Mirador 03/02/2026
Jamás había visto yo al espectro que se me apareció la noche de este sábado en uno de los vastos aposentos de la casona de Ábrego. Conozco bien a otros fantasmas: el de Trini de la Peña, la novia cuyo prometido fue asesinado por bandidos la víspera del desposorio; el del niño que murió de difteria a los 5 años y ahora vaga por las habitaciones buscando a su mamá; el de don Ignacio de la Vega y Dávila, que combatió al francés y llegó a la ancianidad cargado de dinero, de honores y de remordimientos, pues fue buen militar, buen tahúr y buen amante, pero mal esposo y padre.
Este otro espectro me era desconocido. Al parecer él me conocía bien, pues me tuteó. Confieso que eso me molestó un poco, pues no habíamos sido presentados ni teníamos trato que autorizara tal familiaridad. Los espectros de los muertos, sin embargo, son más extraños que los espectros de los vivos, de modo que no le dije nada. Me dijo él:
–Te estás tardando.
No entendí sus palabras. Quizá dentro de poco las entenderé.
¡Hasta mañana!...