La trayectoria de la IA en el mercado será más accidentada

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Opinión
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Si bien tiene el poder de resolver algunos de nuestros principales desafíos económicos y alcanzar niveles de crecimiento antes inimaginables. Pero, si se gestiona de forma inadecuada, podría acarrear costos perjudiciales

Por Mohamed A. El-Erian, Project Syndicate.

MILÁN- La economía estadounidense y sus mercados financieros se encuentran inmersos en una carrera generacional cuyas implicancias van mucho más allá de las perspectivas de prosperidad y estabilidad financiera a futuro. La carrera se libra, por un lado, entre la IA y las tecnologías relacionadas que encierran un enorme potencial para impulsar el crecimiento de la productividad y de los beneficios y, por otro, las consecuencias no deseadas de estas tecnologías.

La mayoría de nosotros necesitamos la IA para lograr esas ganancias importantes de la productividad y los beneficios, sobre todo teniendo en cuenta que la economía arrastra graves problemas heredados del pasado. Pero, aunque la carrera ha transcurrido de forma notablemente fluida hasta ahora, es probable que se vuelva mucho más volátil.

Me incluyo entre quienes están genuinamente entusiasmados con lo que está ocurriendo en la revolución de la IA y su posible interacción con avances igualmente emocionantes en las ciencias de la vida, la robótica y, en última instancia, la computación cuántica. Al mejorar el insumo que sustenta gran parte de lo que hacemos -la inteligencia-, el potencial económico de la IA es enorme. Es, tal y como lo definió el presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Kevin Warsh, en su discurso de Jackson Hole el mes pasado, potencialmente un “nuevo factor de producción”.

James Manyika, de Google, ha ido más allá en conversaciones que he mantenido con él y en otros foros. La IA no es solo una “tecnología de uso general” (como la electricidad) que puede mejorar la forma en que hacemos lo que hacemos hoy en día. Gracias a la superación recursiva y a otros avances, se está convirtiendo cada vez más en una “máquina de inventar inventos” que nos permitirá hacer cosas aún mejores. Estas observaciones han alimentado la promesa de unos beneficios empresariales enormemente superiores, lo que a su vez ha impulsado los índices bursátiles a máximos históricos y ha canalizado una enorme cantidad de financiación en forma de acciones y bonos hacia el sector tecnológico.

En ningún otro lugar esta dinámica se pone de manifiesto de forma más clara que en los beneficios impresionantes de Nvidia el mes pasado. Su espectacular crecimiento de los ingresos sigue confirmando la magnitud de la inversión de capital del sector. La misma dinámica también se aprecia en los preparativos para la salida a bolsa de Anthropic donde, al igual que en el caso de SpaceX, el “mercado potencial total” al que espera acceder es enorme.

Sin embargo, mi entusiasmo viene acompañado de preocupaciones, no tanto por los riesgos a largo plazo de acontecimientos traumáticos o de “extinción” (aunque eso es obviamente importante), como por las consecuencias no deseadas más inmediatas de la IA y sus daños colaterales. Los temores respecto a esto último ya se están extendiendo al ámbito político y social y bien podrían afectar el ritmo y la profundidad de la adopción de la tecnología.

Estas condiciones cambiantes conllevan el riesgo de efectos de desplazamiento, especialmente a corto plazo, debido a un desajuste intertemporal clásico. Los posibles beneficios a largo plazo de la IA podrían abordar muchos de nuestros problemas actuales, desde el bajo crecimiento y la elevada deuda hasta el cambio climático y la desigualdad extrema; pero, de forma más inmediata, el desarrollo y la implementación de la IA se ven complicados por cuestiones que, si no tenemos cuidado, podrían agravar precisamente esos problemas.

Consideremos lo que ha venido ocurriendo en los mercados de bonos públicos y corporativos. En un mundo en el que la financiación del déficit y el endeudamiento corporativo tradicional ya acaparan gran parte de la financiación disponible a través de bonos, el aumento masivo de la demanda de crédito por parte de los grandes proveedores de servicios (hiperescaladores) ha sido un factor que ha contribuido a elevar los costos de financiación, incluidas las tasas hipotecarias.

Esto es especialmente cierto ahora que los grandes compradores de valores estadounidenses, históricamente fiables, parecen menos dispuestos a adquirir estos activos debido a consideraciones internas (en el caso de Japón y los países del Golfo) y geopolíticas (China y Canadá). Asimismo, en ciertas zonas de Estados Unidos, el incremento de la demanda energética ha contribuido al aumento de los precios de la electricidad, lo que agrava aún más una crisis de asequibilidad que se viene gestando desde hace varios años y que afecta con mayor dureza a los hogares de ingresos más bajos.

La tensión entre el avance de la IA y la necesidad de gestionar sus consecuencias inmediatas no es el único riesgo. Otro es la disparidad entre los avances emocionantes y rápidos de la IA y las tasas de adopción desiguales en toda la economía. Un estudio de Google, especialmente perspicaz y exhaustivo, muestra que, si bien la difusión ha sido muy amplia, ésta ha sido más bien superficial. Dado que la IA aún no se ha integrado profundamente en los flujos de trabajo, gran parte de su potencial de productividad sigue sin explotarse.

Todo esto sugiere que la trayectoria de la IA -que abarca los avances científicos, su adopción en toda la economía y la mitigación de los riesgos- probablemente se volverá más compleja. Por eso, quienes lideran esta revolución esperan que los responsables de las políticas desempeñen un papel más importante a la hora de facilitar su adopción y minimizar los daños colaterales. Dada la dinámica en juego, ese tipo de intervenciones requerirían alianzas público-privadas que sean ágiles. Por ejemplo, Demis Hassabis, fundador de Google DeepMind, propuso recientemente un mecanismo similar al de la Autoridad Reguladora de la Industria Financiera (FINRA), mediante el cual un organismo privado cooperativo ejercería poderes regulatorios delegados públicamente en consulta con los organismos gubernamentales.

Hasta ahora, la financiación de la IA (que es la principal fuerza impulsora de los mercados de capitales estadounidenses) ha transcurrido con relativa fluidez. Los inversores en renta variable han podido ganar dinero gracias a las crecientes promesas de prosperidad económica generalizada en el futuro. Sin embargo, el camino está a punto de volverse más accidentado, sobre todo ahora que los dos principales partidos políticos se inclinan hacia el lado populista del debate. Mientras tanto, el grupo de economistas y científicos del comportamiento que trabajan en el campo de la IA y estudian las tensiones mencionadas anteriormente sigue siendo demasiado reducido, teniendo en cuenta lo que está en juego.

La era de una financiación relativamente sin fricciones y de ganancias de mercado aparentemente sin esfuerzo podría dar paso en breve a otra marcada por vientos en contra más fuertes y multidireccionales. Navegar por este terreno tan complicado exigirá mucha más agilidad y colaboración entre los gobiernos y las empresas tecnológicas, tanto a nivel nacional como internacional.

La IA tiene el poder de resolver algunos de nuestros principales desafíos económicos y alcanzar niveles de crecimiento antes inimaginables. Pero, si se gestiona de forma inadecuada, podría acarrear costos perjudiciales. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Mohamed A. El-Erian, exrector del Queens’ College de la Universidad de Cambridge, es profesor de práctica en la Escuela Wharton de la Universidad de Pensilvania, donde también es investigador sénior global del Instituto Lauder. Es asesor económico jefe de Allianz, presidente de Gramercy Funds, autor de The Only Game in Town: Central Banks, Instability, and Avoiding the Next Collapse (Random House, 2016), y coautor (junto con Gordon Brown, Michael Spence y Reid Lidow) de Permacrisis: A Plan to Fix a Fractured World (Simon & Schuster, 2023).

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