La mesa de Chita

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Opinión
/ 14 febrero 2026

La cocina se apagó en la casa desde hace años y, por ende, la oportunidad no solamente de la convivencia, sino también de la buena nutrición

En la mesa de Chita todos tenían cabida. Según recuerdo desde mi infancia, una invitada especial de los jueves era la tía Ninfa Arizpe Rodríguez, quien era vecina de Castelar, para lo cual éramos enviados mi hermana Luzma y este torvo sujeto en comisión, para acompañarla tanto en la víspera como en la despedida.

Los manjares que mi madre preparaba incluían recetas antiguas de su lado materno y paterno, amén de algunas de su suegra doña Lupe Ramos, que al tiempo eran las preferidas de mi padre.

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Sopa de tomate y papa, tacos de picadillo y chile colorado, caldo de albóndigas con su respectivo tuétano, sopa de fideos con machaca y garbanzo, milanesas espectaculares, chiles rellenos troceados (aquí un breve espacio para limpiar su babita), peneques, costillas de cerdo o cordero al cocedor, cortadillo norteño, crema de elote, picadillo con papas, quesadillas con piloncillo, pepitorias de nuez, mole Gala, tinga de res y otras delicias que en lo cotidiano solían deleitar el paladar de la familia.

Tiempos lejanos de la necesaria convivencia a la hora de la comida y cena, y del homenaje a la preparación de alimentos naturales, alejados de conservadores y saborizantes. Nunca olvidaré los sabores de la leche bronca de la huerta Las Delicias, la crema Pepi, el queso de General Cepeda, las tortillas de Cholita, las bendiciones de harina de la tía Martha o las de “salvarina” de mi madre; las peras de La Joya del tío Daniel Morales, los chabacanos de la casa de mi abuela materna, María Melo; los duraznos de la huerta de Gabriel Gómez y los rábanos, tomates y elotes de la tenería de Santa María, del tío Adán Gómez. ¡Oh, tiempos!

Hoy la época es la de las comidas afuera y las sazones artificiales, en parte por lo complicado de las labores que apenas dan tiempo para tomar el lunch en la empresa o la oficina. Las ciudades crecieron y así las distancias para trasladarse a casa a la hora de la comida.

La cocina se apagó en la casa desde hace años y, por ende, la oportunidad no solamente de la convivencia, sino también de la buena nutrición.

La estufa cerró y dio paso a la comida para llevar hecha con ingredientes de baja calidad, como el fast food, que ha dejado a una generación llena de colesterol, artritis, problemas renales, hepáticos y obesidad, entre innumerables consecuencias.

Según una encuesta de la revista Parents, a inicios de los años setenta, entre el 70 y el 73 por ciento de los hogares norteamericanos estaban conformados por esposo, esposa e hijos viviendo juntos en casa, pero hoy sólo entre el 18 y el 20 por ciento mantiene esa estructura. El 15 por ciento de las mujeres viven solas y la tasa de divorcios es la más alta del siglo.

El costo social de haber preferido cerrar las cocinas en el mundo ha repercutido en la dinámica de la soledad. Ahora el saludo solamente es por celular o por WhatsApp, si bien te va.

La opción se cerró y no se supo cuándo inició esto, y lo más lamentable es que sí se sabe cuál será el final: el de la soledad y el abandono.

Los pequeños lujos de la tribu Gómez Rodríguez eran la comida de fin de semana: carnitas del Mario’s el sábado y pollos rostizados de La Canasta los domingos; el resto de los días, la comida era en casa y con sus horarios delimitados, tradición que continuó mi madre, aun cuando enviudó y los recursos fueron reducidos.

Atrás quedaron los tiempos en los que incluso para viajar en familia se llevaba lonche de la casa, en este caso, los deliciosos taquitos de harina sudados de frijol con chile colorado, machacado o chorizo con huevo. Hoy se pide comida de fuera, por plataforma, para comer en casa y lo peor es que no sabemos cuándo fue el rebase de los tiempos y su quebrantamiento.

Para nuestro país las cifras de ese abandono son terribles: el 36 por ciento de las personas consume o solicita comida para llevar al menos una vez a la semana, y el 44 por ciento lo hace de una a dos veces por mes.

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Por ejemplo, sólo en DiDi Food los pedidos de comida crecieron un 19 por ciento en los primeros siete meses de 2024, alcanzando 10.4 millones de órdenes.

Lo bueno es que aún hay tiempo de recuperar lo perdido y el paso es simple: hay que encender la cocina y no solamente la estufa para que regrese la convivencia y el calor de hogar.

Ya el verdadero libro emitió la sentencia en su salmo 128: “Dichosos todos los que temen al Señor, los que van por sus caminos. Lo que ganes con tus manos, eso comerás; gozarás de dicha y prosperidad. En el seno de tu hogar, tu esposa será como vid llena de uvas; alrededor de tu mesa, tus hijos serán como vástagos de olivo. Tales son las bendiciones de los que temen al Señor”.

Orestes Gómez es saltillense, estudió en la Facultad de Jurisprudencia de la UA de C y la Normal Superior de Coahuila las licenciaturas en Derecho y Educación Media. Ha impartido cátedra en la Facultad de Jurisprudencia de la UAC, Preparatoria Mariano Narváez de la UA de C, UANE planteles: Saltillo, Torreón, Piedras Negras y Matamoros y en la Universidad Autónoma de Piedras Negras. Ha impartido conferencias en la UANE Saltillo, CTM Coahuila, Asociación de Maquiladoras de Nuevo León y Facultad de Economía de la UA de C. Ganador del premio estatal de Periodismo de Coahuila en 5 ocasiones: 1996, 1999,2000 y 2006 en editorial en prensa y la presea Antonio Estrada Salazar por 25 años de trayectoria. Ha escrito tres libros: uno de poesías titulado “Memorias del Tigre Espejo”, “Cuentos Conurbados” y uno relacionado con los Recursos Humanos “A Little bit about Mexican Law and Human Resources”. Es un tigre espejo que merodea por entre los muros de la desigualdad, la represión y el oprobio escupiendo verdades através de su incómoda pluma.

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