Ministerio de la verdad
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Un gobierno que cuenta con todas las herramientas e inteligencia para detectar si una imagen es veraz o es apócrifa, pero deja en cambio plantada la semilla de la duda y la incertidumbre cuando no puede controlar la narrativa.
En su infinita congruencia, una de las primeras acciones del Tlatoani in Chief, tan pronto recibió su preciosa investidura, fue el desmantelamiento de la residencia oficial presidencial, Los Pinos, por considerarla un vergonzoso símbolo del privilegio de las élites en el poder, para mejor convertirla en museo del oprobio.
No le importó que fuese “el Tata” Cárdenas, uno de sus tótems sagrados, el primer inquilino mandatario de una sobria residencia institucional creada precisamente para no hacer uso del suntuoso Castillo de Chapultepec y evitar que cada gobernante reinventara el lujo a su capricho.
Don AMLO prefirió mudarse, con todo y chivas, a Palacio Nacional que, hasta entonces, además de oficina del Ejecutivo, permanecía abierto para todo aquel que deseara admirar sus murales, salas y colecciones, pues se trata de una joya arquitectónica declarada patrimonio cultural de México, cargada de arte e historia.
Ahora, gracias a la Transformación, nadie puede ya visitar el Palacio porque está convertido en la fortaleza física y simbólica del régimen: un espacio histórico que solía ser de lo más democrático se volvió el búnker colonial en el que habrá de resistir el movimiento morenista hasta exhalar su último fétido aliento.
Ya cuando sus majestades se encaprichan con algo así, los vasallos no tenemos más que encogernos de hombros y decir con resignación: “¡Está bien... nomás lo cuidan, porfa! Trátenlo con la debida consideración, dignidad y respeto, que es un cacho de nuestra Historia y nos lo heredó nuestro tátara, tátara abuelo, el capitán Cortés”.
¡Obvio no! Si por algo se caracterizan los nuevos ricos y los nuevos detentores del poder es por torpes, desaseados, descuidados y vulgares. Nomás repase todas las fiestas, pachangones y guateques protagonizados por los morenistas de la austeridad: bodorrios en el Museo Nacional de Arte; el cumpleaños con temática del Gran Gatsby (torre de champaña incluida) de Natalia Suárez, delegada del Bienestar de Puebla; la fiesta de disfraces de Layda Sansores como María Antonieta, reina de Francia; la boda de Santiago Nieto en Guatemala; el cumpleaños en Madrid del diputado Pedro Haces; los XV de la hija de Mario Delgado, con toda la producción, aunque opacados, desde luego, por los XV de Mafer, aún tibios en el comentadero político nacional.
Son sólo los ejemplos que me saltan a la memoria sin ir a hacer ninguna revisión exhaustiva. La verdad es que ya sólo los mejor adoctrinados se tragan el embuste de la austeridad que, a nivel de dependencias y servicios públicos, se refleja desde luego como austericidio; aunque en el ámbito personal de nuestros funcionarios y servidores prefieren acogerse a la filosofía y máxima del prócer Fernández Noroña, diciéndonos (y, sobre todo, diciéndose a sí mismos): “Yo no tengo ninguna obligación de ser austero”.
Si tal es la realidad... ¿Qué de raro podría tener que el Palacio Nacional se haya convertido en espacio exclusivo de una casta de privilegiados y no en la residencia del poder público emanado del pueblo y para el pueblo, como tanto se presumía?
La semana pasada se difundieron imágenes de una dama que era la imagen viva de lo bello que es vivir, claro, dentro del presupuesto: Una mujer –que no ha sido aún identificada– recibía los primeros rayos de sol de la primavera desde uno de los balcones del Palacio Nacional, sí, ese Palacio que nos juran que es el solemne recinto, morada y oficina del poder público de México y de los mexicanos.
La despreocupada mujer asoleaba un estupendo par de piernas, blancas como el privilegio de quien jamás se tendrá que tostar al sol si no es por el puro gusto de experimentar por unas horas la hiperpigmentación de las clases menos favorecidas.
Desde las alturas, físicas y metafóricas, la dama observaba (o ignoraba) a los súbditos y sus pequeñas tribulaciones como si fueran hormigas, con cara de aburrimiento y esa misma indiferencia de quien sabe que nació con suerte. Una estampa que, desde luego, no tardó en volverse viral.
Pero el quid de este artículo no es plañir porque nos gobierna una casta de privilegiados que ya no tiene el menor empacho, pudor o recato en usar los tesoros y símbolos nacionales como spa de ocasión y telón de fondo para sus stories de Instagram. Eso ha sido desde siempre; nadie es tan ingenuo para pensar que Morena fue tan original como para inventar el privilegio de la clase política. Apenas y lo han perfeccionado... en cinismo.
Lo relevante aquí es cómo se manejó esta información institucionalmente. El Gobierno, a través de su plataforma para el “combate a la desinformación”, InfodemiaMx, puso en duda la veracidad de la imagen argumentando que, luego de realizarle un somero “análisis”, muy probablemente se trataba de un video generado con IA.
Pero el internet no perdona y un puñado de nuevos videos desde distintos ángulos y de una variedad de usuarios confirmaron ser consistentes con el primero, validando su autenticidad y la de los hechos: En efecto, una dama (de la que aún sabemos nada) se bronceaba desde un balcón de ese mismo Palacio Nacional que se encuentra permanentemente cerrado para –digamos– las madres buscadoras.
Y el Gobierno de México, lejos de aclarar la situación, darnos más detalles y ofrecer una disculpa, hizo un intento deliberado por poner en tela de duda la veracidad del video que detonó el escándalo (todo el sello de la casa, de la 4T y de su jefe de propaganda, Jenaro Villamil).
Pero ya le digo, el quid no es la noción de que de puertas adentro del Palacio se está celebrando una fiesta monárquica transexenal de la que no participamos los plebeyos, sino el afán del gobierno de negar la realidad, de desmentirla con un bulo, de “gaslaiteárnosla” o al menos contaminarla de sospecha para generar esa percepción de que la verdad es sencillamente incognoscible y que ni siquiera vale la pena molestarnos en buscarla.
El meollo del asunto es un gobierno que cuenta con todas las herramientas e inteligencia para detectar si una imagen es veraz o es apócrifa, pero deja en cambio plantada la semilla de la duda y la incertidumbre cuando no puede controlar la narrativa.
Y recordar que este mismo gobierno, en voz de su titular, la doctora Sheinbaum, está proponiendo que durante las próximas elecciones se les “tumben” a los ciudadanos sus publicaciones en redes sociales que pudieran ser falsas (en el noble afán de defender el voto ciudadano y la democracia).
Lo genial es que sería el propio gobierno el que tendría la prerrogativa de determinar, a discreción, qué es verdad y qué es mentira; qué se aprueba y qué debe ser retirado; qué se publica y qué no.
Y claro, porque el criterio, intenciones y probidad del gobierno de la 4T son incuestionables.
Este Gobierno, que no pudo admitir y reconocer que la mujer en un balcón de Palacio era real y no el espejismo de alguna inteligencia artificial maliciosa, nos va a decir lo que es verdad y lo que se debe censurar en redes sociales. ¡Gran idea! ¡Un Ministerio de la Verdad! ¿Qué podría “malir sal”?