NUDO GORDIANO: México en construcción II
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La Cuarta Transformación respondió a un hartazgo real y el cambio era necesario
Hace algunos años, cuando impartía conferencias y seminarios, utilizaba un sencillo ejercicio de percepción. Dividía al auditorio en dos grupos. A uno le hablaba de Albert Einstein, de su genialidad y de su rostro. Al otro, de la belleza femenina y de mujeres como Marilyn Monroe o Brigitte Bardot.
Después proyectaba una imagen ambigua en la que se reconocían dos figuras. Cuando preguntaba qué veían, unos respondían sin titubear: «Einstein». Los otros veían a una mujer. Al reunirse nuevamente, el grupo comenzó la discusión. ¿Cómo era posible que, mirando exactamente la misma imagen, unos vieran una cosa y otros otra?
Es un ejercicio de percepción selectiva y de primado psicológico: aquello que recibimos previamente puede predisponer al cerebro a interpretar de determinada manera lo que después se le presenta.
Recordé aquel ejercicio —y también al grupo dividido discutiendo frente a la misma imagen— cuando empecé a recibir reacciones a mi columna anterior, «México en construcción», y también a otro texto en el que preguntaba: «¿Quién decide lo que pensamos?». Porque algo parecido sucede hoy en México.
Para unos, desde 2018 el país está destruido: narcogobierno, corrupción, inseguridad, deuda, huachicol fiscal, autoritarismo. Para otros, vivimos una transformación histórica en la que todo ha mejorado. Probablemente ninguno de esos dos México existe como nos lo presentan.
La Cuarta Transformación respondió a un hartazgo real y el cambio era necesario. Pero no todo salió bien: la corrupción no desapareció; la violencia continuó en niveles inaceptables; hubo sobrecostos, retrasos, decisiones equivocadas y promesas incumplidas. Reconocerlo no significa aceptar que México está peor en todo.
Sé que los números aburren. Pero a veces son la única manera de salir del relato y pisar tierra firme. Por eso vale la pena regresar a ellos y preguntarnos cómo recibió la 4T al país en 2018 y dónde estamos en 2026. Son cifras que pueden contrastarse con las del INEGI, del Banco de México, de Hacienda y de la Secretaría de Economía.
En 2018, el salario mínimo mensual rondaba los 2 mil 800 pesos; hoy supera los 9 mil 582 pesos. El dólar cerró aquel año en 19.67 pesos; hoy ronda los 17 pesos. La inflación terminó 2018 en 4.83 por ciento y en julio pasado fue de 3.12 por ciento. El desempleo era de 3.4 por ciento y actualmente ronda el 2.8. Las reservas internacionales, cercanas a 175 mil millones de dólares al término de 2018, superan hoy los 258 mil millones de dólares.
Otro dato difícil de ignorar: la pobreza multidimensional pasó del 41.9 por ciento de la población en 2018 al 29.6 por ciento en 2024, última medición comparable disponible.
No todos los números son favorables. El crecimiento económico ha sido mediocre y la deuda pública, alrededor del 44 por ciento del PIB en 2018, se proyecta en torno al 53.5 por ciento del PIB para 2026. Eso también forma parte de la fotografía.
La inversión extranjera directa alcanzó casi 35 mil millones de dólares en el primer semestre del año. En seguridad queda muchísimo por hacer, pero, según el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, los homicidios dolosos pasaron de 86.9 diarios en septiembre de 2024 a 42.5 diarios en julio pasado, y los delitos de alto impacto están 54 por ciento por debajo de 2018.
Ningún número absuelve a nadie. Pero tampoco podemos vivir en un México imaginario solo porque el real no encaja con lo que decidimos odiar o venerar.
Y aquí aparece un fenómeno que trasciende a México.
Fernando Cerimedo, estratega político argentino vinculado a movimientos de derecha latinoamericanos y cofundador de La Derecha Diario, representa una nueva manera de disputar el poder: redes sociales, algoritmos y estructuras digitales capaces de multiplicar un mensaje miles de veces.
Su conexión con México merece atención. La Derecha Diario opera aquí con Javier Negre, socio de Cerimedo, quien hizo pública su relación profesional con Ricardo Salinas Pliego. Más recientemente surgieron declaraciones de Nadia Beller, expareja de Cerimedo, sobre supuestos planes para influir en las elecciones mexicanas de 2027. No necesito que todo esté probado en un tribunal para reconocer el mecanismo: existe, funciona y México ya es su campo de operación.
Expresiones como «narcogobierno», «narcopresidenta» o «narcopolíticos» no necesitan demostrar jurídicamente nada para producir un efecto político. Basta repetirlas. Algo semejante sucede cuando investigaciones sobre huachicol fiscal terminan convirtiéndose, por asociación y repetición, en prueba de responsabilidades personales que no han sido demostradas.
Hay oposición legítima, periodismo crítico y razones genuinas para cuestionar al gobierno. Precisamente por eso importa distinguirlos de la industria del relato fabricado: la mezcla los contamina a todos.
El problema comienza cuando dejamos de distinguir entre información, opinión y manipulación.
Yo también llevo ese proyector en el bolsillo. Y algunos días, cuando termino de leer las redes, tengo que recordarme a mí mismo que salga de la imagen y busque los números. No porque los números digan toda la verdad, sino porque, sin ellos, solo tenemos lo que alguien decidió que sintiéramos.
México no es el paraíso que unos describen ni el país destruido que otros anuncian. Es una nación en construcción, con avances que deben reconocerse, errores que deben corregirse y problemas enormes aún pendientes.
Los números están ahí. También los errores y los logros. Son fotografías de un recorrido: así recibió la 4T al país en 2018 y así se encuentra México en 2026.
La imagen está frente a nosotros.
México es el mismo. La pregunta es: ¿Qué México ves tú, que lees esta columna?