Manual de supervivencia para poderosos con fecha de caducidad

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Opinión
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La mayoría republicana en la Cámara pende de un hilo

Las noticias. Huelen a cloro, gas lacrimógeno y naufragio republicano. Donald Trump mira noviembre como un gato mira la tina. Sospecha del agua. Con razón.

Los sondeos no susurran, gritan. Su aprobación se arrastra por el sótano. Hasta Fabrizio Ward, encuestador de su absoluta confianza, reporta ventaja demócrata en distritos clave. Cuarenta y cuatro contra cuarenta y uno. Fuego amigo, sin amistades.

La mayoría republicana en la Cámara pende de un hilo. Doscientos dieciocho escaños frente a doscientos doce. Un estornudo alcanza, el bostezo derrumba. Los estrategas prometen energizar a la base. La basa prefiere pijama y noticiero. Todavía mastica el escándalo Epstein. Ningún entusiasmo resiste un expediente tan espeso.

Mientras tanto, el presidente supervisa su salón de baile. Cristal, mármol, dorado. El votante pide huevos baratos; el mandatario encarga candelabros. Nerón tocaba la lira durante el incendio. Donald prefiere la pista. Evolución cultural.

Los republicanos montaron una convención en Dallas. Sombreros, discursos, eco. Pretendían rescatar a un electorado distraído. Consiguieron aplausos de sala llena, voto de sala vacía.

Ambos partidos redibujaron distritos con crayolas. Geometría de mala fe. Pese a tanto maquillaje, el promedio de encuestas tiñe de azul la Cámara Baja. Nate Silver califica de improbable la salvación republicana. Improbable, dice. En política, lo quimérico cobra renta fija.

Imaginen el escenario. Demócratas al mando del Capitolio. Citatorios por docenas. Comisiones por centenas. Quizá juicio político, servido tibio, con vino. La cena de Acción de Gracias promete.

Cruzo el Atlántico. París. Allí la juventud ocupa la calle con mochila y cólera. Universitarios se sumaron a los de secundaria. Reclaman escuelas dignas. Techos secos, calefacción, maestros suficientes. Piden poco, merecen bastante. Casi dos mil detenidos hasta principios de octubre. Doscientos ochenta y cuatro policías lesionados. Más de mil planteles afectados. Greta Thunberg, siempre puntual con la rebeldía, pisó el asfalto.

Ironía culinaria. El ciberataque recalentó refrigeradores de supermercados franceses hasta cincuenta grados. Yogures cocidos, carnes en fuga, incendios aislados. Francia ofrece de nuevo su tradición revolucionaria. Ahora la guarnición llega precocida.

Bajo hasta Guadalajara. Ciudad del mariachi, del tequila y del agua color té. Trescientas veinte colonias abren la llave y reciben líquido turbio, olor a cloaca, metales pesados. Aquí el grifo no sirve para beber; vale para sospechar.

Diez mil personas marcharon el domingo once de octubre hacia Casa Jalisco. Cargaron pancartas, cacerolas, hartazgo. Gritaron no es agua, es veneno. Gran lema, sin derechos de autor.

La respuesta oficial llegó puntual: vallas, gas lacrimógeno y, atención, chorros de agua. Por fin apareció el líquido en abundancia. Siempre sobra para dispersar, jamás para beber. Treinta y nueve detenidos. Decenas de heridos. El periodista con el rostro golpeado por una bomba de gas. Libertad de prensa, versión aerosol.

El gobierno estatal culpa a encapuchados. Investiga a diecisiete policías. Presenta un proyecto de acueducto. Sheinbaum, desde Palacio, desaprobó la represión y exigió explicaciones. Aun así, la tubería sigue sucia. Los comunicados se lavan rápido, las cañerías, jamás.

Respiren. Retrocedan hasta Buenos Aires.

Hubo un tiempo cuando las calles argentinas rugían contra las recetas del Fondo Monetario Internacional. Ollas golpeadas, vidrios rotos, ministros huyendo en helicóptero. Bersuit Vergarabat puso la banda sonora con “Señor cobranza”. Conviene aclarar un detalle: la banda no ejecutó recorte alguno. Solo cantó contra ellos. Músicos, no verdugos. Rock de barricada, no decreto de gabinete.

El estribillo de esa canción advierte a los poderosos. Creen eterno su sillón, pero el reloj marcha en contra. No lo transcribo, prefiero señalar la advertencia y dejar al lector tararearla. Cualquier tapatío, parisino o texano con hambre la completa de memoria.

Observen el patrón. Trump y su ballroom. El Elíseo y sus aulas goteando. Jalisco y su llave marrón. Tres geografías, una misma escena. Arriba juegan dominó con el presupuesto; abajo suman la cuenta.

Hay quien llama populismo a la indignación. La llamo termómetro. Sube la fiebre y el poder tose mucho. Carraspea con micrófono abierto.

Los gobernantes ensayan la misma coreografía. Primero, minimizan. Luego, culpan a encapuchados. Después, forman comisiones. Finalmente, inauguran una obra con listón rojo. Nadie jamás abrió una renuncia con listón. Sería el mejor corte de cinta de la historia.

El ciudadano común improvisa. Hierve su agua. Marcha en domingo. Vota en martes. Cuenta chistes en miércoles, único remedio gratuito. El humor negro viaja sin visa ni cuota. Cruza fronteras con mueca.

Noviembre traerá urnas. Octubre gritos. El agua trae sedimento. El poder, inquilino confiado, descubrirá tarde la cláusula del contrato. El edificio jamás fue suyo.

Entonces sonará el timbre. Será el pueblo, cobrador universal, con la factura entre los dientes. Abra, señor. Esta vez no aceptamos pagos en promesas.

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Morelense de cepa Regiomontana. LCC con especialidad periodismo (UANL). Doctor en Artes y Humanidades (I.C.A.H.M.). Tránsfuga de la mesa de redacción en diferentes periódicos como El Diario de Monterrey, Tribuna de Monterrey, y del grupo Reforma en el matutino Metro y vespertino El Sol. Escort de rockeros, cumbiamberos, vallenatos y aprendices al mundo de la farándula. Asiste o asistía regularmente a conciertos, salas de baile, lupanares, premieres, partidos de fútbol y hasta al culto dominical. Le teme al cosmos, al SAT, a la vejez y a la escasez de bebidas etílicas. Practica con regularidad el ghosting. Autor de varios libros de crónica como Hemisferio de las Estaciones, Crónicas Perdidas, Montehell, Turista del Apocalipsis, Monterrey Pop, Prêt-à-porter: crónicas a la medida y Perros ladrando a la luna en Monterrey

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