NUDO GORDIANO: Saltillo, entre el silencio y la indiferencia

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Opinión
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Mi padre solía contarme historias del Saltillo que le tocó vivir. Una se me quedó grabada: la de un diputado federal que encendía sus puros con billetes de cien pesos. Cien pesos de hace setenta años, no eran cualquier cosa. La gente lo sabía, lo comentaba en voz baja, y ahí se quedaba. Enfrentarse al poder no era sencillo. Con los años he pensado que esa historia dice más de nosotros que del diputado: aprendimos a inconformarnos en privado y a callarnos en público. Y creo que eso lo hemos ido heredando.

Saltillo ya no es aquella ciudad provinciana. Llegaron las armadoras y la industria, crecieron las colonias, se llenó de fraccionamientos, bulevares y centros comerciales. La ciudad cambió muchísimo. Lo que no tengo tan claro es si hemos cambiado nosotros.

https://vanguardia.com.mx/opinion/nudo-gordiano-el-futuro-llego-a-saltillo-JC23560911

Nos quejamos del agua, del tráfico, del crecimiento desordenado, de los servicios, del deterioro ambiental. Lo platicamos en la sobremesa, con los amigos, en Facebook. Pero entre quejarse y organizarse para exigir algo hay una distancia enorme, y casi nunca la recorremos.

Tenemos fama de ciudad tranquila y de gente trabajadora. Basta con manejar un rato por V. Carranza o por el periférico para ver otra cara: nos cerramos el paso, aceleramos para que el otro no se meta y nos enojamos por cualquier cosa. Parece un asunto menor, pero en la forma en que compartimos una calle se nota qué tanto nos reconocemos como vecinos.

Hay algo mucho más serio. En 2024, según el INEGI, Coahuila registró una tasa estandarizada de 10.1 suicidios por cada 100 mil habitantes. Las causas del suicidio son numerosas y complejas, y no pretendo reducirlas a una sola. Pero un dato así obliga a preguntarse qué está pasando en nuestras casas, en nuestras cuadras y en nuestros trabajos, y qué tan solo puede uno llegar a estar en una ciudad que no deja de crecer. (Si tú o alguien cercano está pasando por un momento difícil, la Línea de la Vida atiende las 24 horas al 800 911 2000)

Zygmunt Bauman, en La sociedad sitiada, describe algo que me resulta muy cercano: los problemas siguen siendo colectivos, pero cada quien intenta resolverlos por su cuenta. La gente percibe que algo no funciona y no encuentra dónde meter las manos.

Así vivimos. Juntos, pero cada quien por su lado. Levantamos bardas, ponemos cámaras, cuidamos a los nuestros, y cada vez sabemos menos de quién vive al lado. Detrás de eso, sospecho que hay algo más que la indiferencia: una especie de resignación. Cuando uno se convence de que protestar no sirve y que organizarse es perder el tiempo, termina encerrándose en su casa. No sé si eso nos pasó en Saltillo, pero parece que sí.

El agua es el ejemplo más claro. Dependemos del acuífero y sabemos que cada fraccionamiento nuevo lo aprieta más. Nos preocupamos cuando baja la presión o cuando no llega, y luego se nos olvida. Casi nadie se pone a discutir cuánto deberíamos consumir, cómo ayudar a que el agua se infiltre o qué nos toca hacer a nosotros. Esperamos que Aguas de Saltillo o el gobierno lo resuelvan, cuando ninguna autoridad puede garantizar para siempre un recurso que usamos como si no se acabara. Es un problema de todos: seguimos cargando cada uno por separado.

Hace algunos años trabajé con el padre Pedro Pantoja en un proyecto llamado Eslabones Ciudadanos. La idea era muy sencilla: que la gente de una misma cuadra se conociera. Recorrimos muchas colonias.

Encontramos vecinos que llevaban veinte o treinta años en la misma calle y casi no sabían ni cómo se llamaban. Me acuerdo de una señora que caminaba varias cuadras para comprar tamales, sin saber que a unas puertas de su casa otra vecina los hacía. Lo mismo pasaba con el plomero, la costurera o el que arreglaba bicicletas.

En las reuniones sobre los Eslabones Vecinales, pasábamos una madeja de estambre de mano en mano. Cada quien decía qué sabía hacer, qué necesitaba y qué le preocupaba de la colonia, y al final quedaba una red tendida entre todos. Era una imagen muy simple, pero a la gente se le quedaba: cada uno era un eslabón y, sin los demás, no había cadena.

Creo que por ahí va parte de la respuesta.

Una ciudad no se queda callada de un día para otro. El silencio se aprende poco a poco: cuando dejamos de conocernos, cuando se pierden los lugares donde nos encontrábamos, cuando nos acostumbramos a que otro resuelva y dejamos de sentir que la calle, el parque, el agua y el barrio también son nuestros.

Por eso quizá la pregunta no es por qué los saltillenses somos indiferentes, sino qué nos pasó para que dejáramos de sentirnos una comunidad. Sospecho que la indiferencia vino después, como resultado de ello.

Saltillo necesita agua, infraestructura, planeación y buenos gobiernos, claro. Pero también necesita algo que ningún gobierno puede decretar: que volvamos a vernos y a reconocernos.

No creo que nuestro problema sea el silencio. Creo que hace tiempo que dejamos de platicar entre nosotros. Y eso es muy lamentable.

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Soy doctorado por la Universidad Hebrea de Jerusalén.

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