Lo simple funciona... pero no vende
Comer bien no es complicado. Dormir mejor no es complicado. Entrenar no es complicado. Ser constante no es complicado. Es incómodo. Es aburrido. Es repetitivo. Y por eso no lo hacemos
Me acabo de dar cuenta de algo... todo está superelaborado, demasiado complejo. ¿Por qué? Simple, si no, no funciona, no gusta.
Admitámoslo, nos encanta complicarnos la vida. No digas que no. Nos fascina agarrar algo sencillo, claro, directo... y meterle vueltas, adornos, excusas, pasos innecesarios y mamadas que no entendemos, pero nos hacen sentir inteligentes.
Porque claro... si es simple, no puede ser bueno, ¿verdad? Si no nos costó trabajo, si no nos dolió, si no lo vimos en un video con música épica y un cabrón hablando en inglés... entonces “no sirve”.
Qué chingona lógica. Preferimos una receta con 25 pasos que no vamos a seguir, a una que con cinco bien hechos nos deja el plato perfecto. Preferimos un plan complicado que nunca empezamos a uno simple que podríamos ejecutar hoy... pero nos da hueva porque “no se siente importante”.
Y ahí estamos... rascándonos la cabeza, preguntándonos por qué no avanzamos. No es falta de capacidad. No es falta de información. Es que nos encanta hacernos pendejos con estilo.
Voy a decir algo que no va a gustar escuchar: Lo simple sí funciona... pero no hace sentir especial. Y ese es el verdadero problema. No queremos resultados. Queremos sentirnos chingones mientras los buscamos. Queremos el método secreto, el hack oculto, la técnica que nadie conoce... porque hacer lo básico, repetirlo, dominarlo... eso te aburre. Y como te aburre, lo ignoramos. Y como lo ignoramos, no mejoramos.
Y como no mejoramos, buscamos algo nuevo... y repetimos el ciclo como hámster pendejo en ruedita.
Un ejemplo claro para mí es el de la cocina. Pasa a diario. El cabrón que no sabe ni controlar el fuego... pero quiere hacer espumas, geles y mamadas que vio en internet.
El que no puede salar bien... pero ya anda hablando de “balance de sabores” como si fuera juez de concurso. El que no domina lo básico... pero quiere impresionar.
Y termina sirviendo un plato bonito... que no sabe a nada. Pero eh... qué presentación, ¿verdad?
En la vida es lo mismo. No podemos ni cumplir con nosotros mismos, pero ya queremos cambiar nuestra vida en 30 días. No podemos mantener un hábito simple, pero nos armamos rutinas imposibles que duran tres días. No podemos decir “no” cuando debemos, pero queremos “mejorar nuestro entorno”. No mames.
Te voy a decir la neta cómo es: Lo simple no vende porque no apantalla. No luce. No se ve sexy. No te da conversación. Pero funciona. Y funciona, cabrón. Comer bien no es complicado. Dormir mejor no es complicado. Entrenar no es complicado. Ser constante no es complicado. Es incómodo. Es aburrido. Es repetitivo. Y por eso no lo hacemos.
Porque preferimos la emoción de empezar algo nuevo... que la disciplina de terminar algo simple. Nos encanta la idea de mejorar. Pero odiamos el proceso real. Ese donde nadie nos aplaude. Donde no hay likes. Donde no hay resultados inmediatos.
Donde solo estamos nosotros... repitiendo lo mismo hasta que deja de salir culero.
Ese proceso no vende. Ese proceso no lo subimos a Instagram. Ese proceso no se presume. Ese proceso... es el que sí funciona.
Y aquí viene lo que va a calar: No es que no sepamos qué hacer. Sabemos perfectamente qué necesitamos mejorar. Sabemos qué estamos haciendo mal. Sabemos qué estamos evitando. Pero como es simple... lo hacemos menos. Porque en nuestra cabeza, si fuera tan fácil... ya lo habríamos logrado. Y como no lo hemos logrado, entonces “debe ser algo más complejo”.
No, cabrón. No es más complejo. Somos nosotros evitando hacer lo simple de forma constante. ¿Queremos un cambio real? Hagamos esto, aunque no nos guste:
Hagamos menos... pero hagámoslo mejor. Quitemos lo innecesario. Dejemos de buscar más información. Dejemos de adornar lo básico.
Dejemos de esconder nuestra falta de disciplina detrás de procesos complicados.
Y repitamos. Y repitamos. Y repitamos.
Hasta que eso simple... deje de ser un esfuerzo y se vuelva nuestro estándar.
Porque al final del día, aquí está la verdad que nadie quiere aceptar: No necesitamos algo nuevo. Necesitamos respetar lo básico. Y eso no se ve bonito. No vende. No impresiona. Pero nos cambia.
Así que dejemos de hacernos pendejos con cosas complejas... y pongámonos a hacer bien lo simple. Aunque no nos guste. Aunque no luzca. Aunque nadie lo vea. Porque cuando por fin lo entendamos... nos daremos cuenta de algo bien cabrón: lo simple no era el problema... el problema éramos nosotros. Pero al fin y al cabo, esta es solamente mi siempre y nunca jamás humilde opinión. Y usted... ¿Qué opina?
Instagram: entreloscuchillos
Facebook: entreloscuchillosdanielroblesmota
Correo electrónico: entreloscuchillos@gmail.com