Lapsus pedae

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Opinión
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De la cantina lo fueron a sacar de parte de la señora N... Los visitantes querían escuchar el ‘Nocturno a Rosario’

Era declamador. Por tanto, era declamatorio. Cuando decía un poema engolaba la voz, le daba un tono con profundidades de caverna y luego, sin qué ni para qué, la volvía grito sonoroso, lo mismo si estaba recitando “La raza de bronce” de don Amado Nervo que “Volverán las oscuras golondrinas...” del español Gustavo Adolfo Bécquer.

Era declamador. Por tanto, movía los brazos como aspas de molino. Si hubiera hecho calor en Saltillo –entonces no hacía, porque la ciudad estaba aún llena de huertas–, habría bastado ponerlo a declamar en una casa para airearla toda y darle gran frescura, pues al decir los versos revoleaba los brazos como ventilador.

Esto pasó en Saltillo. Pasó

Cierto día le sucedió una tragedia. La señora N..., dama muy principal, organizó una reunión en su casa, y a él no lo invitó. Supo que había llegado una familia de San Luis, gente muy fina, y que en su honor se haría la tertulia. Y a él no lo invitaban. ¿Por qué? Abatido hasta lo indecible, se fue a la cantina y se puso a tomar cerveza tras cerveza para ahogar la indecible pena que le causaba aquel desaire.

Pero ¿quién puede desairar a la poesía? De la cantina lo fueron a sacar de parte de la señora N... Los visitantes querían escuchar el “Nocturno a Rosario”, de Manuel Acuña. ¿No les haría el favor de ir a declamarlo? Se puso el arrugado saco, pasó la mano por la despeinada cabellera y, procurando no delatar las libaciones con lo vacilante de los pasos, se dirigió a la tertulia.

Después de las presentaciones obligadas –“nuestro gran declamador; un orgullo de Saltillo”, etcétera– se plantó frente a la concurrencia y empezó a actuar. Siempre acostumbraba preceder su recitación con un exordio que se sabía de memoria:

– Damas y caballeros. De Manuel Acuña, inmortal bardo saltillense, su romántico y doliente “Nocturno a Rosario”, bellísimo poema en cuyos versos el atormentado vate volcó su dolorida pasión por aquella mujer que desdeñolo y púsolo en el camino de la tumba.

Tras una pausa dramática, empezó a recitar el poema:

“Pues bien: yo necesito decirte que te adoro, decirte que te quiero con todo el corazón; que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro, que ya no puedo tanto, y al grito... al grito...”...

Se interrumpió. Había olvidado lo que seguía. Todas las miradas se clavaron en él.

– Perdón por este olvido momentáneo. Voy a empezar desde el principio, para acordarme... Damas y caballeros. De Manuel Acuña, inmortal bardo saltillense, su romántico y doliente “Nocturno a Rosario”, bellísimo poema en cuyos versos el atormentado vate volcó su dolorida pasión por aquella mujer que desdeñólo y púsolo en el camino de la tumba. (Pausa). “Pues bien: yo necesito decirte que te adoro, decirte que te quiero con todo el corazón; que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro, que ya no puedo tanto, y al grito... al grito...”...

Dichos sabios

Dios mío, ¿qué seguía? ¿Al grito de guerra? Al grito ¿de qué? No pudo continuar. Su mente estaba en blanco.

– Perdón, señoras y señores. Permítanme empezar de nuevo. Damas y caballeros. De Manuel Acuña, inmortal bardo saltillense...

Repitió el exordio. Pero al empezar el poema, otra vez se quedó en lo del grito y ya no pudo continuar. Compuso entonces la figura, tosió para aclarar la voz y dijo con exquisita cortesía:

– Hermosas damas, gentiles caballeros: han de disculpar ustedes el invencible lapsus que me obnubila la memoria y me impide obsequiar el deseo de nuestra amabilísima anfitriona. Ha de ser este cervezadal jijo de la rechingada.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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