‘Lo que yo nunca tuve...’

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Opinión
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Revisar la propia historia está bien si nos ayuda a educar mejor, pero evitar recuerdos que asumimos como errores no garantiza que logremos una buena comprensión del hijo que tenemos delante

Es común escuchar a los padres decir: “Lo que yo nunca tuve, que lo tengan mis hijos” o “Lo que yo sufrí, que no lo sufran mis hijos”. La mayoría no desea que sus hijos pasen por las mismas carencias que ellos padecieron de pequeños: quien creció entre gritos intentará hablar siempre manteniendo una calma como la que no recibió; quien actuó bajo el imperio de las prohibiciones ofrecerá libertad; quien se sintió solo se llamará al orden para poder estar siempre pendiente de sus descendientes; y quien, tantos años después, aún se siente incapaz de tratar con su padre o su madre, intentará ofrecer todo lo que no obtuvo.

Revisar la propia historia está bien si nos ayuda a educar mejor, pero evitar recuerdos que asumimos como errores no garantiza que logremos una buena comprensión del hijo que tenemos delante.

https://vanguardia.com.mx/opinion/cuando-la-ia-escribe-quien-aprende-JL23397428

Podemos, sin embargo, cometer un gravísimo error si tratamos de educar a partir de las carencias de nuestra propia infancia. Esta idea sugiere plantearnos una pregunta clave: ¿estoy respondiendo a lo que mi hijo necesita o a lo que yo hubiese necesitado a su edad? Pongamos un ejemplo: un padre que, cuando era pequeño, nunca fue reconocido por sus calificaciones, ahora celebra cada resultado de su hija, organiza premios y comparte sus logros con toda la familia. Quiere ofrecerle la valoración que le faltó, pero quizás ella necesite oír algo más: “Te quiero igual si te equivocas y puedes contarme cuando algo te cuesta”.

También puede suceder que una madre, después de crecer bajo exigencias excesivas, pretenda no incomodar a su hijo: a la tarea difícil se le considera fácil; interviene ante un desacuerdo; y en el momento en que él se expresa, se alteran los planes. Su intención es protegerlo. Pero debe preguntarse si esa ayuda le permite al menor aprender a actuar o si ella está ocupando el espacio que él podría aprovechar para practicar, aunque con acompañamiento.

Aquí aparece una diferencia que, para mí, es esencial: acompañar implica observar cuándo hay que intervenir, hasta qué punto hay que ayudar y qué responsabilidad puede asumir el hijo. Podemos, por ejemplo, explicar una instrucción sin necesidad de ejecutarla por completo; podemos escuchar su enfado y, al mismo tiempo, plantear un límite; podemos reconocer que algo le resulta complicado mientras le mostramos una posible forma de afrontarlo.

Nuestros hijos tampoco requieren exactamente lo mismo. Uno puede necesitar más tiempo para responder, mientras que otro precisa dar respuesta inmediata a lo que piensa. A uno le ayuda la explicación verbal; al otro le resulta más fácil cuando le mostramos los pasos. Tratarlos con justicia implica asumir estas diferencias y mantener expectativas sensatas, de modo que no se les exija responder de la misma manera. Esto no significa que debamos satisfacer sus deseos, sino encontrar una estrategia para enseñar, poner límites y acompañar para que él pueda entender y que le resulte útil.

Para ello, necesitamos escuchar sin preparar en el acto nuestras defensas. Si un hijo dice: “Nunca me escuchas”, contestar: “Con todo lo que hago por ti”, cierra una conversación que estaba empezando. En cambio, preguntar: “¿En qué momento te sentiste así?” permite conocer una faceta que, tal vez, no se dejaba ver. Escuchar su experiencia no nos obliga a aceptar todas y cada una de sus conclusiones, pero sí le deja conocer lo que estaba bajo nuestra buena intención.

https://vanguardia.com.mx/opinion/la-ia-me-escucha-mejor-que-ustedes-GA23238608

También podemos aceptar errores sin perder autoridad: “Que yo quisiera ayudarte, pero el resultado es que decidí por ti”. Luego toca sustituir una acción concreta: preguntar antes de decidir, explicar mejor una regla o dejarle intentar parte de la solución. La disposición a admitir las equivocaciones demuestra que la buena intención también orienta la conducta adulta.

Nuestra propia infancia no tiene por qué quedar desatendida, pero nuestros hijos necesitan ser vistos y escuchados en la realidad que les toca vivir. A ellos no les corresponde reparar nuestras heridas ni confirmar que hemos sido mejores padres que los nuestros. Educar implica mirar, preguntar y reajustar. El cariño encuentra una dirección más certera cuando le dejamos a nuestro hijo la posibilidad de construir quién es, qué necesita aprender o cómo podemos acompañarlo para que lo logre sin sustituirlo.

Es licenciado en Educación con Maestría en Desarrollo Organizacional por la UdeM. Maestría en Psicopedagogía Clínica en España. Cuenta con doctorado en Currículum e Instrucción por la Universidad del Norte de Texas y estudios de Postrgrado en Educación, género, aprendizaje y cerebro en el programa de Velma Smichdt por la Universidad del Norte de Texas.

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