Mirador 09/06/2026

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Opinión
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Todos nos conocíamos, no sé decir si por fortuna o desgraciadamente. Había entre sus habitantes personajes pintorescos

En aquellos años mi ciudad era pequeñita.

Todos nos conocíamos, no sé decir si por fortuna o desgraciadamente.

Había entre sus habitantes personajes pintorescos. Pepe Catedrales, llamado así por su estatura procerosa y porque sostenía arduas discusiones teológicas con las palomas de la Catedral. Don Melejo, que se ganaba la vida recogiendo las cacas de los perros callejeros para venderlas a las tenerías, pues se consideraba que esa sustancia servía para curtir las pieles. El Oaxaquita, músico callejero que les tocaba en su violín las Mañanitas a los que cumplían años. Todos lo querían bien, y lo invitaban a pasar. “¿Qué quiere, Oaxaquita? ¿Desayunar o almorzar?”. Y él, con humildad: “Las dos cositas”.

Siempre pensé que le decían el Oaxaquita por su origen oaxaqueño. No. Su apellido era Oaxaca. Otro personaje, hijo de padre irlandés y madre mexicana indígena, llevó el mismo apelativo: Manuel Antonio Rodolfo Quinn Oaxaca.

Anthony Quinn.

Recuerdo con afecto al Oaxaquita.

Y también, claro, a Anthony Quinn.

¡Hasta mañana!...

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Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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