La salsa de concierto de Roberto Sierra

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Opinión
/ 8 abril 2026

¡Azúcar!

Celia Cruz

El Caribe es un crisol de culturas y semillero musical fértil y generoso. Ahí ha germinado el son, el guaguancó, la guajira, el boogaloo, el mambo, el montuno, el chachachá, la guaracha, el bolero, la descarga, la plena, la bomba, y sus múltiples derivados directos e indirectos, como el calipso, la bachata, el merengue, la cumbia, el son jarocho, el jazz y el blues. Cada uno con su fraseo, cadencia, reglamento dancístico y estética, aunque los linderos de esta estética sean laxos, y por lo demás, irrelevantes. El caribeño baila lo mismo esto que aquello, y lo hace con soltura y sabor. El baile está en el ADN de los caribeños. Pero no es lo mismo bailar que hacer música, porque la música obedece a un canon riguroso y estricto. Cuando se empieza tocando un bolero, y a media pieza se mete el danzón, se matiza con un mambo y cierra con guajira, aquello, oiga usted, ya es una verdadera salsa sonora. ¿Y por qué no?

La primera mezcolanza bien temperada de que se tiene noticia fue en 1930 con el álbum Échale salsita del compositor habanero Ignacio Piñeiro Martínez (1888-1969). Pieza que tomó sin permiso George Gershwin para su Obertura Cubana de 1932. Este álbum estimuló a los músicos quienes siguieron haciendo música, que es lo que saben hacer, y mezclando ritmos, que eso no cualquiera lo hace.

Un ejemplo de la alquimia caribeña ya sin remilgos, se dio en 1966 con el álbum Ricardo Ray Introduces Bobby Cruz A Go-Go-Go de los puertorriqueños del título. Escucharlo es acercarse a un revoltijo casi casi promiscuo, conformado por rock a lo Rockin Devil’s y, son cubano, boleros al más puro estilo de Rolando Laserie, guarachas, danzones... y por ahí le sigue. ¡El resultado es impecable! Y es una fiesta para los pies.

Cuando Ricardo Richi Ray y Bobby Cruz se presentaron en Caracas para promover su álbum, los entrevistó el más famoso locutor del momento, Phidias Danilo Escalona (1933-1985), quien al escucharlo exclamó ¡”Esto está más loco que yo. Esto es una salsa”! Casualmente, y potenciando la eventualidad que ya de por sí cayó en gracia y fue muy bien recibida, ese mismo 1966 el grupo venezolano Federico y su combo latino publicó el álbum Llegó la salsa para el sello mexicano Eco. En él arma una verdadera salsa con guaguancó, rumba y bolero.

¿Esto significa que los compositores caribeños están condenados a salsear? Incluso los de formación académica. Bueno... So... o Ni... Es grande la lista de compositores clásicos caribeños que lo han hecho, y va desde el dominicano Michel Camilo (1954) o el colombiano Roberto McCausland-Dieppa (1959), hasta el joven Gabriel Smallwood (1997) quienes han integrado la improvisación y los patrones rítmicos caribeños con las estructuras clásicas complejas de la academia.

Para no perdernos en las ramas, hablemos de una obra específica de fusión salsa, clásica y jazz. En 2011 el compositor puertorriqueño Roberto Sierra (1953) escribió para el saxofonista James Carter la Rapsodia caribeña para saxofón, por encargo de la Orquesta Sinfónica de Detroit. “Rapsodia” proviene del griego Rapsodas nombre dado a los pregoneros que recitaban fragmentos de poemas, construyendo una obra totalmente diferente a las originales. O sea: hacían salsa.

La salsa decodificada, reinterpretada por Roberto Sierra, es un referente presente a lo largo de su obra, y se advierte de un modo claro en esta Rapsodia caribeña. John Fordham, en su nota en The Guardian, escribió “En el álbum, la fuerza improvisadora del saxofonista, y la mezcla de halagos románticos y melancólicos con estallidos bruscos de free jazz, neutralizan el impacto abrumador que a veces ejercen las orquestas sobre los solistas de jazz. Lo mismo ocurre con la composición de Sierra, que capta el ímpetu percusivo del jazz y la música caribeña, al tiempo que permite que el lado extático de Carter flote sobre nubes de cuerdas vibrantes.”

Con estas notas más bien breves y apresuradas, invito a escuchar Rapsodia caribeña para saxofón, de Roberto Sierra. Está en YouTube en la versión de la orquesta sinfónica de Tacoma, que dirige la británica Sara Ioannides, y el solista es James Carter. Juro por Celia Cruz que no se arrepentirán.

Estudió Letras Españolas en su estado natal, ha escrito narrativa y ensayo. Su interés se centra en literatura policiaca, presente en sus estudios y en su obra de creación. Yo siempre estoy esperando que los muertos se levanten parte del viaje de su protagonista para realizar una investigación sobre la estancia de Francisco Villa en la ciudad de Delicias; la anécdota le sirve para la creación de una novela de suspenso con tintes policiacos. Su segunda novela, Nadie sueña, recrea y denuncia el mundo de la violencia, del crimen y la corrupción del sistema judicial y de los círculos del poder en los estados del norte. Sus personajes, al principio presos de un gran desaliento, logran rebelarse ante esta situación. En sus cuentos se repiten las mismas obsesiones del autor por la intriga propia del relato policiaco.

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