No estás cansado... estás harto de lo mismo (y te da miedo admitirlo)
COMPARTIR
No es normal levantarte sin motivación. No es normal sentir que todos los días son copia del anterior. Eso no es estabilidad. Eso es mediocridad bien disfrazada
Te voy a decir algo que no te va a gustar: No estás cansado. Estás hasta la madre... pero no del trabajo, ni de la vida, ni del mundo. Estás harto de ti. Sí, de ti. De hacer lo mismo todos los días como si fueras un pinche robot mal programado. De repetir rutinas que ya ni disfrutas.
De decir “ahí la llevo” cuando en realidad no llevas ni madres. Y lo peor... es que lo sabes. Pero te haces pendejo. Porque es más fácil decir “Estoy cansado” que decir “Ya no me llena esta vida de mierda que yo mismo armé”. Te levantas, trabajas, comes, revisas el celular como adicto sin dignidad, te haces el ocupado... y luego te preguntas por qué sientes ese hueco raro.
Ese que no se quita ni con comida, ni con alcohol, ni con distracciones baratas. Ese que se siente como si algo estuviera mal... pero no sabes qué. Spoiler: sí sabes. Nada más que no quieres decirlo en voz alta porque te da culo. Te da miedo aceptar que ya te aburriste de lo que haces. Que ya no te emociona. Que ya no te prende. Y no, no es que la vida sea así. Es que tú te acomodaste ahí. Porque también hay que decirlo: Te encanta lo seguro.
Aunque esté culero. Aunque esté aburrido. Aunque te esté drenando el alma poquito a poquito. Pero como no duele lo suficiente... ahí te quedas. Como ese cabrón que sabe que la relación ya valió madre, pero sigue ahí porque “pues ya llevamos tiempo”. Ahí estás tú... pero con tu vida. Y luego te inventas excusas bien elegantes: “Es que así es la vida adulta”. “No todo puede ser emocionante”. “Hay que ser responsables”.
No, no mames. Una cosa es ser responsable... y otra muy distinta es resignarte como si ya te hubieras muerto por dentro. Porque no es normal vivir sin ganas.
No es normal levantarte sin motivación. No es normal sentir que todos los días son copia del anterior. Eso no es estabilidad. Eso es mediocridad bien disfrazada.
Y aquí viene lo culero: Tú lo elegiste. Sí, tú. No tu jefe. No tu familia. No el gobierno. No la economía. Tú. Con cada decisión chiquita. Con cada “luego veo”. Con cada “ahorita no”.
Te fuiste metiendo solito en esta rutina sin sabor... como quien se mete en arenas movedizas, pero despacito para no asustarse. Pero eso sí... te encanta quejarte. Te encanta decir que estás cansado, que todo pesa, que la vida está cabrona. Pues claro que pesa, cabrón. Estás cargando una vida que ya no quieres... pero tampoco tienes los huevos de cambiar.
Y ojo... cambiar no es subir una frase mamadora a Instagram. No es decir “a partir del lunes, ahora sí”. No es comprarte una libreta nueva para sentirte productivo. Eso es puro circo. Cambiar implica incomodarte. Implica aceptar que la cagaste en algo. Que tomaste decisiones pendejas. Que te conformaste cuando podías más. Y eso... eso sí arde.
Porque es más fácil seguir igual que aceptar que necesitas moverte. Es más fácil decir “estoy cansado” que decir “soy un conformista”. Es más fácil culpar al tiempo... que admitir que lo estás desperdiciando en puras mamadas. Y mientras tanto... La vida sigue. No te espera. No te avisa. No te da prórrogas. Se te está yendo... mientras tú decides si hoy sí haces algo o mejor mañana.
Mañana. Esa palabra mágica donde vives. “Mañana empiezo”. “Mañana cambio”. “Mañana le doy”. Mañana mis huevos. Porque el mañana es el escondite perfecto del cobarde. Ahí metes todo lo que te da miedo hacer hoy. Y así pasan semanas... meses... años. Y cuando te das cuenta, ya no estás cansado... Estás viejo, frustrado... y con la sensación de que pudiste hacer algo más, pero te dio hueva, miedo o simplemente te hiciste pendejo demasiado tiempo.
Y aquí viene lo más cagado (o lo más triste, depende de cómo lo quieras ver): No necesitas un cambio gigante. No necesitas mandar todo a la chingada de un día para otro. No necesitas volverte otro cabrón. Necesitas dejar de mentirte. Así de simple. Así de culero. Aceptar que estás harto. Aceptar que algo no cuadra. Aceptar que no quieres seguir igual. Y después... hacer algo. Lo que sea. Pero algo real.
Mover una pieza. Cambiar un hábito. Decir que no donde siempre dices que sí. Intentar algo que te incomoda. Algo que rompa ese ciclo de hueva elegante en el que vives. Porque si no haces nada... Te vas a volver experto en sobrevivir una vida que ni te gusta. Y eso sí está de la chingada. Ahora sí, léelo bien: No estás cansado. Estás viviendo en automático... y ya te acostumbraste a no sentir ni madres. Y eso... eso es mucho más peligroso que cualquier cansancio.
La vida que tienes hoy no es un accidente... es una suma de decisiones que repetiste hasta que se volvieron rutina. Si no te gusta, no necesitas permiso, ni motivación mágica, ni el momento perfecto. Necesitas dejar de hacerte pendejo... y empezar a moverte, aunque sea incómodo, aunque sea lento, aunque sea torpe. Porque el cambio no empieza cuando estás listo... Empieza cuando ya te hartaste lo suficiente como para no seguir igual.
Y si después de leer esto sigues diciendo “luego veo”... Entonces no estás cansado, ni harto. Nomás te gusta tu vida culera más de lo que te atreves a admitir. Pero al fin y al cabo, esta es solamente mi siempre y nunca jamás humilde opinión. Y usted... ¿Qué opina?
Instagram: @entreloscuchillos
Facebook: entreloscuchillosdanielroblesmota
Correo electrónico: entreloscuchillos@gmail.com