La Plaza

Opinión
/ 23 octubre 2021
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La arbitraria cancelación al espacio público de la Plaza de Armas por parte del Gobierno del Estado da pie a una reflexión urgente a la que deberían sumarse instancias públicas y ciudadanas como las oficinas de Centro Histórico, SEC, IMPLAN, la CDHEC y la millonaria AIDH

Privarnos de lo público

El consenso es general: aún entre el minoritario sector de la Academia interesado en el tema y la ciudadanía preocupada por el patrimonio del centro de la ciudad; desde el impune incendio y destrucción de Casa Alameda o la demolición de la Sociedad Manuel Acuña, con la conveniente omisión de las instancias encargadas de preservarlo: nada está a salvo. Ahora, para colmo, sin una explicación oficial, se cumple casi un mes y medio que el acceso a la Plaza de Armas está restringido al tránsito de los peatones mediante uso de vallas y resguardado por policías armados. Algo que visto casualmente aparecería como una inofensiva medida administrativa, adquiere resonancias gravísimas al ser analizado desde la perspectiva de los derechos ciudadanos y la participación política. Otros han profundizado más: Aristóteles definió el espacio público como el entorno vital, humanizante, donde la sociedad podía encontrarse y percibirse a sí misma, para luego compartir sus juicios y opiniones. Por ello, cuando se prohíbe el acceso al corazón de la ciudad, no es una delimitación geográfica la que se censura, sino la posibilidad de convivencia, distracción, intercambio, descanso y reflexión plural. Habermas cuestionó también lo que casi siempre tomamos por obvio: ¿Es posible una relación de igualdad en la concepción el espacio público y la democracia liberal?

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Si lo concebimos como una red donde se produce comunicación y consenso públicos, con sus juicios e interpretaciones ¿Quién, desde dónde y por qué es capaz de adjudicarse la decisión de cancelar estos procesos vitales para toda sociedad?

¿Sabrá el funcionario que impone medidas policiacas al corazón de Saltillo que el espacio público es un habitar? Un lugar donde cabe la posibilidad de la expresión pública y nace el cotidiano pero necesario proceso de hacerse escuchar por el otro. ¿Qué sabe un policía pertrechado con un rifle de asalto sobre la otredad? Ya lo exploraron gigantes como Baudelaire y Benjamin; somos transeúntes, somos miradas y paisajes; nuestros ojos abrevan del día, las astillas de luz y fragmentos de ese caos: nos movemos entre bosques de signos.

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¿Sabrá el burócrata sobre lo que en esta ciudad nos es entrañable y nos significa? Porque organizar el espacio es organizar la concepción del mundo, el pensamiento.

Llegamos entonces a la eterna dialéctica de los arquitectos y los urbanistas, una pregunta que cobra hoy enormes resonancias políticas: si se prohíbe para los ciudadanos el disfrute del corazón mismo de su ciudad ¿Qué queda adentro? ¿Qué queda afuera?

¿Sabrá el trabajador que unió aquellas vallas con alambre que la domesticación de lo salvaje empezó en el encuentro con el otro? ¿Qué la barbarie que fuimos, la civilización que somos, se decantó en el encuentro? ¿Que la educación cívica surge de la interacción social? Nuestros padres los griegos lo supieron desde siempre: el espacio público forma ciudadanos, hombres y mujeres políticamente competentes, ciudadanos libres: mayores de edad.

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El espacio público es superar la angosta delimitación de lo individual, la posibilidad de encontrarse, de encontrarnos. Porque no es el suelo lo que se delimita, mucho menos el tránsito:

Si se prohíbe la plaza, se prohíbe el fluir de la vida.

alejandroperezcervantes@hotmail.com

Twitter: @perezcervantes7

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