Noviembre, un mes para recordar
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Es de ellos, en estos días de melancolía, nostalgia, tristeza, que nos llega más poderosamente su recuerdo
Noviembre. Con la llegada del mes se anuncian los dorados de la tarde. Es otoño y la luz ha transformado los espacios; por las mañanas, se derrama sobre las piezas. Claroscuros pronunciados en lo alto del mediodía.
El recuerdo de todos quienes estuvieron con nosotros aparece iluminado; el sol cae discretamente y anuncia días más cortos.
Noviembre y en sus letras la memoria de nuestros difuntos. Cada una de ellas nos trae un recuerdo; cada una aviva el fuego que una vez se aceleró en medio de la oscuridad. Llega atrapado en una sonrisa, en una frase cargada de cariño, en un impulso para seguir adelante, en una afectuosa palmada en la espalda o una breve mirada de comprensión.
Caen las hojas una a una. El patio se va poblando de ellas mientras unas palomas vienen a visitar el melocotón, cuyas ramas esperan la próxima primavera.
Las hojas, las que cantó el poema “Hojas de otoño” (“Autumn Leaves”), original de Jacques Prévert. La versión de Bob Dylan, basada en la melancólica adaptación de Johnny Mercer, ofrece una pausada mirada hacia dentro y, desde ese sí interior, se observan “las hojas que caen vacilan por la ventana / las hojas de otoño de rojo y oro”, cuando se extraña a la amada / al amado.
El silencio acompaña a las primeras horas de la mañana. La niebla se ha apoderado de la ciudad y surge el gracejo de aves que, con sus cantos, llaman a otras a iniciar un concierto melancólico y dolido.
¿Aparece en ellas el mismo sentimiento que en los humanos al iniciar este mes en que recordamos a quienes marcharon antes que nosotros? Por siglos nos han acompañado; y nosotros, en medio de la prisa y la fatua idea de la inmortalidad a que nos conduce la endemoniada carrera en la vida diaria, no nos percatamos de su presencia y de su belleza.
Hay momentos en que la naturaleza se hace la indiferente cuando se atraviesan los momentos de mayor dolor. Así, el sol radiante y los cielos límpidos, cuando en el alma cae un torrente de lluvia, anegado por el llanto, cuando uno de los nuestros se va.
Pero en días como hoy, como en el que esto escribo, la naturaleza se ha acomodado a los sentimientos más íntimos del recuerdo. Hay en los mexicanos una algarabía para festejar a la muerte; pero hay también un algo interior que, en los momentos de reposo, busca la soledad y el íntimo recogimiento para pensar, para recordar, para volver a hacer suyos los momentos fugaces en que fuimos felices con una persona.
Se vive el día a día atravesando la cotidianidad con prisas y extenuados. Pero en medio del barullo, la inconsciencia o la indiferencia, hay alguien que hace el día para los demás. Hay una persona que facilita las cosas, que sonríe, que te extiende la mano, que te anima. Son unos momentos únicos, pero que guardamos celosamente en un rincón de nuestros pensamientos y de nuestras memorias.
Es de ellos, en estos días de melancolía, nostalgia, tristeza, que nos llega más poderosamente su recuerdo. Más allá de la algarabía, están esas hojas que cayeron una a una, las que nos recuerdan con su vulnerabilidad la fragilidad de la vida y la fuerza de la memoria.
Están aquí, dentro, en una parte profunda del corazón. Son la esencia misma de lo que nosotros estamos hechos en lo más íntimo del ser.