Mirador 05/09/2026
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Mi tía Conchita –Concepción Fuentes Flores– era mujer con candores de niña.
Jamás comía guayabas: temía que las semillas se le fueran a pegar en el corazón. Nunca empleaba la palabra “huevos”. En su lugar decía “blanquillos” o “producto de gallina”.
De joven fue preciosa, pero estuvo soltera muchos años porque a sus cinco hermanos –mi padre entre ellos– no les gustaba ninguno de sus pretendientes. Casó ya de madura edad con viudo, e hizo con él un feliz matrimonio.
Su esposo, don Refugio, era hombre religioso, Caballero de Colón. Quería mucho a mi papá; le decía compadre, y sostenía con él largas conversaciones y debates amistosos que aun así angustiaban a mi tía. Cuando le llevamos al tío Cuco la noticia de la muerte de mi papá lloró como un niño: “¿Por qué se le ocurrió morirse a mi compadre?”.
Solía decir, viuda triste, la tía Conchita:
–Nomás los recuerdos quedan.
Es cierto. Nomás los recuerdos quedan.
¡Hasta mañana!...