La Sinfonía, ese bosque profundo I

Opinión
/ 25 abril 2025

Muchos de los términos musicales que dan nombre a las piezas que escuchamos en los conciertos tienen su origen en diferentes épocas, tan distantes unas de otras como cercanas. Son tantos que, inclusive para el estudiante de música y alguno que otro músico egresado, suelen confundir y desorientar cuando de escuchar música se trata.

Los términos del dominio público más conocidos se reducen a dos: sinfonía y concierto. Al menos estos son los que más he escuchado mencionar a los melómanos, invariablemente. Curiosamente confunden los dos, a la sinfonía le dicen concierto y viceversa. Otros términos musicales mencionados son ópera, sonata, fuga, toccata, y pare usted de contar. Las diferencias entre cada una de estas estructuras es sutil, a veces, contrastante, en otras.

Una forma musical puede ser también una estructura: la sonata en sí misma es una forma y estructura, a la vez: muchas de las sonatas para piano de Mozart están en este molde; la sinfonía del periodo clásico, y muchas del romántico, tienen forma sonata. Me explico. La estructura (que son las partes, habitaciones, áreas y elementos que constituyen la forma): se sostiene en tres pilares, la exposición (donde se presentan dos temas con un “puente” tonal; el puente (o transición) conduce del primer tema al segundo tema a través de un cambio en la tonalidad de éste); el segundo pilar es el desarrollo, que consiste en una suerte de diálogo entre los dos temas (muchas veces sólo se utiliza uno de estos temas) y, a veces, el tema del puente; es elección del compositor elegir cualquiera de estos tres elementos temáticos para usarlos a su arbitrio, imaginación y pericia, además del manejo libre y sesudo de la armonía: modulaciones a tonalidades lejanas, el retorno sabio y fluido a la tonalidad principal, etc.

Generalmente esta sección demanda todo el genio del compositor, y es en aquí donde se puede percibir el laboratorio mental en el que se convierte la cabeza del músico. La reexposición cierra la forma sonata. En ésta se reafirman los temas presentados en la exposición y se consolida la tonalidad original. El desarrollo tanto de la forma como de la estructura musical de la sinfonía se tomó un largo periodo de tiempo.

Una de las primeras obras con este título fueron las Sacrae symphoniae (Sinfonías sacras, 1597) de Giovanni Gabrieli (1557-1612). Cabe aclarar que en estas obras del barroco temprano la sinfonía no era más que lo que su etimología explica: del griego syn (juntos) y phonos (sonar): “música de conjunto”. Esta sinfonía “germinal” se abriría paso por esa especie de bosque exótico que representa el barroco musical. Su paso por los contrapuntos abigarrados que fertilizaban a las fugas y ritornelli no impidió que su anatomía y fisiología internas fueran madurando. Nacida en las postrimerías del Renacimiento, labrada en las plumas de los dos Leonardos, Vinci y Leo- que compusieron sinfonie avanti l’opera, en tres definidos movimientos (rápido-lento-rápido) premonitorios de la sinfonía dieciochesca-, la sinfonía tendría una segura consecución de penetración en el gusto de toda clase de compositores europeos.

Connotados historiadores de la música atribuyen al Concerto grosso el antecedente y origen de la Sinfonía. Lo más visible de esta afirmación está en la estructura del concierto grosso: la disposición ternaria de sus movimientos, allegro.adagio-allegro, en la que destaca el violín como solista, y las líneas generales de los efectos dinámicos y del diálogo entre la deliberada oposición del solista (concertino) y el conjunto instrumental colegiado o ripieno.

La sinfonía, en relación con el concerto grosso, se distingue por la adopción de la forma-sonata, por un lado, y, por otro, por la nueva disposición instrumental articulada en familias, en lugar de la simple oposición del concertino al ripieno. La orquesta, al recibir en su seno instrumentos de aliento (cornos, oboes, flautas, fagotes, etc.) se convierte en un organismo polifónico autónomo. Artífices de la nueva estructura sinfónica fueron, en Italia, Giovanni Battista Sammartini (1701-1775) y Giuseppe Tartini (1692-1770), y, en Alemania, Jan Václav Stamitz (1717-1757), que fundó la “Escuela de Manheim”, germinadora de la orquesta moderna que heredaron, Haydn, Mozart y Beethoven en su primera etapa.

CODA

“La música se escribe para expresar lo inexpresable. Yo quisiera que se pareciera a lo que sale de la sombra y que, por instantes, volviese a ella: que siempre fuera una discreta persona”. C. A. Debussy.

Músico, escritor, catedrático, gestor cultural y fotógrafo. Autor de Fabulaciones del sonido (Celosía, UAdeC. 2017). Es licenciado en Letras Españolas (UAdeC, 1995) y maestro en Música (Rice University, 2006). Su vasto repertorio como instrumentista de clavecín, órgano y piano abarca todos los géneros musicales escritos para estos instrumentos; se ha presentado como concertista en numerosos auditorios de México y el extranjero. Catedrático de tiempo completo en la UAdeC desde hace 30 años, donde se ha desempeñado como director de la Escuela Superior de Música, Coordinador general de la Coordinación de Difusión y Patrimonio Cultural y, actualmente, es el director del Recinto del Patrimonio Cultural Universitario. En 2017 inició el proyecto personal “Arte de la Fuga”, en el que se propone interpretar en vivo y en diversos auditorios la obra integral de Bach para el clavecín y el órgano.

COMENTARIOS

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM