Mediocracia, S. de R.L.; una receta perversa en manos de los de hoy y los de siempre
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Los enemigos de esa mediocracia son quienes nos atrevemos a exigir un modelo distinto, ideas nuevas, cambio en políticas, objetivos más agresivos
A propósito del “evento ferroviario” en Oaxaca, así como de mi experiencia personal en las (altamente peligrosas) carreteras y caminos (llenos de topes) de ese estado durante la última semana, y la sensación de que tenemos instalado a un Gobierno, S. de R.L. (una perversa sociedad de responsabilidad MUY limitada), vino a mi mente lo que en este espacio escribí sobre la mediocracia hace ya tres años y que considero sigue vigente.
La meritocracia es un sistema político en el que los bienes económicos y el poder político se otorgan a personas con base en talento, esfuerzo y logros; no por ideología, amistades ni clases. Por otro lado, cuando el poder de un país está en manos de una persona o grupo mediocre, se tiene una mediocracia. La Real Academia Española define como mediocre a alguien “de calidad media”, “de poco mérito, tirando a malo”.
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En una distribución normal de individuos o grupos de baja, media y alta calidad, habrá pocos (en los extremos de la curva) realmente malos y excepcionalmente buenos. Muchos estaremos en la parte media de la curva. Así, probablemente cuando usamos la palabra mediocre, en realidad tenemos en mente algo más bien por debajo de la media. Aun así, cuando los retos de una organización o país son tan grandes, es necesario acercar al problema a la mayor cantidad de personas que estén por encima de la media, que no sean mediocres en el sentido textual y habitual de la palabra.
Alain Deneault, escritor canadiense, señala que la “mediocracy” ha instituido un sistema en el que se demanda que los ciudadanos sean promedio, que no aspiren a mayor cosa; se premie al sumiso e intelectualmente flojo y se castigue al pensador creativo y a quien denuncia las malas prácticas de quien tiene el poder (hoy el poder, por conveniencia, los etiqueta como carroñeros). Concluye que esa mediocracia se convierte en una hegemonía intolerante en todo, menos en juzgarse a sí misma. Dice Deneault: “La norma de la mediocridad lleva a desarrollar una imitación del trabajo que propicia la simulación de un resultado. El hecho de fingir se convierte en un valor en sí mismo”.
Sin importar nuestra preferencia ideológica o política, vemos que conocidos y familiares aplauden y defienden con enjundia –a nivel fanatismo– a uno de dos grupos: los que son gobierno hoy o a los que no supieron ser gobierno antes. Si te atreves a criticar a la 4T frente a un cuatrotero eres fifí, amigo de oligarcas, obstáculo de la transformación, chayotero, conserva. Si criticas a “la oposición” o sugieres que la 4T tiene razón en algo, serás un chairo, comunista, enemigo del progreso y otros calificativos de todos calibres.
La 4T y la oposición nos quieren hacer pensar que el debate y la lucha son sobre cosas que en realidad no son. No se trata de una lucha de visiones, ideologías o proyectos entre liberales y conservadores; entre socialistas y capitalistas; entre buenos y malos; entre nacos y fresas; entre blancos y morenos; entre clases sociales; entre el sur y el norte.
¿De qué se trata realmente el debate y la batalla actual entre la 4T y esa oposición que trata (pero no puede) tomar forma, que está plagada de emisarios del pasado que no entregaron resultados suficientes y que no les quedó más que entregar el poder a quienes hoy no parecen saber qué hacer con él? Mi hipótesis: ambos bandos NO debaten o pelean por ver quién transformará al país y logrará un desarrollo sostenido que, eventualmente, en 30 o 40 años, catapulte los niveles de bienestar de la gran mayoría de los mexicanos.
Estos dos grandes grupos (los de hoy y los de antes) lo que pelean es el control temporal de la Mediocracia que han instalado en México. Esa Mediocracia que por 40 años nos ha arrojado ínfimos niveles de crecimiento, alta inseguridad, infraestructura poquita, explosión de la pobreza, trenes que se descarrilan, carreteras deslavadas, empresas de gobierno fracasadas.
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Los enemigos de esa Mediocracia son quienes nos atrevemos a exigir un modelo distinto, ideas nuevas, cambio en políticas y objetivos más agresivos. Esos mexicanos que no queremos salir a jugar al empate a base de puro pase lateral. El aspiracionista, que tan mal le cae a la 4T de AMLO, no es solamente enemigo de la 4T; ese aspiracionista debería ser enemigo también de los políticos de siempre, pero estos, cobijados en una idea confusa de alianza anti-4T, te han hecho creer que tu enemigo es la 4T, y que ellos, con sus recetas de siempre, son tu única alternativa.
Básicamente, cualquier mexicano que se considere aspiracionista (los hay en todas las clases sociales) es, por definición, enemigo de la mediocracia, y esa mediocracia NO es un invento ni exclusiva de la 4T. Es más, la mediocracia es el origen de más de 70 años de priismo, de dos gobiernos panistas fallidos (entregaron el poder de regreso al PRI) y del cóctel de cinismo y corrupción que fue el gobierno de Peña Nieto (mismo que fue perdonado por la mesa directiva de la Asociación Nacional de Políticos y Gobernantes Mediocres). Es tiempo de denunciar la mediocracia: esa clase de políticos y gobernantes que juegan al “coadyuvando” (simulan que hacen) con ideas huecas y que son una plaga en México.