Orwell, ¿estamos frente a la desaparición del voto secreto?
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La solicitud de la demostración del código QR sobre una boleta recién sufragada y a través de una selfie tomada en el interior del cubículo de la votación no sería sólo un delito electoral
Al entrar a votar, ayer domingo, en la primaria donde acudí, se escuchaba, a manera de música ambiental, una canción en inglés que decía más o menos así: “Seré fiel al rojo, blanco y azul de mi bandera”. Era country, género al que estamos acostumbrados en el norte del país, sobre todo en ciudades fronterizas.
Pero la letra de esta música, al ser advertida y señalada por mi acompañante, me erizó la piel. Por supuesto que nos encontramos en un momento delicado en la relación bilateral con Estados Unidos. Por supuesto que los procesos electorales actuales y los que siguen se encuentran en un contexto en el que algunas figuras políticas y ciudadanos solicitan la intervención del vecino país del norte.
Son intervenciones que usan tecnología digital para hacerse realidad en otros países. En este sentido, se notificó, a través de medios de comunicación, una supuesta coerción del voto mediante un código QR, un modelo ya usado, al parecer, en las pasadas elecciones de Durango. Sin conceder y haciendo una ensoñación novelesca sobre la probabilidad de que los códigos QR puedan enlazar complejas bases de datos y confirmar identidades de votantes para coaccionar el sufragio, esto nos plantea también la posible desaparición de las elecciones en México como las conocemos. ¿Estaríamos frente a un ensayo de lo que serían los siguientes comicios electorales?
Quedarían atrás y palidecerían los “embarazos” de urnas. La solicitud de la demostración del código QR sobre una boleta recién sufragada y a través de una selfie tomada en el interior del cubículo de la votación no sería sólo un delito electoral; poco importaría que este mecanismo sirviera para validar la posterior entrega de dinero. Lo grave sería que el manejo de los datos se constituiría en un modelo paralelo al sistema de votación.
Superando a George Orwell o en alianza con este espíritu novelesco, de triunfar y perfeccionarse esta vía digital, acudir a las casillas sería sólo un elemento en una ecuación para validar resultados previamente proyectados, todo ello con base en las credenciales entregadas con antelación a cambio de ser registradas como militantes, para obtener apoyos como descuentos inmensos en impuestos, entrega de huevo, despensa y materiales para construcción, entre otros. Por cierto, las operaciones en efectivo para comprar los votos y las transferencias de dinero electrónico constituyen un horrendo ejercicio que ya pertenece a todos los partidos.
Y ante esto, dos preguntas casi ingenuas: ¿es oprobioso que se prohíba el ingreso del celular al cubículo en el que se emite el sufragio? ¿O quieren que definitivamente nos despidamos de las elecciones como ese espacio que, con sus fallos y querellas, ofrece el anonimato del voto?
Esta preocupación abarca los procesos electorales de toda la República Mexicana y es obligación de las autoridades electorales seguir en la revisión y corrección de los procesos bajo su jurisdicción. Así que, querido George, la vigilancia que enunciaste adquiere nuevos y chabacanos caminos en México.
El vocablo votar proviene del latín votāre, que significa hacer ofrendas o promesas religiosas. A su vez, deriva de votum, que refiere a “promesa” o “deseo solemne”. En la Antigua Roma, un votum era un pacto o promesa sagrada hecha a los dioses para lograr sus favores.