Música para Dios

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Opinión
/ 17 abril 2025

La misa como género musical de la liturgia cristiana ha resultado ser uno de los covers más reiterados de la historia. La letra es esencialmente la misma, desde la misa inaugural Messe de Notre Dame, de Guillaume de Machaut (1300-1377) a las escritas por Mozart, Beethoven o Anton Bruckner. Si los textos permanecen, lo que cambia de una misa a otra es la música, su estilo, la armonía, los arreglos vocales e instrumentales, aunque la letra sea inamovible. La misa, del latín Ite, missa est “Váyanse, este es el mensaje,” se estuvo diciendo en latín hasta el Concilio Vaticano II. Entre 1962 y 1964 el Papa Juan XXIII convocó a modernizar el rito. Entonces los músicos de Occidente tradujeron la letra y escribieron misas en su idioma local. No es que antes no, pero era una práctica muy eventual. Sólo a modo de ejemplo citaré a Deutsche Messe (Misa alemana) de Franz Schubert (1797–1828), escrita en 1827, o al francés Jean Langlais (1907–1991) quien escribió en su idioma Messe de Notre-Dame (Misa de nuestra señora), en 1954.

El primero que se apuntó para escribir una misa en español fue el argentino Ariel Ramírez, (1921-2010) con su Misa criolla (1964). A partir de ahí se desató una especie de fiebre en los compositores latinoamericanos por escribir misas en español. La cosa no hubiese pasado de ser una simpática anécdota, que seguramente la malhadada Inquisición hubiese condenado, de no ser porque estos músicos incorporaron ritmos e instrumentos locales. Uno se preguntaría que tan válido sería esta innovación de cara al rock cristiano, iniciado en EUA hacia 1967 con la banda Mind Garage. Otro rocanrolero notable fue Larry Norman (1947-2008), quien en 1969 publicó el álbum Upon This Rock. Escúchese su gran éxito Why Should the Devil Have All the Good Music que parte de su tesis cristiana “Some people say rock ‘n roll is of the devil, I don’t believe that” (Algunas personas dicen que el rock ‘n roll es del diablo, yo no lo creo).

Algunos de los músicos latinoamericanos que compusieron misas en español son el nicaragüense Carlos Mejía Godoy (1943) con su hermosísima Misa Campesina Nicaragüense (1977); el chileno Kato Rodríguez con su Misa Andina; el cubano muy académico José María Vitier (1954) Misa cubana a la virgen de la caridad del cobre (2004).

En México levantó la mano el capitalino Jesús Echevarría (1951). Autor de un largo catálogo para los más variados formatos, desde orquesta sinfónica, ensambles de cámara, canciones, música coral, o música incidental para cine o teatro. Echevarría fue el compositor de la serie Melchor Ocampo de la costarricense Guita Schyfter por la que obtuvo el premio “Mejor música de pantalla de cristal” 2017; de la misma directora musicalizó la película Huérfanos, de 2014, nominado para el Ariel por la música.

Sin embargo, hay en Echevarría una inclinación hacia la música nacional sin llegar a ser nacionalista. Me refiero a las Folías huastecas para violín y cuerda; la obra coral Tata K’eri para orquesta sinfónica y ensamble purépecha, La muerte niña, para dos sopranos, cuarteto de cuerda flauta de carrizo, quena, jarana y percusiones, o sus Suite huasteca y Suite Tarasca ambas en el sello Quindecim Recordings, de 2002.

En 2009 Jesús Echevarría publicó su Misa mexicana en este mismo sello musical. En el álbum aparece las sopranos Lourdes Ambriz y Encarnación Vázquez; el tenor Ernesto Anaya, y el barítono Jesús Suaste. Se trata de la misa, escrita en 1997, conformada por los movimientos tradicionales: I. Kirie, II. Gloria, III. Credo, IV.- Sanctus, (En las misas clásicas se puede incluir una extensión del Sanctus, llamado Benedictus) V. Agnus Dei, VI. Comunión. A estos seis movimientos Echevarría agregó una despedida: VII. Gracias a Dios, ya que, según el autor, la misa es un festejo, y de todos los festejos nos despedimos con alegría y agradecimiento. La compuso incorporando música tradicional mexicana de varias regiones del país, como huapango, son jarocho, mariachi respetando en toda la misa católica, aunque obviamente con un aroma de música tradicional mexicana, apoyada por salterio, bajo sexto, marimba, guitarra séptima mexicana, arpa, jara huasteca, guitarrones, mandolina, huéhuetl y teponaztli. La misa mexicana de Jesús Echevarría es un ejercicio de sincretismo entre la música sacra, y la intensidad de la música regional mexicana.

Estudió Letras Españolas en su estado natal, ha escrito narrativa y ensayo. Su interés se centra en literatura policiaca, presente en sus estudios y en su obra de creación. Yo siempre estoy esperando que los muertos se levanten parte del viaje de su protagonista para realizar una investigación sobre la estancia de Francisco Villa en la ciudad de Delicias; la anécdota le sirve para la creación de una novela de suspenso con tintes policiacos. Su segunda novela, Nadie sueña, recrea y denuncia el mundo de la violencia, del crimen y la corrupción del sistema judicial y de los círculos del poder en los estados del norte. Sus personajes, al principio presos de un gran desaliento, logran rebelarse ante esta situación. En sus cuentos se repiten las mismas obsesiones del autor por la intriga propia del relato policiaco.

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