Los baches: ¿Problema superficial o síntoma de una patología urbana subyacente?
No es sino hasta que se hacen evidentes problemas como la obstrucción de la conducción, la baja en la presión o la pérdida de volumen, que se busca atender la situación, haciendo necesario, una vez identificado el punto problemático, abrir el suelo
Uno de los problemas más recurrentes en el entorno urbano es la aparición de baches en la vía pública. Este tema constituye uno de los “dolores de cabeza” cotidianos para las administraciones municipales, que tiene mucho más de fondo de lo que aparenta.
De acuerdo con datos del Ayuntamiento de Saltillo, durante el año 2025 en nuestra ciudad se repararon 61 mil 213 baches, con una inversión superior a los 35.5 millones de pesos. Prácticamente estamos hablando de un bache por cada 14 habitantes de esta capital.
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Si consideramos para cada bache una medida conservadora de 0.25 metros cuadrados, sólo considerando los baches reportados como reparados ese año, el total de área para el municipio sería equivalente al 12 por ciento del polígono completo de nuestro Centro Histórico.
La referida inversión sólo representa el costo de su reparación para contar con una superficie de rodamiento adecuada y segura para la circulación. Habrá de considerarse también el costo de los daños provocados a los vehículos, que no es menor.
Evidentemente, el bache se presenta como un problema de la infraestructura urbana, pero ¿qué tal si la óptica con la que se les aborda no es la adecuada? Es decir, ¿qué tal si no se trata de un sólo problema, sino más bien de un síntoma de algo más preocupante?
Cuando los hundimientos de tierra que derivan en el visible daño al pavimento son recurrentes en el mismo lugar, están evidenciando una situación subyacente que precisa de diagnóstico y atención para evitar ignorar un problema que se agravará con el tiempo.
Su constante aparición no es algo fortuito. Es necesario identificar, dentro de una gran variedad de causas, la que efectivamente genera el daño visible en el pavimento, precisando de un replanteamiento en la atención que las autoridades le dan a este tema.
Es decir, no estamos hablando solamente de un simple defecto estético de la vía pública, sino de un verdadero indicador de una patología estructural mucho más compleja, que puede tener su origen en factores hidrológicos, geológicos y antropogénicos.
Enfoquémonos en esta oportunidad en la dimensión antropogénica. Para ello conviene recordar que, debajo de la superficie de las vialidades existe toda una red de conducción de agua, tanto la potable como la de origen pluvial y la resultante de descargas sanitarias.
Toda infraestructura sufre un desgaste por su uso y, con el paso del tiempo, requiere tanto de mantenimiento como de reposición. Sin embargo, las condiciones de las redes de conducción hídrica fácilmente pasan desapercibidas por encontrarse ocultas bajo tierra.
No es sino hasta que se hacen evidentes problemas como la obstrucción de la conducción, la baja en la presión o la pérdida de volumen, que se busca atender la situación, haciendo necesario, una vez identificado el punto problemático, abrir el suelo.
Sin embargo, considerando los grandes volúmenes propios de la conducción hídrica en ciudades como la nuestra, no siempre son evidentes estos problemas, manteniéndose imperceptibles, pero generando daños acumulativos en la estructura del suelo urbano.
La acumulación del líquido que escapa de la red subterránea va provocando que el suelo se compacte, sobre todo si este es arcilloso, favoreciendo la formación de verdaderas bolsas de aire bajo el pavimento visible, cuya resistencia comenzará a comprometerse.
El cotidiano tránsito de vehículos –sobre todo los pesados– y las vibraciones que provoca su paso, así como el constante aumento en la carga vehicular de nuestras vialidades, van minando la integridad de una cubierta asfáltica que ha perdido el suelo que la sustentaba.
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Bastará con una primera fractura de la superficie para que esta ceda y se comience a formar una cavidad en la superficie de desplazamiento vial, misma que tendrá garantizado un crecimiento sostenido hasta que alguien o algo detenga su proceso de formación.
Reparar el bache dará una solución momentánea al efecto, pero mantendrá intocada su causa. Seguirá acumulándose agua, seguirá socavando el suelo y muy probablemente el daño presente en la tubería se hará mayor, acrecentando los efectos en la superficie vial.
Esto hace clara la necesidad de un cambio de estrategia. De atender las causas para que la atención de sus consecuencias sea duradera, haciendo que el dinero aplicado se ajuste más al concepto de inversión pública que al propio de gasto público.
Aprovechar los avances en la tecnología para atender de mejor manera el tema desde sus causas, permitirá que nuestras vialidades tengan un futuro posible.