NUDO GORDIANO: De los manantiales de Saltillo a los glaciares de Nepal

+Seguir en Seguir en Google
Opinión
/

Hace más de cuatro siglos, Saltillo era otro.

En 1603, el obispo Alonso de la Mota y Escobar recorrió estas tierras y habló de sus “muchas y buenas tierras y aguas”, de labores de riego y de montañas cubiertas de arboledas. Un paisaje que hoy costaría imaginar.

https://vanguardia.com.mx/opinion/nudo-gordiano-mexico-en-construccion-ii-MG23259959

Ciento setenta y cuatro años después, Fray Juan Agustín de Morfi encontró todavía un territorio extraordinariamente rico. En 1777 lo describió como un “gran y fertilísimo llano” regado por numerosos manantiales, y registró 665 ojos de agua en la jurisdicción de Saltillo. Pero también advirtió algo que debería habernos preocupado más: la escasez de madera y el desorden con que se talaban las sierras. En medio de la abundancia ya asomaba la primera grieta.

¿Qué hicimos después?

Saltillo creció. Desaparecieron las huertas y las acequias, los manantiales fueron menguando y empezamos a buscar bajo tierra el agua que antes brotaba sola. Llegaron nuevos barrios, carreteras, industrias y enormes extensiones de concreto. Durante mucho tiempo le llamamos progreso a todo eso.

Hoy dependemos por completo del agua subterránea y los acuíferos están bajo una presión que no deja de aumentar. La pregunta se impone por sí sola: ¿estamos haciendo con ellos lo mismo que hicimos con los manantiales?

A miles de kilómetros de aquí, en Nepal, el reciente desprendimiento de inmensas masas de hielo, agua, lodo y roca volvió a mostrarnos algo que sabemos pero que nos cuesta asumir: los sistemas naturales que durante siglos creímos permanentes son más frágiles de lo que parecen. La ciencia precisará las causas específicas de cada evento, pero el calentamiento global está alterando los glaciares y las condiciones de estabilidad en las grandes montañas del planeta. Eso ya no está en discusión.

¿Qué tiene que ver Nepal con Saltillo? Más de lo que parece.

Allá se derriten hielos que parecían eternos; aquí desaparecieron manantiales que nuestros antepasados consideraban inagotables. En ambos casos aparece el mismo error de fondo: creer que la naturaleza puede aguantarlo todo.

Hace más de medio siglo, el Club de Roma advirtió en Los límites del crecimiento algo que sigue siendo incómodo de escuchar: no puede haber crecimiento ilimitado en un planeta de recursos finitos. Y no es solo una cuestión de cuántos somos. Una población que crece demanda más agua, alimentos, ropa, vivienda, energía, carreteras, transporte, industria.

Cada paso hacia arriba implica más extracción, más consumo, más residuos y más presión sobre ecosistemas que no se recuperan al mismo ritmo que los usamos.

A eso se suma una economía que ha hecho del crecimiento permanente su razón de ser. Personas, empresas y naciones compiten por producir, consumir y acumular cada vez más, como si el planeta que sostiene todo eso fuera otro.

Así se conectan fenómenos que solemos ver por separado: crecimiento poblacional, consumo, contaminación, deforestación, pérdida de biodiversidad, agotamiento del agua, calentamiento global. No son problemas distintos. Son distintas expresiones de una misma relación rota con el planeta.

Naomi Klein, en Esto lo cambia todo, lleva el argumento un paso más allá: saber no basta. La información tiene que convertirse en conciencia y la conciencia en capacidad ciudadana real para intervenir en las decisiones que afectan a nuestro territorio.

Algo de eso intentamos hacer en Coahuila con el programa Niños Guardianes de la Naturaleza. Nació cuando yo desempeñaba un cargo en el gobierno federal, con niños y maestros voluntarios en algunas escuelas. Tres años después, al asumir la Dirección de Ecología del Estado, lo ampliamos durante toda esa administración. En total fueron nueve años de trabajo continuo, con alrededor de 120 mil niños que participaron.

Y pasó algo que ningún manual de educación ambiental había previsto: los niños comenzaron a ejercer la ciudadanía de verdad.

Defendían plazas y jardines, cuestionaban decisiones de las autoridades y llegaron a manifestarse frente a presidencias municipales cuando alguna obra amenazaba un espacio público o un recurso natural. No lo hacían porque alguien les dijera que lo hicieran. Lo hacían porque sentían que ese lugar les pertenecía.

Cuando llegó la siguiente administración, el programa fue desmantelado. Aquellos clubes empezaban a percibirse como algo incómodo: una fuerza ciudadana capaz de preguntar, reclamar y cuestionar. También pesó esa costumbre tan nuestra de borrar lo que hizo quien nos antecedió, en lugar de conservar lo que funciona y mejorarlo.

¿Qué habría pasado si hubiéramos seguido? Muchos de esos niños son hoy adultos. Quizá tendríamos una generación con una relación distinta con su tierra, gente que lo siente en la piel —no solo en la cabeza—: que la naturaleza no está afuera de nosotros. Que somos parte de ella.

Nepal no es entonces una noticia lejana, ni los 665 manantiales de Morfi una curiosidad de archivo. Son advertencias.

Mota y Escobar vieron montañas arboladas. Morfi contó centenares de ojos de agua. Nosotros recibimos acuíferos al límite.

La naturaleza tiene límites, aunque nuestra ambición todavía no haya aprendido a respetarlos.

Quizá sea el momento de recuperar aquella vieja idea de los Guardianes de la Naturaleza. Con una diferencia: esta vez, los guardianes tendremos que ser todos.

Temas



Soy doctorado por la Universidad Hebrea de Jerusalén.

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM