros discípulos, el insigne pintor Rubén Herrera, nos dejó un retrato de cuerpo entero del maestro. En él aparece don Francisco con su traje de dril; su barbilla de punta cuidadosamente recortada; su pelo al modo de militar prusiano; los ojos azules, casi grises, tras de los lentes con listón negro y aros de oro. El cuadro tiene un nombre que le cuadra bien: se llama “El Matemático”.
Hijo de don Francisco, y maestro del Ateneo como él, fue el ingeniero Adolfo Sánchez Ramos. Era un hombre robusto. Su corpachón le daba semejanza de oso, y sin embargo era como un niño de alma transparente. Nunca contrajo matrimonio; vivió vida apacible al lado de su hermana Carolina, soltera como él, y maestra de piano. Sufría don Adolfo terribles dolores de cabeza; migraña, me supongo. Para atenuarlos usaba chiqueadores, aquellos pequeños parches de papel u otros materiales que las gentes de antes se ponían en las sienes a fin de aliviar las jaquecas. Él los hacía con las hojas de un rosal que crecía a espaldas de su salón. Por la mañana, antes de que llegara el maestro, los traviesos muchachos ateneístas desaguaban urgencias menores en el arbusto, y se regocijaban grandemente cuando don Adolfo llegaba, cortaba las hojas, y las humedecía con la lengua antes de fijarlas en sus sienes.
Algún pendejo de esos que nunca faltan le dijo a don Adolfo que seguramente esos acérrimos dolores tenían su origen en la dentadura, y él, cándido como era, creyó a pie juntillas la versión. Una mañana, pues, se plantó en el consultorio de un dentista y le pidió sin más que en el acto le sacara todos los dientes y las muelas. De nada valieron las argumentaciones del odontólogo: hubo al fin de ceder ante las angustiosas instancias del maestro, y en una sola sesión le dejó las encías mondas y lirondas, como de recién nacido. De sobra está decir que los dolores no se le acabaron al pobre profesor. Entonces se mandó hacer una dentadura postiza que no le quedó bien. Se le aflojaba y caía a cada rato, y eso hacía que siempre estuviera moviendo las mandíbulas para acomodarse la fementida dentadura. Por eso, y por su aspecto imponente, sus alumnos le aplicaron el apodo de “El Mascafierros”.
Otro maestro muy famoso tuvo el Ateneo en los principios del pasado siglo. A éste los estudiantes lo conocían con el extraño apodo de “El Toca”. Ni el nombrado ni quienes lo nombraron supieron nunca la causa del remoquete. Gustaba el Toca de hacer demostraciones químicas en el laboratorio, pues muy bien equipados estaban los del Ateneo, con cosas traídas de Europa. No siempre le salían bien las demostraciones al maestro, pero él se las arreglaba para poner las cosas en su sitio. Cierto día anunció que iba a mezclar no sé qué sustancia de color azul con no sé qué líquido de color rojo. El resultado de la tal mezcla, proclamó, sería asombroso: de ella saldría un precipitado absolutamente blanco. Tomó una probeta con la sustancia azul y luego, despaciosamente, fue vertiendo en ella el líquido rojo.
-¡Ahí está! -dijo triunfal mirando con gran orgullo a sus alumnos-. ¡Un precipitado blanco!
No veía lo que en el interior de la probeta que sostenía en alto estaba sucediendo: el líquido se iba poniendo más negro que el carbón.
Advirtió “El Toca” la divertida expresión de los muchachos y volteó a mirar el endemoniado líquido. No se amilanó al ver la inesperada trasmutación. Sin interrumpirse, continuó:
-Un precipitado blanco... negruzco.