Lo que Trump quiere de Rusia
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La Administración Trump parece considerar el fin de las hostilidades activas en Ucrania menos como un objetivo final que como una oportunidad para comenzar a reconfigurar las relaciones económicas y geopolíticas con el Kremlin
Por Ana Palacio, Project Syndicate, 2026.
WASHINGTON- Las conversaciones que acaban de concluir entre representantes de Estados Unidos, Rusia y Ucrania en Emiratos Árabes Unidos para poner fin a la guerra en Ucrania terminaron, como era de esperar, prácticamente en el mismo punto en el que comenzaron. Sin embargo, este último esfuerzo podría arrojar luz sobre el lugar Estados Unidos asigna a Rusia en el sistema internacional, en particular, cómo podría ser la relación bilateral después de la guerra. Al igual que gran parte de la política exterior del presidente estadounidense Donald Trump, esta visión parece estar definida por consideraciones comerciales.
La disposición de Trump a dejar de lado los derechos humanos o el respeto al Estado de derecho en su afán por cerrar pactos comerciales, desde Pakistán hasta los Estados del Golfo, puede parecer realpolitik, pero el enfoque transaccional de Trump no debe confundirse con realismo. Mientras una política exterior realista tiene en cuenta las limitaciones, las dinámicas de poder y los intereses a largo plazo, un enfoque transaccional reduce la política internacional a un mosaico de acuerdos estrechos. Y mientras el realismo exige aprovechar al máximo las normas, las alianzas y las instituciones, el transaccionalismo aconseja su evasión o incluso su destrucción.
En un momento en que el orden de posguerra parece desmoronarse, la concepción tradicional del realismo puede parecer idealista, y el compromiso transaccional se aprecia más pragmático. Sin la responsabilidad de construir instituciones o mantener alianzas, y sin las limitaciones de los principios, un líder transaccional (según esta línea de pensamiento) puede obtener resultados incluso en circunstancias difíciles. Pero es probable que los resultados a largo plazo estén lejos de ser deseables.
Este es casi con toda seguridad el caso del nuevo enfoque de la Casa Blanca hacia Rusia. La Administración Trump parece considerar el fin de las hostilidades activas en Ucrania menos como un objetivo final que como una oportunidad para comenzar a reconfigurar las relaciones económicas y geopolíticas con el Kremlin. La retirada gradual de las sanciones, las restricciones tecnológicas y las barreras comerciales permitirá entonces a Estados Unidos seguir configurando los resultados como desee.
Ahora bien, es fundamental señalar que estos cambios se aplicarán de forma selectiva, con cada acuerdo negociado entre los actores. Lo que se concibió como instrumentos de disuasión general (mecanismos para obligar a una entidad rebelde a volver a un sistema basado en normas) se utilizará para configurar incentivos dentro de las estructuras de élite. Este enfoque de “pay-to-play”, carente de ambición institucional, difícilmente puede considerarse una estrategia económica, y es poco probable que funcione.
Como Trump asume que las consideraciones comerciales son siempre primordiales, cree erróneamente que líderes como Vladimir Putin las tienen en la misma consideración. De hecho, Trump cree que los conciertos políticos tienen más probabilidades de durar si se integran en acuerdos comerciales que aumentan los costos de los cambios de rumbo o las violaciones. Esto también explica la creencia de la Administración de que una normalización parcial de las relaciones entre Estados Unidos y Rusia debilitaría la relación de Rusia con China.
Según esta estrategia de “Nixon a la inversa”, las perspectivas de un reajuste ideológico no se contemplan, ya que ese no es el objetivo: un acercamiento parcial a Moscú seguirá debilitando su alineamiento con Pekín. El reposicionamiento geoeconómico, al atraer a partes de Rusia de nuevo hacia las infraestructuras conectadas con Occidente (compensación financiera, normas tecnológicas, cadenas de suministro), aflojará estratégicamente el control de Pekín. Desde este punto de vista, el poder reside menos en las alianzas que en el control de la arquitectura de conectividad, por lo que es necesario atraer a la élite rusa de nuevo a los marcos económicos y comerciales occidentales mediante un gran número de acuerdos estrechos y superpuestos.
No está nada claro que estas suposiciones se cumplan en Rusia. Casi cuatro años de guerra, duras sanciones y redistribución de activos han terminado por consolidar lo que ya era un régimen altamente personalizado. Esta creciente personalización del poder aumenta el coste interno de cualquier compromiso y reduce el margen para alcanzar acuerdos duraderos. En consecuencia, lo que puede parecer atractivo en un balance económico puede ser políticamente insostenible en el Kremlin, que aún debe lidiar con una población que ha sufrido alrededor de un millón de víctimas en la guerra de Ucrania.
Incluso si se concluyen acuerdos, la idea de que estos puedan sustentar un sistema estable y próspero es desproporcionada. Al privilegiar las personalidades sobre los procesos, la influencia sobre la legitimidad y la rapidez sobre la sostenibilidad, la formulación de políticas transaccionales erosiona la previsibilidad y crea espacio para el incumplimiento de las normas. No es una buena noticia para Estados Unidos: fue por actuar como sólido garante de las normas compartidas como el Amigo Americano pudo asegurar y mantener la posición de liderazgo mundial que tantas ventajas le ha reportado durante las últimas décadas. Pero es aún peor para Europa.
La integración gradual de Ucrania es una aspiración geopolítica central para la Unión Europea. Un acuerdo entre Estados Unidos y Rusia en el que Ucrania sea poco más que una moneda de cambio corre el riesgo de vaciar este proyecto antes de que se consolide. ¿Cómo puede la UE anclar a Kyiv en su orden institucional si el futuro de Ucrania va a reflejar un arreglo transaccional negociado por potencias externas?
Europa está intentando adaptarse a este nuevo mundo más desordenado mediante la diversificación y el “de-risking”. Los recientes acuerdos comerciales con India y Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) reflejan este enfoque. Pero, aunque estas asociaciones son estratégicamente necesarias, conllevan costes políticos. La resistencia social a ellas, como con la alcanzada con Mercosur, pone de relieve los límites de una globalización “estrecha” que promete resiliencia al tiempo que genera inquietud interna.
Y lo que es más importante, la diversificación no elimina la subordinación. Estados Unidos sigue siendo el mayor mercado de la Unión, absorbiendo casi una quinta parte de las exportaciones UE. Además, Europa sigue supeditada a las capacidades de Estados Unidos en materia de defensa, inteligencia, finanzas, tecnología de Internet, computación en la nube, inteligencia artificial y semiconductores avanzados. Los esfuerzos por mitigar estas dependencias adoptando alternativas europeas o creando coaliciones de potencias medias no darán frutos a corto plazo.
No todo el mundo sale perdiendo en esta nueva era de política internacional transaccional. Mientras Trump busca excusas para declarar victorias rápidas, China juega a largo plazo, reforzando los estándares tecnológicos sinocéntricos, asegurando las cadenas de suministro, ampliando la infraestructura financiera y digital, y aumentando su capacidad militar e innovadora. Y dejándola en una buena posición para sacar partido de la destrucción del orden mundial liderado por Estados Unidos.
En un mundo de dinámicas de poder asimétricas y profundas interdependencias, el único camino hacia la estabilidad reside en normas vinculantes, instituciones creíbles y alianzas duraderas. El rechazo de Trump a esta verdad básica, reflejado en las relaciones de su administración con Rusia, augura una era de volatilidad de la que China saldrá claramente ganadora. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Ana Palacio fue ministra de asuntos exteriores de España y vicepresidenta sénior y consejera jurídica general del Grupo Banco Mundial; actualmente es profesora visitante en la Universidad de Georgetown.