Los caminos rotos del 11-S
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El mundo pudo haber sido distinto. Pero un cuarto de siglo después del 11-S, vivimos en un mundo geopolítico en el que la seguridad y el poder se han convertido en objetivos casi absolutos de los Estados
Por Javier Solana y Angel Saz-Carranza, Project Syndicate.
MADRID- Hace 25 años el mundo torció el rumbo. El siglo empezaba con la llegada en 2000 de dos nuevos presidentes en EEUU y Rusia, las dos potencias militares de entonces. Pero el 11 de septiembre de 2001 quebró, en particular, la trayectoria de estas dos potencias y también de una emergente China, cuyos caminos divergentes explican buena parte del orden geopolítico fracturado en que vivimos hoy. Todos recordamos dónde estábamos aquel día; en nuestro caso, uno en Crimea y el otro en Jartum, atónitos pero ajenos a que acabábamos de presenciar el principio de una nueva era.
En la potencia hegemónica americana, George W. Bush había llegado a la presidencia por un camino ya tortuoso: un recuento de votos en Florida decidido finalmente por el Tribunal Supremo. La mañana del 11-S, la televisión captó al presidente en un aula de primaria en Sarasota, leyendo un cuento a un grupo de niños mientras se le susurraba al oído que el país estaba siendo atacado. Aquella imagen de desconcierto anticipó, sin quererlo, el que se apoderaría de la política exterior estadounidense.
A partir de entonces, Washington subordina cualquier otro objetivo a la seguridad. Empieza a desentenderse del liderazgo multilateral que había construido durante medio siglo. El viraje se ve acelerado por un ala republicana que, de la mano de estrategas como Karl Rove, se radicaliza hacia un nacionalismo populista y soberanista que décadas después desembocaría en el trumpismo.
Bajo el empeño del secretario de defensa Rumsfeld, ya a finales de 2001 EEUU se retira del tratado de misiles anti-balísticos (ABM) para poder construir un escudo antimisiles. Rumsfeld recupera una idea de Ronald Reagan y lanza el escudo, cuyo nombre es el programa defensa terrestre de alcance medio (Ground-Based Midcourse Defense-GMD). El escudo se basaría en misiles desplegados en Alaska, California y Polonia. Esto último sorprende a una débil Rusia, quien responde abandonando el Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (Strategic Arms Reduction Treaty - START 2). (Obama finalmente desestima en 2009 el emplazamiento de misiles en Polonia, prefiriendo el despliegue vía barcos móviles.)
Estados Unidos se embarca en dos guerras. La de Afganistán, legal y respaldada por buena parte del mundo. La de Irak, en 2003, emprendida sin aval de Naciones Unidas, rechazada por gran parte de Occidente, que supuso una ruptura interna en la UE. Ambas acabarían en fracaso. Y la presidencia de Bush se despediría con un regalo envenenado: la oferta, tan grandilocuente como inviable, de una futura adhesión de Georgia y Ucrania a la OTAN, formulada en la cumbre atlántica de Bucarest de 2008. Sin calendario ni garantías reales, la promesa bastó para alarmar a Moscú sin proteger a Kiev ni a Tiflis.
En el otro lado del Atlántico, en Moscú, la primera década del 2000 había empezado con Vladímir Putin elegido presidente de Rusia, quien parecía, al menos inicialmente, el garante de la estabilización y desarrollo rusos tras el caos de los noventa. El 11 de septiembre de 2001 fue de los primeros en llamar a Bush para expresar su solidaridad: “hoy todos somos neoyorquinos”, llegó a declarar.
La ilusión de un acercamiento duró poco. En 2003, el Kremlin expropia Yukos y encarcela a su dueño, el oligarca con ambiciones políticas Mijaíl Jodorkovski. En 2006, el exespía Alexander Litvinenko muere envenenado con polonio-210 en Londres. Y en 2007, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, Putin pronuncia un discurso incendiario en el que acusa a Occidente de aplicar un doble rasero y rompe, de facto, con la arquitectura de seguridad heredada de la Guerra Fría.
El unilateralismo americano y la marginación de Rusia como potencia relevante empujan a Putin hacia un nacionalismo revisionista, un autoritarismo cada vez más descarado y, poco a poco, hacia los brazos del gigante chino en ascenso. En agosto de 2008, mientras estalla la crisis financiera global y en medio de los Juegos Olímpico de Pekin dirigidos por un entonces ascendente Xi Jinping, Rusia invade Georgia. El precedente de Ucrania, catorce años más tarde, ya estaba escrito.
Pero quizá la evolución más fascinante e impactante se daba en Asia. En diciembre de 2001, China ingresa en la Organización Mundial del Comercio con el respaldo decidido de Estados Unidos y de la Unión Europea. Siguiendo el paradigma de la interdependencia, Occidente da por hecho que la integración comercial arrastraría una convergencia del modelo económico chino hacia el capitalismo liberal.
No fue así. Tras intensos debates internos, Pekín consolida un modelo muy distinto: un capitalismo de Estado eficaz y dirigido desde el Partido Comunista. Ese modelo, lejos de diluirse, se convierte con los años en una potente palanca geopolítica frente a la cual el atomismo empresarial occidental, empresas compitiendo entre sí, sin una estrategia de Estado detrás, se muestra incapaz de responder.
Esta falta de convergencia de modelo económico se vuelve cada más problemático tras el desarrollo espectacular chino. El PIB per cápita chino en 2000 era de menos de 3 mil dólares, mientras hoy está casi en 25 mil dólares. En 2014 China pasa a ser la mayor economía en poder adquisitivo (PPP) del mundo y, a pesar de la ralentización actual, China creció entre 2020 y 2025 el equivalente a todo el PIB de India.
Barack Obama, ya en su segundo mandato, es de los primeros en reaccionar. Washington da por perdida la reforma de la OMC y lanza dos acuerdos comerciales de altos estándares que excluyen expresamente a China para proteger su economía: el Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión (TTIP), que acabaría abandonado, y el Acuerdo Transpacífico (TPP), que nacería sin la participación de su propio impulsor tras el rechazo del electorado estadounidense a cualquier nuevo tratado comercial. En 2012, Xi Jinping llega al poder en China e inicia una concentración de autoridad y un control digital de la sociedad sin parangón desde Mao: en 2017 su doctrina política se añade a la constitución (junto a las ya presentes de Mao y Deng) y un año después se elimina el límite de los dos mandatos presidenciales.
En esta última década, China centraliza el poder y desacopla el mundo civil y académico chino del resto del mundo. En 2017 también, China bloquea definitivamente WhatsApp y Skype, dificultando la comunicación entre actores civiles y empresariales chinos y occidentales. En el último lustro se han arrestado cientos de altos funcionarios y cargos militares, entre los que destacan las desapariciones, sin explicación oficial, en 2023 del ministro de exteriores y el de defensa, y la purga este año de prácticamente la totalidad de la Comisión Militar Central.
El mundo pudo haber sido distinto. Pero un cuarto de siglo después del 11-S, vivimos en un mundo geopolítico en el que la seguridad y el poder se han convertido en objetivos casi absolutos de los Estados. Estados Unidos giró hacia dentro y hacia la fuerza; Rusia, marginada y débil, se hizo revisionista y beligerante; China convirtió su modelo económico en un instrumento de poder frente al que Occidente aún no sabe bien cómo competir. Para la Unión Europea, el camino que se dibuja de estos veinticinco años parece claro: no puede seguir dependiendo de la protección de Estados Unidos, debe dotarse de una fuerza militar propia y creíble frente a Rusia, y necesita instrumentos para proteger su economía frente al dirigismo chino. Lo que resulta bastante menos claro es si Europa está dispuesta, por fin, a recorrerlo. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Javier Solana, ex Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, ex secretario general de la OTAN y exministro de Asuntos Exteriores de España, es presidente de EsadeGeo-Centro de Economía Global y Geopolítica e investigador distinguido de la Brookings Institution.
Angel Saz-Carranza es director de EsadeGeo-Centro de Economía Global y Geopolítica y profesor de Estrategia y Política en Esade.