¿Los niños presentan carencias en el preescolar?
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Si únicamente se responde mediante castigos, el niño puede empezar su trayectoria escolar acumulando experiencias negativas
Durante años hemos visto cómo, en promedio, los varones obtienen peores calificaciones, son más propensos a presentar problemas de comportamiento y son objeto de medidas disciplinarias con mayor frecuencia que las niñas. Lo interesante es que nuevos datos muestran que la brecha no comienza en la primaria, sino que se puede observar desde el ingreso al preescolar.
Investigaciones recientes muestran que el 48 por ciento de los chicos alcanza los indicadores generales de preparación escolar, frente al 56 por ciento de las chicas. Esta diferencia puede parecer pequeña, pero resulta significativa: los estudios longitudinales nos advierten que algunas de estas brechas pueden perdurar e incluso aumentar durante la primaria. Sin embargo, el problema no es meramente académico. Al hablar de estar “preparado” para el preescolar solemos pensar en conocimientos muy básicos, como reconocer letras, números y colores o escribir el nombre. Sin embargo, los maestros reclaman algo todavía más esencial: que el niño pueda escuchar, esperar, seguir instrucciones, controlar los impulsos, organizarse, tolerar la frustración, relacionarse con otras personas y mantener la atención. Todo esto se vincula estrechamente con la autorregulación y las funciones ejecutivas.
Varios de los estudios longitudinales concluyen que las niñas comienzan el kínder con mejores habilidades sociales y conductuales que los niños, y que esta ventaja se incrementa con el tiempo; además, anticipan parte del rendimiento académico posterior.
Una de las razones más importantes es el cambio curricular que ha sufrido el nivel preescolar en los últimos años: se han ido transformando cada vez más en espacios académicos. Actividades que ocupaban un lugar importante en la infancia –jugar libremente, moverse, explorar, hablar, construir, imaginar y convivir– han sido desplazadas poco a poco por dinámicas más educativas y estructuradas.
Esto puede suponer un reto específico para algunos niños que todavía necesitan desarrollar la capacidad de permanecer sentados, de inhibir una conducta, de mantener la atención o de gestionar la necesidad de movimiento. La respuesta no debería ser, por tanto, rebajar las expectativas de los varones bajo la premisa de supuestas diferencias de género ni asumir que todos los niños se desarrollan al mismo ritmo. Las diferencias promedio entre grupos nunca nos permitirán pronosticar el desarrollo de un niño en particular.
Un niño que constantemente se levanta sin permiso, interrumpe, responde de forma impulsiva, pierde materiales o abandona inmediatamente una tarea puede ser visto como desobediente o indiferente. Sin embargo, algunas de estas conductas pueden ser una manifestación de habilidades de autorregulación todavía inmaduras y, además, de falta de entrenamiento.
Si únicamente se responde mediante castigos, el niño puede empezar su trayectoria escolar acumulando experiencias negativas: llamamientos de atención, informes, comparaciones y, finalmente, la creencia de que “no soy bueno para la escuela”. El problema puede convertirse en una profecía autocumplida.
¿Y qué pueden hacer los padres y los maestros? Quizás la solución más importante no pase por “hacer esperar al cerebro”, sino por ayudarlo a desarrollarse a través de experiencias a las que deba enfrentarse para adquirir las habilidades necesarias. Antes de ingresar y durante el preescolar, debemos propiciar experiencias de espera, control de turnos, seguir instrucciones, finalizar pequeñas tareas, tolerar frustraciones, resolver problemas sencillos, jugar libremente, conversar, moverse, tener momentos de aburrimiento, hacer cosas por sí mismos...
Eso sí, jugar no es el enemigo del aprendizaje. Nuevas investigaciones y experiencias recientes demuestran que el juego puede favorecer el desarrollo de habilidades cognitivas, sociales y emocionales necesarias para aprender. La pregunta que deben hacerse padres, madres y docentes no es solamente: “¿Ya sabe leer, escribir y contar?”. Antes, habría que plantearse: “¿Está desarrollando el cerebro y las habilidades necesarias para aprender?”. Porque educar a un niño para la escuela no significa adelantar la primaria, sino enseñarle cómo aprender.