El Colegio Saltillense y las Hermanas del Verbo Encarnado

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Opinión
/ 28 marzo 2026

Los recuerdos de nuestro Colegio Saltillense vuelven a ponerse en el corazón

Con la amable convocatoria de Mimí Talamás, el pasado miércoles 25, ante la imagen resguardada por Beatriz Eugenia Siller del Jesús Niño que presidía la Capilla del Colegio Saltillense, se reunió, como todos los años, un grupo de exalumnas del Colegio el día del Verbo Encarnado en la celebración de la Eucaristía oficiada por el padre Mario Carrillo, párroco del templo de San Esteban.

Nueve años (1953 a 1962) pasó mi generación en el Colegio Saltillense bajo la mirada estricta de las religiosas de las Hermanas del Verbo Encarnado: Sor Adela, Sor María de Asís, Sor Jovita, Sor María de la Paz, Sor María Estela; y algunos maestros inolvidables, como las señoritas Olga Villegas Rico, Alba María Rebonato y Marisol Valdés, así como el padre Humberto González y el doctor Jorge Fuentes Aguirre.

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Para esos años, el Colegio era ya de noble y prestigiosa tradición en Saltillo. En 1885, apenas 16 años después de fundada la Congregación de las Hermanas de la Caridad del Verbo Encarnado en Texas, llegaron a esta ciudad la Reverenda Madre Saint-Pierre con Sor Úrsula, Sor María Asunción y la mexicana Sor Mónica, con el propósito de fundar el primero de sus colegios para niñas y jovencitas en México. La educación de los varones ya era atendida en Saltillo desde 1878 por los jesuitas en el Colegio de San Juan y ellos se ocuparon de arreglar una casa para recibir a las religiosas, de modo que pudieran iniciar de inmediato su labor educativa. Las primeras décadas del colegio para niñas se dieron en una época difícil para la iglesia mexicana, en la que persistía la persecución religiosa y las ideas liberales en pro de la educación laica. La primera casa que ocuparon, en la esquina de Aldama y General Cepeda, alojó a las religiosas y a la nueva institución educativa. Su primer nombre fue el de Colegio La Purísima; posteriormente se llamó La Corregidora y, al trasladar sus instalaciones a la calle de Victoria 415, cambió su nombre, ahora por el de Colegio Saltillense.

El 16 de junio de 1953 se terminó el edificio construido ex profeso para alojar al colegio, ubicado en la Avenida Universidad esquina con Emilio Carranza, y se realizó su bendición para recibir a las niñas y a las religiosas en septiembre. El Saltillense funcionó ahí más de 50 años, hasta que las Hermanas de la Caridad del Verbo Encarnado se vieron en la necesidad de reducir el número de sus colegios en México y otros países por no poder atenderlos a causa de la disminución de integrantes de la Congregación y de aspirantes a la toma de hábitos. El Colegio Saltillense cerró sus puertas. El edificio fue entonces ocupado por las Hermanas de la Congregación de Hijas de María Inmaculada de Guadalupe, dedicadas también a la enseñanza de las niñas, y trasladaron ahí el colegio que hasta entonces había llevado el nombre de su fundador, el padre Antonio Plancarte, y lo nombraron Colegio La Paz.

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Los recuerdos de nuestro Colegio Saltillense vuelven a ponerse en el corazón: la misa y las oraciones en la capilla del Verbo Encarnado; la Asociación de Hijas de María; los ejercicios espirituales; el cuarto de la clase de piano de Sor María Estela; las lecciones de canto en el comedor; el recreo cotidiano y la tiendita donde vendían lonches calientitos de mortadela y unos deliciosos coquitos azucarados; los encarnizados partidos de voleibol; las lucidas fiestas de fin de año, cuyos bailables preparaba Carmela Guerra de Webber; las luminosas posadas y las divertidas pastorelas; las kermeses anuales con su tómbola, su registro civil para casamientos de mentira y su Arca de Noé llena de pollos y conejos; la jaculatoria del saludo intercambiado con las hermanas al entrar al salón de clases: “Alabado sea el Verbo Encarnado: para siempre. Amén”; el clóset de los misterios en la parte trasera de los salones.

La imagen religiosa que presidía el salón, guardada con prisa ante la llegada del inspector de Educación, don Zeferino Calderón; las siglas L.V.I. (Laudates Verbum Incarnatum), encabezando los cuadernos y los trabajos manuscritos; el botón con la flor de lis, símbolo del origen francés de la Congregación; el uniforme azul marino con puños y cuello blancos y, si la ocasión era de gala, los listones blanco y rojo prendidos al hombro izquierdo; el mandil del diario en céfiro a cuadros y sus almidonados holanes en las bocamangas; las amigas que nos han durado toda la vida, y los muchachos del CIZ atisbando la salida de las alumnas por el lado oriente del edificio. Imposible mencionarlo todo. Eso y mucho más nos dejó el Colegio Saltillense. Lo llevamos en el corazón.

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Profesora de Lengua y Literatura Española. Dirigió el departamento de Difusión Cultural de la Unidad Saltillo de la UAdeC. En 1995 fue invitada por la Universidad Tecnológica de Coahuila, unidad Ramos Arzipe, para encargarse del área cultural, que incluía la formación del Centro de Información y cuatro años más tarde vendría la fundación del Centro Cultural Vito Alessio Robles, recinto que resguardaría la biblioteca de su padre, y donde hasta hoy labora.

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