NosotrAs: leer, enseñar y transformar desde la perspectiva de ellas
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La perspectiva de género en la enseñanza permite reconocer otras voces, desafiar prejuicios y ampliar horizontes
Como docente, he encontrado en la literatura un espacio para abrir conversaciones que encaminen a las y los estudiantes a cuestionarse la vida y el contexto como realidades distintas. Enseñar desde una perspectiva de género implica reconocer que la educación no es neutral: las historias que elegimos, las voces que recuperamos y las preguntas que formulamos pueden contribuir a construir una sociedad más justa. Levantar la voz puede dar miedo, pero esto desaparece cuando te sientes libre.
Hablar en el aula sobre la historia del feminismo es fundamental para comprender que los derechos de las mujeres no surgieron espontáneamente. Son resultado de la organización, la resistencia y la lucha de generaciones que se atrevieron a cuestionar las desigualdades. Conocer ese recorrido permite identificar las formas de violencia y discriminación que persisten en nuestro país, comprender sus raíces y reconocer que no son hechos aislados, sino un problema social que exige reflexión y acciones colectivas. La escuela debe ser un espacio donde estas conversaciones se desarrollen con información, respeto, libertad y sentido crítico.
Como docente, mi línea de trabajo se centra en la lectura de cuentos y novelas escritos por mujeres. En mi materia, las obras que analizamos son de autoría femenina. Esta decisión no busca demeritar el trabajo de los escritores ni negar sus aportaciones; pretende abrir un espacio para que alumnas y alumnos descubran, conozcan y disfruten otras voces, estilos y formas de narrar el mundo. Durante mucho tiempo, numerosas escritoras han enfrentado obstáculos para publicar, circular y recibir reconocimiento. Leerlas en el aula es una manera de contribuir a que sus obras sean conocidas, admiradas y leídas.
A través de sus relatos y personajes, las y los estudiantes se acercan a experiencias diversas, exploran conflictos humanos y advierten cómo el género, la época y las relaciones de poder influyen en la vida de las personas. La literatura no ofrece respuestas únicas, pero brinda herramientas para formular preguntas, desarrollar empatía y examinar críticamente aquello que con frecuencia se considera normal.
Para mí, continuar con una enseñanza basada en la perspectiva de género es una responsabilidad educativa y una postura ética. Significa procurar que cada estudiante encuentre referentes distintos, aprenda a escuchar otras experiencias y comprenda que la igualdad se construye tanto en las grandes decisiones como en las prácticas cotidianas. También significa recordar a las mujeres feministas que se levantaron antes que nosotras y que hicieron posible que hoy podamos estudiar, enseñar, escribir, participar y defender nuestros derechos. Por ello, incorporar la perspectiva de género en mi práctica educativa no es una actividad complementaria, sino una convicción que orienta mi labor cotidiana.
NOSOTRAS no somos una sola voz ni compartimos una experiencia idéntica: somos muchas historias que merecen ser escuchadas. Desde el aula y mediante la lectura, quiero contribuir a que esas historias ocupen el lugar que les corresponde. Enseñar literatura escrita por mujeres es una forma concreta de mantener viva su memoria, ampliar los horizontes de mis estudiantes y afirmar que una educación más igualitaria también puede comenzar con el sencillo y poderoso acto de abrir un libro.