La paz y la guerra: ¿cómo detener la alocada carrera de violencia que vivimos?

Opinión
/ 19 febrero 2023

Salieron de la ciudad unos dos mil vehículos. En cada uno había al menos un niño. La gente llevaba lo más preciado, que no era su vida, sino la de sus hijos. Esos vehículos iban por las calles, donde había cadáveres de civiles asesinados. La gente intentaba distraer a los niños como fuera: ‘Mira el sol. Mira a papá y mamá’, solo para que los niños no vieran los cadáveres”.

Las líneas anteriores son el testimonio de un reportero narrando los primeros días de la guerra que Rusia emprendió en contra de Ucrania, la cual el próximo 24 de febrero cumplirá un año. Lo que siguió después es un drama con consecuencias devastadoras:

Según la ONU, 7 mil 110 civiles han muerto, entre los que se encuentran infinidad de niños y 11 mil 547 han sido heridos. Sin embargo, se cree que el número real de víctimas es “considerablemente mayor” y se estima que 200 mil soldados rusos han muerto o han sido heridos.

Por otro lado, más de 18 millones de personas han abandonado el país lo que representa más del 44.2 por ciento de la población; además la cifra de desplazados internos se ubica en torno a los 5.3 millones y más de 14 mil niños ucranianos han sido obligados a ser adoptados en Rusia. En este contexto, el pasado 1 de febrero, el gobierno de Ucrania, informó que ha registrado más de 65 mil crímenes de guerra perpetrados por las tropas rusas en contra de la población ucraniana.

Aterrador

Una investigación de Martín A. Cagliani, (Universidad de Buenos Aires) menciona que “en los últimos 5 mil años de historia, la humanidad solo estuvo 900 años en paz, en los cuales los hombres se preparaban para el conflicto siguiente. Más de 8 mil tratados de paz se han firmado en el transcurso de los últimos 35 siglos. Desde 1945 hasta finales del siglo XX se disputaron 140 guerras con 13 millones de muertos”.

Vaya cifra tan aterradora. Y ahora que en México el narcotráfico se ha apoderado de regiones y ciudades, sería bueno que tomáramos conciencia de las implicaciones que estamos presenciando, sería bueno entender que, aunque parezca imposible, sí podemos hacer algo para detener la alocada carrera de violencia en la que vivimos; que individualmente podemos poner un alto a tantas formas de violencia a las que, desgraciadamente, en muchas ocasiones, nos hemos acostumbrado y, por tanto, ya no causan asombro alguno.

Muchas personas sostienen que el ser humano es naturalmente violento y que por esa razón inconscientemente acepta la violencia como un fenómeno normal, pero leyendo un artículo del escritor uruguayo Eduardo Galeano, me encuentro con un enfoque distinto: “David Grossman -menciona Galeano- que fue teniente coronel del ejército de los Estados Unidos y está especializado en pedagogía militar, ha demostrado que el hombre no está naturalmente inclinado a la violencia. Contra lo que se supone, no es nada fácil enseñar a matar al prójimo. La educación para la violencia, que brutaliza al soldado, exige un intenso y prolongado adiestramiento. Según Grossman, ese adiestramiento comienza, en los cuarteles, a los dieciocho años de edad. Fuera de los cuarteles, comienza a los dieciocho meses de edad. Desde muy temprano, la televisión dicta esos cursos a domicilio”.

Qué interesante comentario, tal vez la violencia no se encuentra en nuestra naturaleza, tal vez somos belicosos porque nos acostumbramos a ver la violencia como algo natural, inherente a nuestra existencia. Tal vez, el cúmulo de noticias que día a día proponen lo peor del ser humano ya nos cegaron para ver lo mejor de él. Quizá, nuestra deshumanización es causa de un patrón aprendido. Quizás, en el fondo, la mayoría somos personas pacíficas.

Si fuese...

Estas son especulaciones, el caso es que hoy la violencia se ha domiciliado no solo en ese “macro mundo” despersonalizado, alejado, externo e indefinido en el que vivimos, sino como un cáncer silencioso ahora secuestra nuestras comunidades, calles, escuelas, hogares y esquinas.

Otras personas sugieren que la violencia es provocada por líderes locos, enfermos de poder y riqueza, por personas que de alguna manera han encontrado en ella una manera de vida; sin embargo yo estoy más de acuerdo con Martín Descalzo: “El mundo –dice este autor- tiene personas violentas cuando es el propio mundo violento. Si el mundo fuese pacífico, los personas violetas estarían en sus casas mordiéndose las uñas. La guerra no está en los cañones, sino en las almas de los que sueñan dispararlos. Y los disparan”.

La violencia tiene un aspecto muy personal, y cada quien tenemos responsabilidad sobre este fenómeno: o deliberadamente somos combatientes o no lo somos. La violencia se genera en los lugares y rincones más pequeños y extraños que nos podamos imaginar: en las relaciones que cada uno de nosotros emprendemos con los demás, con los más próximos, con nuestro prójimo.

A nivel personal

La violencia y la guerra tienen una dimensión personal: se gesta en nuestros más íntimos pensamientos, en esas miradas esquivas o acusadoras, en las palabras que jamás debimos haber pronunciado, en nuestras omisiones, egoísmos y envidias, en nuestro afán de tener, en el deliberado abandono que personalmente tenemos de las personas que sufren, o están desamparados, o no tienen empleo, o que sabemos que se mueren de hambre y no hacemos nada por remediarlo; se gesta la guerra cuando otros seres humanos requieren de nuestra mano, de un poco de comprensión, de una palabra cálida y nos negamos a hacerlo. Una guerra sin declaración se gesta cada vez que dejamos de mirarnos como humanos.

De esas pequeñas e imperceptibles contiendas personales, silenciosamente se van agregando, amontonando, como una fatal epidemia, muchas otras, las de los “otros” hasta que, paulatinamente, todos construimos, entretejemos una sociedad enojada, deshumanizada, violenta, dispuesta a destruirse a sí misma, y desde este punto de “no retorno” la guerra se transforma en una realidad global.

El mundo todos los días está en guerra si observamos lo que Martín Descalzo también apunta: “Me gusta, por eso, que el diccionario, cuando define la palabra ‘paz’, ponga como primera acepción la del interior, y la defina como ‘la virtud que pone en el ánimo tranquilidad y sosiego, opuestos a la turbación y a las pasiones’. Con esta definición ciertamente el mundo ya está en guerra. Porque, ¿Quién conoce hoy ese don milagroso de una alma tranquila y sosegada? ¿Quién no vive turbado y con todas las pasiones despiertas? Nunca floreció tanta angustia; nunca abundó tanto la polémica; nunca fueron tan anchos los reinos de la cólera y la ira. Basta abrir el periódico para comprobarlo”.

¿Qué hacer? Propongo decir “No a la guerra”, “No a la violencia”, pero un “No” muy singular: sin pancartas, sin gritos, sin desfiles, sin declaraciones, sin protestas públicas. Propongo un “No” desde nuestras personales almas, un “No” que dentro de nuestros corazones y mediante nuestros diarios actos, sufra una alquimia, una metamorfosis y se transforme en un rotundo “Sí”: “Sí a la vida”; “Sí a la comprensión”; “Sí a la fraternidad”; “Sí a la alegría”; “Sí a la amabilidad”; “Sí a la fraternidad”.

Estoy convencido que los medios que México tiene para luchar en contra de la violencia, se encuentran en casa, en el hogar de cada uno de nosotros y son la alegría, el perdón y la reconciliación.

Sería conveniente convencernos que nadie nos impide empezar a hacer la paz con los que se encuentran cercanos a nosotros; que nadie nos puede frenar en convertir el vinagre que llevamos en el alma en vino generoso, digno de compartir.

Nadie puede evitar que salvemos nuestras calles desde nuestros propios corazones y hogares. Así es: la paz y la armonía empiezan en el corazón de cada uno de los ciudadanos que conformamos México, porque es ahí, paradójicamente, donde la violencia, la mismísima hija del diablo, tiene su mejor morada, pero también la posibilidad de su destierro. Estoy convencido que la guerra se vence con el amor.

Bien lo dijo Teresa de Calcuta: “La paz y la guerra empiezan en el hogar. Si de verdad queremos que haya paz en el mundo, empecemos por amarnos unos a otros en el seno de nuestras propias familias. Si queremos sembrar alegría en derredor nuestro precisamos que toda familia viva feliz”.

cgutierrez@tec.mx

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