NUDO GORDIANO: Candil de la calle, oscuridad de su casa

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Opinión
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Si el fentanilo llega a Estados Unidos, alguien lo recibe. Alguien lo guarda y lo reparte en Los Ángeles, Chicago, Nueva York, Houston y cientos de ciudades más

Donald Trump subió a la tribuna de la Asamblea General de la ONU y desde ahí se puso a repartir el mundo en culpables e inocentes. Habló de México, Venezuela, Irán, Europa, Ucrania. Señaló, amenazó y defendió cada acción de su país como si Estados Unidos no solo tuviera el poder de meterse en los asuntos ajenos, sino también el derecho.

Mientras lo oía, me vino a la cabeza el refrán de siempre: candil de la calle, oscuridad de su casa. ¿Cuántas veces voltea a ver hacia adentro el hombre que se pasa el día corrigiendo al resto?

https://vanguardia.com.mx/opinion/sheinbaum-ya-pasaron-dos-anos-y-no-hay-legado-CK23831407

La ONU nació para que los países resolvieran sus diferencias hablando; resulta irónico anunciar castigos desde ahí.

México ocupó un buen lugar en el discurso. Lo llamó “epicentro” de la violencia de los cárteles y habló de territorios en manos del crimen. Sería necio negar que el problema existe: llevamos décadas con una delincuencia organizada poderosa, brutal y con muchísimo dinero. Los muertos de este lado de la frontera tienen nombre, y casi nunca salen en los discursos.

Y que quede claro: nada de esto absuelve a México. Aquí también hay corrupción, autoridades que miran para otro lado y comunidades enteras que viven con miedo. Reconocerlo no es darle la razón a nadie; es la condición para exigir, con la frente en alto, que el vecino haga lo mismo.

Pero el narcotráfico tiene dos lados de la frontera.

Si el fentanilo llega a Estados Unidos, alguien lo recibe. Alguien lo guarda y lo reparte en Los Ángeles, Chicago, Nueva York, Houston y cientos de ciudades más. Alguien cobra, y alguien lava los miles de millones de dólares que deja el negocio. La droga no camina sola: nadie cruza millones de dosis con una mochila y buena suerte.

Y queda la pregunta más sencilla de todas: ¿quién la compra? Mientras haya millones de consumidores, habrá quien les surta. Es la primera lección de cualquier curso de economía: donde hay demanda, aparece la oferta.

Por esa misma frontera viaja, además, otra mercancía en sentido contrario: las armas. Buena parte de las que se aseguran en México y se mandan a rastrear a Estados Unidos salió, justamente, de comercios estadounidenses. Hay una fábrica, una tienda, un comprador y un camión; nadie las trae de la luna. México tiene la obligación de enfrentar a sus criminales; Estados Unidos, la suya. Responsabilidad compartida, no sermones de un solo lado.

Trump mira al sur con insistencia y con dureza. Pocas veces apunta esa severidad hacia su propio patio, donde también hay un país distinto al de las postales: decenas de miles de muertes por sobredosis cada año, violencia, gente durmiendo en la calle, vivienda fuera del alcance de millones, desigualdades enormes de ingreso, educación y territorio.

Hay además una grieta que cuesta ignorar. Los estados que votaron por los demócratas en 2024 suelen tener más universitarios, mejores ingresos, ciudades más grandes y mayor producción por habitante. Muchos de los que votaron republicano son más rurales, ganan menos y dependen más de los recursos que reparte la federación. Que nadie me malinterprete: no todos los demócratas son ricos y educados ni todos los republicanos pobres e ignorantes. Sería una burda simplificación. Pero se dibujan dos países que cada vez se reconocen menos entre sí.

Esa también es la casa que gobierna Trump. Una casa con goteras no se arregla culpando al vecino de la lluvia.

Luego está Venezuela. Primero se habló de narcotráfico; después apareció, sin mucho disimulo, el petróleo. Cuando el presidente de la mayor potencia del mundo desempolva aquello de que “el botín es del vencedor”, uno se pregunta qué orden internacional estamos armando, si la fuerza puede dar derechos sobre lo que es de otros. Las potencias, como las personas, se retratan en lo que se permiten cuando nadie puede detenerlas.

Oyéndolo saltar de un país a otro, de una amenaza a la siguiente, me acordé de Alicia frente al Gato de Cheshire. Ella quería saber qué camino tomar, y el gato le contestó que dependía de adónde quisiera llegar. Vale la pregunta: ¿adónde quiere llevar Trump a su país? ¿Y adónde a los demás? La respuesta, hasta hoy, no aparece en ningún discurso.

Pensé también en Lincoln y en Franklin Delano Roosevelt. Lincoln, siendo congresista, cuestionó la guerra contra México y las razones con que se justificó. Roosevelt, décadas después, entendió con su política del Buen Vecino que la relación con América Latina no podía sostenerse para siempre en la amenaza y la intervención. No fueron perfectos ni gobernaron tiempos parecidos a estos. Pero ambos supieron que la grandeza de una potencia también se mide por cómo trata a sus vecinos. ¿Qué dirían hoy, al escuchar otra vez que hay que intervenir, castigar y decidir desde Washington lo que otros deben hacer?

México y Estados Unidos no se eligieron. La geografía los puso lado a lado y la historia los obliga a entenderse.

Trump mira el mundo y quiere corregirlo; decide quién es una amenaza y a quién hay que castigar. Pero frente a él hay un espejo, y en él se reflejan las drogas que se consumen en su país, quienes las distribuyen, el dinero que dejan, las armas que bajan hacia México, la desigualdad, la violencia y las fracturas de su sociedad.

México tiene mucho que corregir. Los demás países señalados, igualmente. Estados Unidos, claro.

Quizá, antes de poner orden en el mundo, convendría mirarse en el espejo.

Candil de la calle, oscuridad de su casa.

Soy doctorado por la Universidad Hebrea de Jerusalén.

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