Los algoritmos, la radicalización y la depresión

+Seguir en Seguir en Google
Opinión
/

Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, sin embargo, enfrentamos problemas de aislamiento, ansiedad y dificultades para comprender a quienes piensan diferente

Tuve la oportunidad de escuchar a Max Stossel en una conferencia dirigida a padres de familia en la escuela de mi hija. Su sitio web es www.wordsthatmove.com. Stossel, quien trabajó en la industria de las redes sociales, se dedica a estudiar y explicar los efectos que estas plataformas tienen sobre nuestras vidas, particularmente entre niños y adolescentes.

Los datos presentados son alarmantes y las consecuencias que describió ya están entre nosotros. No son advertencias sobre el futuro, sino fenómenos que vivimos todos los días, muchas veces sin darnos cuenta. Hubo dos temas que me parecieron especialmente preocupantes: la radicalización de nuestras ideas y el extraordinario crecimiento de la depresión.

¿Y al Gobierno de Coahuila quién lo audita?

Las redes sociales no necesariamente nos presentan información objetiva ni verdadera, ni siquiera la que más nos conviene conocer. Sus algoritmos están diseñados para mantener nuestra atención durante el mayor tiempo posible. Para lograrlo, identifican nuestros intereses, preferencias y convicciones, y nos presentan continuamente contenidos relacionados con ellos. El problema es que pueden terminar favoreciendo mensajes cada vez más intensos y radicales.

Stossel advierte que este fenómeno aplica prácticamente a cualquier tema: la comida, el ejercicio, la cultura, la salud, las relaciones personales y, por supuesto, también la política. Si alguien muestra interés por determinada alimentación, el algoritmo puede conducirlo hacia posturas cada vez más extremas sobre lo que debe o no comer. Lo mismo sucede con las rutinas de ejercicio o las opiniones culturales. Esta herramienta identifica lo que pensamos o preferimos, nos presenta contenidos que refuerzan esas ideas y puede conducirnos hacia posiciones más radicales, que terminan confrontándose con otras igualmente radicales.

Vivimos en espacios digitales donde constantemente se nos confirma que tenemos la razón y donde las opiniones contrarias aparecen cada vez menos o se presentan de manera distorsionada. Las consecuencias para la convivencia social son preocupantes: dejamos de escuchar a quienes piensan diferente, el diálogo se dificulta y la intolerancia encuentra terreno fértil. Lo inquietante es que creemos estar formando nuestro criterio de manera libre, cuando buena parte de la información que recibimos ha sido seleccionada por algoritmos cuyo principal objetivo es mantenernos conectados.

El segundo tema que más me impactó fue el crecimiento de la ansiedad y la depresión entre los jóvenes estadounidenses. Una de las gráficas presentadas, basada en datos de la American College Health Association (ACHA), muestra que, entre 2010 y finales de esa década, la proporción de estudiantes universitarios que reportaron haber sido diagnosticados o tratados por ansiedad aumentó un 134 por ciento, hasta alcanzar aproximadamente una cuarta parte del alumnado, mientras que la correspondiente a depresión creció un 106 por ciento, hasta situarse en alrededor de una quinta parte de los estudiantes.

Aunque no podemos atribuir todo este fenómeno exclusivamente a las redes sociales, resulta indispensable preguntarnos qué papel desempeñan en el deterioro de la salud mental de las nuevas generaciones. Stossel explicó cómo estas plataformas pueden estimular la comparación permanente con otras personas, generar sentimientos de insuficiencia, afectar la autoestima y sustituir las relaciones humanas por interacciones digitales.

Detox de redes sociales: sólo necesitan 7 días

En este contexto, recomendó el libro “The Anxious Generation” (“La Generación Ansiosa”), de Jonathan Haidt, que analiza las consecuencias de la transformación de la infancia y la adolescencia a partir del uso generalizado de teléfonos inteligentes y redes sociales. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, sin embargo, enfrentamos problemas de aislamiento, ansiedad y dificultades para comprender a quienes piensan diferente.

No se trata de rechazar las redes sociales ni de desconocer sus enormes beneficios, sino de comprender sus efectos. La pregunta no es solamente cuánto tiempo pasamos en ellas, sino hasta qué punto estamos permitiendo que sus algoritmos determinen lo que pensamos, lo que sentimos y la manera en que vemos a los demás.

Quizá lo más difícil de reconocer no sea solamente el efecto que las redes sociales tienen sobre nuestros hijos, sino nuestra propia conducta: el tiempo que pasamos frente a las pantallas en lugar de convivir con ellos.

Facebook: Chuy Ramírez

Columna: Regresando a las Fuentes

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM