Menores de edad con celular: El dilema no es cuándo, sino cómo lo usan
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La edad a la que se recibe el teléfono importa menos que la forma en que se utiliza
Durante los últimos años, una de las preguntas más frecuentes de los padres ha sido: ¿A qué edad debe darse un celular? Por mucho tiempo, los expertos aconsejaron esperar hasta los 13 años, con la esperanza de protegerlos. Sin embargo, una nueva investigación publicada en JAMA Pediatrics (Smartphone Acquisition and Use at Age 13 Years and Health Outcomes at Age 14 Years) sostiene que la edad a la que se recibe el teléfono importa menos que la forma en que se utiliza.
El estudio siguió a mil 959 adolescentes desde los 13 hasta los 14 años. Los investigadores compararon a quienes recibieron un celular por primera vez a los 13 con aquellos que aún no lo tenían. La conclusión fue sorprendente: recibir un teléfono a esa edad no indica que su riesgo de depresión u obesidad vaya a aumentar un año más tarde de su entrega, pero sí se asoció con una mayor probabilidad de dormir menos de ocho horas por noche.
Sin embargo, el hallazgo más sobresaliente se observó en el uso del teléfono entre los adolescentes que ya tenían uno: cuanto más tiempo pasaban utilizando el smartphone, mayor era el riesgo de padecer depresión, obesidad y déficit de sueño. Es decir, el problema no era únicamente tener un teléfono, sino el abuso derivado de su utilización.
Este descubrimiento va en la misma línea de lo que hoy conocemos sobre el cerebro adolescente, en cuya etapa las zonas vinculadas al autocontrol, a la planificación o a la toma de decisiones aún están en desarrollo. Por ello, los adolescentes enfrentan una dificultad particular para detener una actividad extremadamente estimulante, sobre todo cuando disponen de aplicaciones diseñadas para mantener la atención mediante notificaciones constantes, videos infinitos, recompensas inmediatas, etcétera.
Los adolescentes que dejan el teléfono fuera de la habitación durante la noche presentan un riesgo significativamente menor de descansar poco. Este pequeño acto probablemente reduzca las interrupciones nocturnas, disminuya la probabilidad de consultar mensajes o redes sociales antes de dormir y aumente la probabilidad de tener un sueño más satisfactorio.
Para muchos padres, este cambio puede ser bastante representativo de su visión. En lugar de enfatizar el retraso de la primera compra de un teléfono móvil, parece mucho más razonable hacer un esfuerzo por formar, desde el primer día, hábitos de control de la pantalla. Un smartphone puede ser un buen recurso para comunicarse, aprender u organizarse, pero también una fuente de problemas para la salud si no se usa de forma controlada.
La evidencia científica nos muestra pautas muy sencillas para establecer límites en el uso del celular:
– Definir horarios específicos para su utilización.
– No usarlo durante las comidas ni en conversaciones familiares.
– Mantenerlo fuera del dormitorio durante la noche.
– Incrementar el tiempo dedicado a actividades sin pantallas (deporte, lectura, convivencia, tiempo al aire libre).
– Hacer que los hijos aprendan que es su responsabilidad controlar el uso de este dispositivo.
Como padres, recordemos que los chicos aún están aprendiendo sobre autocontrol; no pueden lograrlo con un dispositivo que está diseñado para captar su atención continua. También es fácil sobrepasar las expectativas en un cerebro en proceso de construcción: exigir a alguien que sepa y pueda administrarse solo se traduce en una exigencia excesiva. La supervisión, el acompañamiento y los límites no son falta de confianza hacia ellos y ellas, sino parte del aprendizaje que deben adquirir para poder autorregularse y adquirir hábitos saludables.
La pregunta correcta no es, entonces, “¿cuándo le daré un celular?”, sino “¿cómo voy a enseñarle a utilizarlo?”.