La moda del diagnóstico como excusa por no ser responsables por nosotros mismos. Una característica no es un trastorno
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En el pasado nos quejábamos de parejas o de jefes, maestros o papás y decíamos que eran egoístas, inmaduros o imposibles de tratar. Decíamos que no podíamos hablar en público, que nos provocaba pena. Nos frustrábamos porque alguien no nos entendía. Sentíamos dolor y hablábamos de él como tal. Hoy día hemos comprado la necesidad de convertir todas estas experiencias en diagnósticos psicológicos. Narcisismo, ataques de ansiedad, falta de responsabilidad afectiva, efectos de trauma. Lo que algún día fueron experiencias inevitables se han convertido en notas clínicas hechas por quienes no tienen bases para el diagnóstico del que hacen alarde. Ciertamente los diagnósticos existen y son parte del trabajo dentro de la salud mental, pero parece que se han llevado a un extremo que nos vuelve incapaz de soportar la vida real. He preguntado a alguna persona cómo ha estado y me han dicho, “La semana pasada estuve deprimido.” La depresión es distinta a la tristeza y tiene una serie de síntomas específicos. La depresión requiere tratamiento médico, la tristeza no. La tristeza es inherente a la vida.
Este fenómeno nos lleva a malinterpretar características, elevándolas a nivel sintomatológico. No es lo mismo tener una personalidad obsesiva-compulsiva a tener TOC, trastorno obsesivo-compulsivo. No es lo mismo asustarnos y preocuparnos por una situación que padecer trastorno de ansiedad generalizado. Y tener TDAH no es ser distraído ni olvidadizo.
Saber que hemos padecido traumas y heridas infantiles parece darnos permiso de olvidar nuestra propia responsabilidad ya siendo adultos. Y si nos quedan algo de ganas de tratar y trabajar nuestras dificultades en la vida lo queremos hacer mediante apps, autodiagnósticos, tests, y cualquier tipo de actividad que nos parece dar respuestas sin que realmente nos entreguemos al trabajo personal.
Leí esta semana a una socióloga que nos ha llamado “Homo Psychologicus”, el tipo de persona que pasa horas, días y la vida entera mirándose el ombligo. La búsqueda de culpables de todo tipo está de moda. Pero no tanto el responsabilizarnos de nuestras decisiones y trabajo propio.