Las dos economías más grandes del mundo deberían desacelerar su carrera inversora

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Opinión
/ 19 enero 2026

Tarde o temprano, Estados Unidos y China tendrán que hacer frente a la creciente tensión entre su búsqueda del dominio tecnológico y sus objetivos macroeconómicos nacionales

Por Moreno Bertoldi y Marco Buti, Project Syndicate, 2026.

MILÁN- Durante el último año, Estados Unidos y China han consolidado sus posiciones como las principales superpotencias mundiales, en gran medida a expensas de todos los demás. En ambos países, el crecimiento se ha mantenido sólido a pesar de las perturbaciones y la volatilidad causadas por el colapso del orden internacional basado en reglas, que el presidente estadounidense, Donald Trump, y su homólogo chino, Xi Jinping, han alimentado activamente.

Sin embargo, estas cifras destacadas ocultan debilidades más profundas. En Estados Unidos, el fuerte crecimiento enmascara una recuperación en forma de K que ha dado lugar a una crisis de asequibilidad políticamente tóxica. Los aranceles de Trump, en particular, han mantenido la inflación por encima de la meta de la Reserva Federal, sin lograr una reducción significativa del déficit de cuenta corriente.

En China, por el contrario, el crecimiento sólido se ha visto impulsado principalmente por el aumento de las exportaciones, y el superávit comercial del país superó el billón de dólares por primera vez en 2025. Pero el éxito de la agenda de “nuevas fuerzas productivas de calidad” de Xi se ha visto contrarrestado por la caída de los precios de la vivienda, el alto desempleo juvenil y el crecimiento aletargado de los salarios, todo lo cual ha frenado el consumo. Como resultado de ello, el tan esperado reequilibrio del modelo de crecimiento de China se ha pospuesto una vez más.

Si bien sus motivaciones y herramientas políticas difieren, tanto Estados Unidos como China están inmersos en una carrera por la supremacía tecnológica impulsada por inversiones gigantescas. Para Estados Unidos, el liderazgo tecnológico es clave para mantener su dominio económico y financiero; para China, garantiza la dependencia extranjera de la producción y de las cadenas de suministro chinas.

Pero ambos se ven limitados por trilemas macroeconómicos. Más allá del dominio tecnológico, Estados Unidos también busca reducir su déficit de cuenta corriente y mantener una inflación baja y estable. Estos dos últimos objetivos son incompatibles con la actual carrera inversora. Mantener el liderazgo en las industrias de vanguardia requiere una desregulación continua y entradas de capital extranjero, lo que implica déficits externos constantes. Reducir el déficit comercial requeriría un mayor ahorro interno y un dólar más débil, lo que presionaría a la Reserva Federal a recortar drásticamente las tasas de interés. El resultado inevitable sería una mayor inflación.

Sin duda, una combinación de aranceles más altos, injerencia en la Fed, un dólar más débil y presión sobre los gobiernos extranjeros para que eliminen las barreras regulatorias y no regulatorias a las exportaciones estadounidenses podría ayudar a reducir el déficit externo y apoyar la inversión. Pero este paquete de políticas afianzaría la alta inflación y exacerbaría la crisis de asequibilidad.

Si Estados Unidos quiere alcanzar el dominio tecnológico y una inflación baja, habría que reducir los aranceles y endurecer la política monetaria. Las entradas de capital resultantes harían subir el dólar, ampliando el déficit de cuenta corriente.

China se enfrenta a un trilema diferente, pero igualmente grave. Además del dominio tecnológico, sus otros objetivos son mantener la estabilidad macrofinanciera y sostener el crecimiento de los salarios y el consumo. Para llevar a cabo su agenda de “nuevas fuerzas productivas de calidad” y seguir siendo el principal centro de fabricación del mundo, debe subsidiar la inversión en sectores emergentes sin abandonar las industrias tradicionales. Pero esta estrategia conducirá a una sobreinversión, un exceso de capacidad, una caída de la rentabilidad y presiones deflacionarias, así como a grandes superávits comerciales. Y con el sector inmobiliario aún en crisis, el riesgo de que se produzcan efectos secundarios en el sistema financiero es inquietantemente alto. Por lo tanto, preservar la estabilidad macrofinanciera requiere una fuerte intervención regulatoria y fiscal.

Pero la búsqueda de un alto nivel de inversión y estabilidad financiera se producirá necesariamente a expensas del reequilibrio económico. El crecimiento del consumo sigue siendo débil, los riesgos de deflación se están afianzando y los esfuerzos por reducir el exceso de capacidad a través de las exportaciones inevitablemente alimentarán el proteccionismo comercial en el exterior.

Una vía alternativa, esbozada en las conclusiones del IV Pleno del Partido Comunista de China celebrado en octubre, combinaría grandes inversiones en nuevas fuerzas productivas con un impulso decisivo para estimular el consumo interno. Esto podría lograrse mediante políticas fiscales y monetarias más expansionistas y el refuerzo de la red de seguridad social. Este enfoque contribuiría a aliviar las presiones deflacionarias, pero también aumentaría los ya elevados niveles de deuda de China, lo que incrementaría el riesgo de una futura crisis financiera.

Tarde o temprano, Estados Unidos y China tendrán que hacer frente a la creciente tensión entre su búsqueda del dominio tecnológico y sus objetivos macroeconómicos nacionales. La búsqueda de la ventaja absoluta en lugar de la comparativa podría dar lugar a una mala asignación de los recursos nacionales y contribuir a un exceso de inversión a nivel global, especialmente ahora que la Unión Europea e India están aplicando estrategias similares, aunque con mayor cautela.

Es poco probable que esa tensión se mantenga contenida. Un colapso de la burbuja de IA y la incapacidad de controlar la inflación o el déficit de cuenta corriente en Estados Unidos, junto con la materialización de los riesgos macrofinancieros en China, tendrían importantes repercusiones en la economía internacional.

Un equilibrio global diferente es económicamente viable, pero sería políticamente difícil de sostener. Como muestra el gráfico más abajo, para conciliar sus objetivos contradictorios, Estados Unidos y China tendrían que desacelerar una carrera inversora que cada vez se parece más a una carrera armamentística.

$!Encontrar un equilibrio global distinto es económicamente viable, sin embargo, sería políticamente complicado de sostener.

Tal cambio también requeriría que las dos superpotencias abandonaran sus tácticas depredadoras y reactivaran alguna forma de cooperación multilateral. Es poco probable que ese cambio sea voluntario, pero los crecientes costos económicos y las tensiones internas generadas por el exceso de inversión pueden -con suerte- propiciarlo. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Moreno Bertoldi es investigador asociado sénior del Instituto Italiano de Estudios Políticos Internacionales (ISPI). Marco Buti es titular de la cátedra Tommaso Padoa-Schioppa en el Centro Robert Schuman del Instituto Universitario Europeo y miembro externo de Bruegel.

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