La seguridad energética en una era de disrupción
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Los sistemas de amortiguación tienen sus límites: las existencias se están agotando, la capacidad de refinamiento sigue bajo presión y las rutas alternativas están sujetas a disrupciones
Por Diego Hernandez Diaz, Luciano Di Fiori y Tiago Devesa, Project Syndicate
GINEBRA/HOUSTON/LISBOA- La mayor crisis energética de la historia moderna nos ha dejado una lección sorprendente: el sistema energético mundial es capaz de adaptarse de manera extraordinaria. Cuando la guerra de Irán interrumpió el paso por el estrecho de Ormuz, afectó aproximadamente a una quinta parte de la provisión mundial de petróleo y gas natural licuado; sin embargo, gracias a años de inversión para aumentar la resiliencia, se evitaron en gran medida los peores escenarios posibles.
Estados Unidos, Japón y Europa recurrieron a sus grandes acopios de petróleo; China también, aprovechando simultáneamente la flexibilidad que había incorporado a sus refinerías e industria petroquímica, y hasta a su sistema de transporte. Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos canalizaron el petróleo a través de oleoductos que evitan el estrecho de Ormuz. Los productores cuyos envíos no pasan por el estrecho aumentaron las exportaciones, y los operadores y las refinadoras reorganizaron rápidamente sus cadenas de suministro. Del total de barriles de petróleo comercializados en el segundo trimestre de 2026 y transportados por mar, más de uno de cada cinco fueron enviados por rutas diferentes de las que recorrían antes de la crisis.
Pero esos sistemas de amortiguación tienen sus límites: las existencias se están agotando, la capacidad de refinamiento sigue bajo presión y las rutas alternativas están sujetas a disrupciones. Además, que una parte del mundo sea resiliente no implica que todo el planeta lo sea; los países con menos opciones de respuesta (por ejemplo, porque carecen de los mecanismos de amortiguación adecuados) han tenido que hacer frente a precios más elevados y escasez. Por ejemplo, en la India el suministro comercial de gas licuado de petróleo quedó afectado durante meses tras el inicio de la guerra en febrero; y la escasez de GNL en Pakistán seguía obligando a ese país a implementar suspensiones escalonadas del servicio eléctrico a finales de agosto.
En este contexto, encontrar opciones para fomentar la resiliencia se ha tornado una cuestión urgente. Todas las economías necesitan energía, pero los recursos para crearla están distribuidos de manera desigual. Alrededor del 95 % de la población mundial vive en regiones que importan al menos uno de sus combustibles principales. China importa aproximadamente el 70 % del petróleo que consume y la India, cerca del 90 %. El comercio es, por lo tanto, indispensable. Los vínculos comerciales fiables y diversificados constituyen uno de los pilares fundamentales de la resiliencia.
Pero el comercio también puede crear dependencias que se convierten en vulnerabilidades: es posible que los países dependan solo de unos pocos proveedores geográficamente distantes o de rutas expuestas a disrupciones. El estrecho de Ormuz dista de ser el único cuello de botella marítimo del mundo; dos tercios del comercio energético pasan al menos por uno.
El análisis de 65 países que llevamos a cabo sugiere que ante las disrupciones la capacidad de respuesta es fundamental, y que tanto los mecanismos de amortiguación de corto plazo (por ejemplo, el acopio) como las soluciones a más largo plazo (como los recursos locales, los proveedores alternativos y la capacidad de sustituir combustibles) desempeñan un papel importante. La gama de factores en juego ayuda a explicar por qué la dependencia de las importaciones que vemos en las noticias puede ser engañosa: la capacidad de respuesta de dos países que importan la misma cantidad de energía puede ser muy diferente si uno de ellos ha acopiado más combustibles o puede acceder a las alternativas de mejor manera.
Incluso un gran exportador neto podría ser vulnerable a las disrupciones si depende de la importación de combustibles específicos: Brasil exporta petróleo crudo, pero importa aproximadamente una cuarta parte del gasoil que consume; e Indonesia exporta GNL, pero depende del petróleo importado y su capacidad de almacenamiento de combustibles refinados es limitada.
Los gobiernos ya están tomando medidas para reducir la exposición a esos riesgos y reforzar su capacidad de respuesta. Por ejemplo, Pakistán está evaluando la creación de una reserva estratégica de petróleo, la India y Sudáfrica están aumentando las suyas, e Indonesia busca aumentar su capacidad de almacenamiento de combustible para ser capaz de cubrir 90 días de consumo en lugar de los cerca de 25 que puede cubrir ahora.
Pero el acopio por sí solo no puede garantizar la seguridad energética a largo plazo y, de manera similar, aunque otras medidas pueden reducir la vulnerabilidad o reforzar la capacidad de respuesta, todas tienen límites.
La electrificación y la energía limpia producida a nivel nacional pueden reducir de forma estructural la dependencia de las importaciones de combustible. Estimamos que las tecnologías de bajas emisiones viables en la actualidad podrían, en teoría, sustituir importaciones equivalentes a entre el 26 % y el 31 % del consumo mundial actual de gas y petróleo. En la práctica, la tecnología, la economía, las inversiones iniciales y la rotación de activos afectarán la velocidad de sustitución y su escala.
La nueva producción de gas y petróleo también puede reducir la dependencia de las importaciones, pero no todo el mundo cuenta con los recursos ni las condiciones económicas adecuados. La producción nacional de carbón nacional puede proteger a algunos sistemas eléctricos, pero su uso implica importantes consecuencias en términos de emisiones y calidad del aire. La reconfiguración del comercio puede diversificar los proveedores y las rutas de aprovisionamiento, pero requiere una infraestructura que, a su vez, puede sufrir disrupciones.
En pocas palabras, no hay una receta única para la seguridad energética. Algunas estrategias procuran reducir la dependencia mediante la sustitución; otras aumentan el acopio, el abastecimiento local, o el uso de proveedores y rutas alternativos. Muchas combinarán esas opciones.
Corresponde a los responsables políticos identificar cuáles de las vulnerabilidades podrían provocar el mayor daño económico y social, y en qué ámbitos se puede aumentar la resiliencia con inversiones limitadas. Esto es especialmente cierto en el caso de las economías en desarrollo, que suelen carecer de margen fiscal y acceso al capital en condiciones asequibles.
Aunque las inversiones serán costosas, el impacto de las crisis energéticas podría resultar aún más caro en su ausencia. Por ejemplo, se estima que las «reducciones de carga» en Sudáfrica limitaron el crecimiento del PIB entre uno y tres puntos porcentuales en 2022. Queda por ver cuánto acabará costando la actual crisis energética a las economías emergentes vulnerables, pero su impacto total será sin duda considerable.
La cooperación puede fomentar el uso más eficiente de los recursos escasos: las coaliciones regionales pueden ayudar a los países a combinar reservas, coordinar respuestas de emergencia, construir infraestructura interconectada y garantizar suministros alternativos a mejores precios. Los países de la ASEAN ya están explorando la posibilidad de crear una reserva regional de combustible en respuesta a la crisis de Ormuz.
Las empresas se enfrentan al mismo desafío, pero a otra escala; su vulnerabilidad puede depender de un único combustible, proveedor, puerto o centro de producción, o de una única materia prima. Pueden evaluar esas exposiciones a riesgos y decidir la disponibilidad de materias primas flexibles, proveedores alternativos, almacenamiento, producción diversificada o mejoras en la eficiencia justifican la inversión (incluso para garantizar la continuidad y proteger los ingresos durante la disrupción).
Esta crisis energética no será la última... solo invirtiendo hoy en resiliencia, tomando decisiones deliberadas sobre qué dependencias actuar y cómo hacerlo, los países y las empresas podrán asegurarse opciones a las que recurrir para la próxima. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Traducción al español por Ant-Translation.
Diego Hernández Díaz es socio de McKinsey & Company en Ginebra y dirige la unidad Global Energy Perspective de McKinsey, especializada en el sistema energético y sus perspectivas para los próximos 25 años.
Luciano Di Fiori es socio de McKinsey & Company en Houston y dirige la división Energy Solutions de McKinsey.
Tiago Devesa es investigador sénior del instituto McKinsey Global Institute de Lisboa.