La crisis del INE es mucho más grave de lo que se ve

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Opinión
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La crisis del INE no se va a resolver simplemente sustituyendo a Guadalupe Taddei, sino atendiendo a las causas de fondo, es decir, corrigiendo los excesos del pasado reciente

La salida de Guadalupe Taddei Zavala de la presidencia del Instituto Nacional Electoral (INE) representa el punto culminante de un proceso de degradación institucional que no puede pasar por un simple hecho anecdótico. Y esto es así porque estamos hablando de uno de los pilares más relevantes del entramado democrático del país.

Lo que ha ocurrido puertas adentro de dicha institución quedó evidenciado anoche, durante la sesión de su Consejo General, en la cual se designó a la consejera Blanca Yassahara Cruz García como presidenta provisional, a la espera de que la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión desahogue el procedimiento para designar a quien concluirá el periodo trunco de Taddei.

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La grabación de dicha sesión, que puede consultarse en redes sociales, constituye un documento de consulta que debe ser valorado en toda su dimensión. Porque en dicha sesión se reconoció –no de forma generalizada, pero sí por varios de los integrantes de la denominada “herradura de la democracia”– el tamaño de la degradación institucional que ha derivado en la crisis que estamos atestiguando.

Las alusiones a conductas como la corrupción, el enriquecimiento ilícito o la integración de cadenas de complicidad fueron explícitas en los discursos de algunos integrantes del Consejo General y eso deja claro algo que cualquiera podía adivinar sin mucho esfuerzo: lo que estamos atestiguando es producto de un largo proceso de deterioro.

Decir lo anterior sin ambigüedades resulta indispensable para dejar claro que un problema de esta magnitud no puede resolverse con la simple sustitución de la persona que ocupa el asiento principal en la mesa del Consejo General ni, como lo dijo anoche mismo uno de los consejeros electorales, sustituyendo unos proveedores por otros.

Y eso implica también hacerse cargo de las razones que condujeron a la situación actual y que tienen que ver, sobre todo, con uno de los más viejos vicios de la actividad pública en nuestro país: la concentración de poder en una sola persona.

Lejos de lo deseable, quienes integran nuestra clase política, sin importar los colores partidistas con los cuales se vistan, difícilmente han resistido la tentación del autoritarismo y la presidencia de Guadalupe Taddei no fue la excepción: incapaz de generar consensos para la designación de funcionarios de alto nivel en el INE, se le dotó de facultades discrecionales para nombrar a quien ella deseara, sin necesidad de consensuar la decisión con nadie.

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El resultado está a la vista y no podría ser más desastroso: una institución fundamental del Estado mexicano ha sido corroída por el virus de la corrupción y con ello ha perdido buena parte de la credibilidad que le resulta indispensable para ejercer su función.

Las lecciones están a la vista, son claras y sus consecuencias contundentes. Cabría esperar que nuestra clase política las asuma con altura de miras y que lo haga, como les gusta decir, por el bien de todos.

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