Lo que significa una Iglesia católica que no le teme a Donald Trump

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Opinión
/ 30 abril 2026

En los últimos días, las críticas del obispo de Roma parecieron perforar la arrogancia del presidente e inspiraron a diversos sectores de estadounidenses a expresar su propio descontento con Trump

Por Christine Emba, The New York Times.

¿Estados Unidos está experimentando un renacimiento católico? La idea de que el país está ante un aumento de conversos a la fe, especialmente entre la generación Z, podría ser más una proyección que un hecho. Pero la reacción a los enfrentamientos entre el papa León XIV y el presidente Donald Trump la han hecho parecer mucho más plausible; incluso comprensible.

Desde febrero, el presidente ha emprendido una guerra contra Irán, poco elaborada en términos teóricos e impopular, cada vez más impredecible y con amenazas de carácter genocida, silenciando las objeciones mediante demostraciones de poder político y fuerza militar. Pero en los últimos días, las críticas del obispo de Roma, la reprensión pública de León a esas amenazas como “una cuestión moral por el bien de toda la población”, y luego su plegaria por “la dignidad, la comprensión y el perdón” frente a la “ilusión de omnipotencia”, parecieron perforar la arrogancia del presidente e inspiraron a diversos sectores de estadounidenses a expresar su propio descontento con Trump.

La Iglesia católica romana y su líder poseen lo que se necesita ahora: un vocabulario moral sólido —para señalar el bien contra el mal y exigir justicia y paz— que apela a algo más elevado y convincente que la sombría realpolitik, y un punto de vista independiente y coherente que trasciende la política partidista. La Iglesia es una institución de 2000 años con alcance global y, si eres uno de sus 1400 millones de fieles, con el mandato divino de guiar a las almas humanas. Se sitúa al margen de las instituciones cotidianas y los sistemas económicos, y por ello no puede ser capturada por las preocupaciones de los votantes ni por el temor a un presidente vengativo. Su perspectiva pretende ser amplia y eterna, una propuesta sugestiva en una época que se siente dolorosamente desorientada.

En tiempos más tranquilos, la religión puede parecer innecesaria. Y para muchos, gran parte del siglo XX resultó suficientemente convincente sin ella: los individuos eran libres de construir sus propias vidas, los dividendos materiales del capitalismo ofrecían suficiente novedad y prosperidad para distraer de anhelos profundos, y los ideales liberales podían funcionar como una especie de religión de Estado, una justificación apenas necesaria para sostener un gobierno idealista y en su mayor parte funcional.

Había suficiente esperanza en la idea de que el arco de la historia se inclina hacia la justicia como para satisfacer, al menos en parte, el interés por preocupaciones superiores. Para una proporción creciente de estadounidenses seculares o desvinculados de la religión, vivir dentro de lo que el filósofo Charles Taylor describe como el “marco inmanente”, una comprensión social según la cual el mundo natural es todo lo que existe, sin recurso a lo espiritual o sobrenatural, planteaba pocos problemas.

Sin embargo, como han dejado especialmente claro los últimos años, el gran proyecto del liberalismo ya no cuenta con una aceptación universal. El botín económico del capitalismo no es nuevo (ni, por cierto, está garantizado ni se distribuye de manera equitativa); la priorización del yo parece haber derivado en soledad y ansiedad. Las instituciones de gobierno se han vuelto rígidas y propensas a escándalos, han cedido autoridad y son cada vez menos capaces de articular, y mucho menos responder, a preguntas profundas sobre propósito y sentido. Una mezcla de confusión y nihilismo flota en el ambiente; la inmanencia ya no parece bastar.

En estas condiciones, algún tipo de religión institucional parece estar lista para regresar como proveedora de los anclajes espirituales y comunitarios que la gente necesita. La cuestión es cuál.

En los últimos años, el declive del cristianismo estadounidense en general ha parecido bien comprendido y solo moderadamente lamentado. Pero este mes los sitios de noticias y las redes sociales parecían fascinados por la posibilidad de un resurgimiento específicamente católico. 60 Minutes se adentró “en el silencioso renacimiento de la Iglesia católica”. Un titular de Evie Magazine informaba con entusiasmo de que “el nuevo club más de moda de Nueva York es la misa católica”.

La teoría no se sostiene del todo en las cifras: por cada converso a la Iglesia católica que hay cada año, la mayoría de los informes señala que entre ocho y doce la abandonan. Un aumento de conversiones en áreas urbanas altamente conectadas (varios informes se centraban en las mismas parroquias de Nueva York) y en campus de la Ivy League parece sobrerrepresentado por periodistas familiarizados con esos entornos.

Aun así, incluso el comentarismo más escéptico encuentra convincente la idea de que una generación desencantada, criada en un mundo moderno y secular, podría estar buscando algo trascendente, en continuidad con una larga tradición, y que otras generaciones también puedan estarlo.

El catolicismo nunca se ha sentido plenamente a gusto en Estados Unidos: desde la fundación del país, los protestantes blancos han conformado la élite dominante. El romanismo, en cambio, fue una religión de inmigrantes y pobres, y la influencia del Vaticano se ha percibido como una amenaza para los intereses estadounidenses desde la época colonial. Pero hoy en día, muchas denominaciones protestantes tradicionales han dilapidado su carácter distintivo en búsqueda de relevancia, perdiendo credibilidad con cada intento de alinearse con la última tendencia de justicia social. Al mismo tiempo, los evangélicos han cambiado la base bíblica por la cercanía al poder político, convirtiéndose en algunos casos en poco más que un brazo del Partido Republicano, y perdiendo credibilidad por ello.

Aunque la Iglesia católica puede ser dogmática (¡literalmente!) en cuestiones sociales y ha enfrentado escándalos como el de los abusos sexuales del clero, ha logrado mantenerse contracultural al mostrar cómo pensar con rigor en los principios morales desde una perspectiva específicamente cristiana, anclándolos en su tradición intelectual y aplicándolos a cuestiones concretas del espacio público. Los momentos en que la Iglesia ha trascendido sus propios límites y ha captado la atención de quienes están fuera de sus filas han sido aquellos en que condenó la inhumanidad y defendió el bien como una voz externa, enfrentando los fracasos de su tiempo: la defensa de la dignidad humana por parte de Juan Pablo II como resistencia al comunismo, y el compromiso público del papa Francisco con la humildad y la inclusión.

Este momento católico reciente, tanto la fascinación por las nuevas conversiones como la resonancia del embrollo papa vs. presidente, revela una necesidad de autoridad moral.

Es difícil no esperar que se esté produciendo algún tipo de resurgimiento. c. 2026 The New York Times Company.

Christine Emba es autora de Rethinking Sex: A Provocation.

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El periódico publicado en la ciudad de Nueva York es editado por Arthur Gregg Sulzberger y se distribuye en los Estados Unidos y otros países. Desde su primer Premio Pulitzer, en 1851, hasta la fecha, lo ha ganado 132 veces.

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