¡Lo siento!
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¿Ha pensado usted, apreciado lector, en el mundo que heredamos a nuestros hijos y nietos? ¿Se ha preguntado qué dejó de hacer para legarles una ciudad, un país y un planeta mejores que los que recibimos de nuestros padres y abuelos?
A Salvador Olvera, maestro, hermano y amigo. In memoriam
Este mes de octubre, durante su participación en el Festival Internacional de Cine de Morelia, el cineasta mexicano Guillermo del Toro expresó, conmovido y al borde de las lágrimas, que las generaciones adultas han fracasado al heredarles un mundo roto a los jóvenes.
Del Toro afirmó: “Me duele muchísimo ver que una, dos o tres generaciones le fallaron completamente a esta generación. Se entrega a la generación que viene un mundo en ruinas, moral, social, espiritualmente, desintegrado el tejido que alguna vez nos permitió articular una fábula o una parábola”.
Señaló que, en la sociedad actual, “es más fácil parecer inteligente siendo un escéptico... que un creyente que quiere sostener una fe en que podemos unirnos”. Lamentó, además, que quienes buscan la solidaridad parezcan ingenuos.
Con la voz quebrada y arropado por los aplausos del auditorio, Del Toro concluyó que pedir perdón con amor puede ser un punto de partida: “Creo que si podemos decirles a los jóvenes ‘lo siento’, con amor, puede funcionar”.
¿Ha pensado usted, apreciado lector, en el mundo que heredamos a nuestros hijos y nietos? ¿Se ha preguntado qué dejó de hacer para legarles una ciudad, un país y un planeta mejores que los que recibimos de nuestros padres y abuelos? Me refiero tanto a las acciones sencillas, gestadas en el ámbito privado –como ahorrar luz y agua–, como a otras más complejas, emprendidas en el espacio público: fortalecer los vínculos comunitarios entre vecinos y ejercer nuestra responsabilidad cívica ante los gobernantes con una meta precisa: exigirles, de manera activa, democracia, transparencia, seguridad y el fin de la corrupción y la impunidad.
Las preguntas son brutales porque, indistintamente de nuestra clase social o escolaridad, gran parte de los hombres mayores de 50 años en este país nos quedamos cortos. Las excusas son muchas, pero optamos por individualizar nuestra experiencia e invisibilizar nuestra responsabilidad con el resto de la sociedad y con el futuro de la humanidad.
Preferimos, por ello, olvidar que, en este mundo globalizado, un pequeño cambio o una acción aparentemente insignificante –como el aleteo de una mariposa– puede desencadenar consecuencias enormes al otro lado del mundo. Decidimos, entonces, no emprender esa difícil mudanza que nos permitiría transformarnos en seres colmados de una esperanza compleja, pero cierta.
Mientras seguíamos con nuestras vidas, millones de mexicanos atrapados en la desigualdad, la discriminación y la falta de oportunidades acumularon agravios. Para algunos, la violencia se convirtió en la única vía para obtener recursos, reconocimiento y respeto ante una sociedad que los ignora y desprecia.
Nutrimos, también, una sociedad que promete éxito, consumo y reconocimiento sin ofrecer a todos medios accesibles para alcanzarlos. Con ello, contribuimos a generar una frustración colectiva que deriva en violencia.
Cerramos los ojos ante la agresión, la extorsión y el abuso que permiten obtener beneficios con escasas consecuencias. Así, contribuimos a que la violencia se convirtiera en una estrategia rentable e impune.
Normalizamos el maltrato en las familias, la escuela y las instituciones y, con ello, permitimos que se reprodujera sin consecuencias.
Justificamos que algunas personas percibieran a otras como amenazas para que “parezca” razonable atacar primero, armarse o responder de manera desproporcionada, en el ámbito familiar y público.
Permitimos la violencia del poderoso que busca mantener el control sobre otras personas: su cuerpo, su trabajo, sus decisiones o su participación pública.
Debilitamos las barreras morales que nos impiden dañar a los grupos presentados como distintos, inferiores, peligrosos o responsables de todos los males que afectan a lo que definimos como “nuestra” comunidad.
Consentimos la fragmentación de nuestras comunidades y el debilitamiento de sus redes de apoyo para resolver desacuerdos. Con ello, permitimos que los conflictos y la violencia escalaran con mayor facilidad.
Finalmente, admitimos la existencia de entornos digitales que facilitan el acoso y las amenazas, y que premian la humillación del otro. Espacios que permiten coordinar agresiones y prolongar el hostigamiento más allá del espacio físico.
Esas violencias combinadas son nuestra herencia a las futuras generaciones. Por eso, hago eco de las palabras de Guillermo del Toro y, desde el corazón, les digo a esos niños y jóvenes por venir: ¡Lo siento!