NUDO GORDIANO: El futuro llegó a Saltillo
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Las recientes fallas en el suministro de agua, también asociadas a problemas eléctricos en los pozos, nos enfrentaron a una realidad que preferimos no mirar
Durante años hablamos del futuro como si fuera algo lejano. Del cambio climático, de la escasez de agua, del crecimiento desordenado de las ciudades y de la necesidad de modificar nuestra relación con el entorno. Pero en Saltillo ese futuro dejó de ser una advertencia: ya llegó.
Las recientes fallas en el suministro de agua, también asociadas a problemas eléctricos en los pozos, nos enfrentaron a una realidad que preferimos no mirar. Una ciudad puede acostumbrarse a abrir la llave y encontrar agua, hasta que un día deja de salir. Entonces descubrimos que detrás de ese gesto cotidiano hay una infraestructura compleja, costosa y vulnerable, pero, sobre todo, un recurso natural limitado.
Los datos oficiales sobre el acuífero Saltillo-Ramos Arizpe deberían obligarnos a reflexionar. La Comisión Nacional del Agua reporta una recarga media anual de 65.9 millones de metros cúbicos y un volumen de extracción de 118.1 millones de metros cúbicos. La diferencia es clara: sacamos del subsuelo mucho más de lo que la naturaleza puede reponer.
Hace poco, integrantes de la Asociación de Usuarios del Agua nos reunimos con el alcalde Javier Díaz González y con el gerente general de Aguas de Saltillo, Iván José Vicente García. Les expusimos nuestra preocupación y algunas propuestas. Entre ellas, sugerimos establecer un reglamento específico para el uso del agua por parte de los usuarios de la ciudad, con reglas claras que desalienten el desperdicio y promuevan un consumo responsable.
No es la primera vez que planteamos estas preocupaciones. A lo largo de los años las hemos expresado ante distintas administraciones municipales, insistiendo en la necesidad de un manejo más responsable del agua. Sin embargo, nuestras propuestas rara vez se han traducido en medidas concretas. Mientras tanto, seguimos viendo banquetas regadas con manguera, automóviles lavados con el chorro abierto y jardines residenciales de miles de metros cuadrados mantenidos como si viviéramos en una región de abundancia hídrica.
No se trata de prohibir por prohibir. Se trata de reconocer que una ciudad semidesértica no puede comportarse como si el agua fuera infinita. Y ningún reglamento será suficiente si la sociedad no cambia su manera de pensar.
Hace más de treinta años, cuando impulsamos el programa Niños Guardianes de la Naturaleza, entendimos que la educación ambiental debía comenzar desde la infancia. Dentro de aquel programa había Guardianes del Agua, de los bosques, de las plazas y de otros espacios comunitarios. Durante ocho o nueve años participaron alrededor de 120 mil niños. No eran solo campañas escolares: se buscaba que cada niño comprendiera que su conducta tenía consecuencias en el lugar donde vivía.
Saltillo nació y creció alrededor del agua. Sus manantiales y acequias sostuvieron las huertas, la agricultura y la vida urbana. Muchos de aquellos ojos de agua disminuyeron a medida que la ciudad crecía y aumentaba la extracción de agua subterránea. Esa historia debería advertirnos de que ningún recurso está garantizado.
Años después trabajamos con el padre Pedro Pantoja en Eslabones Ciudadanos. En las colonias formábamos redes entre vecinos de la misma cuadra. Una dinámica sencilla se basaba en una madeja de estambre: cada persona sostenía un tramo y lo pasaba a otra hasta formar una red. Después cortábamos uno de los hilos. La figura se deformaba y todos podían verlo. El mensaje era sencillo: cuando se rompe un vínculo, se debilita el conjunto. Lo mismo sucede con una comunidad y con un ecosistema.
Esa es quizá la idea que necesitamos recuperar. No basta con que Aguas de Saltillo funcione, con que el municipio emita reglamentos o con que los técnicos calculen cuánto puede extraerse de cada pozo. La pregunta de fondo es otra: ¿cuánta agua tiene realmente Saltillo y para cuántos habitantes alcanza? Y junto a ella aparece una pregunta todavía más incómoda: ¿hasta dónde puede crecer una ciudad asentada en un territorio con límites naturales?
Durante décadas hemos confundido crecimiento con progreso. Más fraccionamientos, vialidades, industrias y población suelen considerarse señales de desarrollo. Pero una ciudad no puede crecer indefinidamente si el agua y el territorio que la sostienen son finitos. La sustentabilidad comienza con la aceptación de esos límites.
Aldo Leopold, uno de los pioneros del pensamiento conservacionista moderno, propuso una ética de la tierra: dejar de considerar al ser humano como conquistador de la naturaleza y entenderlo como integrante de una comunidad que incluye suelos, aguas, plantas y animales. Esa idea sigue siendo profundamente actual. Todos debemos pensar en todos, pero ese “todos” no puede limitarse únicamente a los seres humanos de hoy. Incluye a quienes vivirán aquí dentro de veinte, cincuenta o cien años.
Saltillo aún está a tiempo de decidir cómo quiere enfrentar esa realidad. Podemos esperar a que la crisis nos obligue a reaccionar, o bien construir una cultura del agua basada en el conocimiento, la responsabilidad y la participación ciudadana. Podemos seguir viendo cada interrupción del servicio como un problema aislado, o entenderla como una señal de algo mucho mayor.