El faro inquebrantable: Nelson Mandela y la reinvención de la democracia global
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En un continente y un mundo donde los líderes revolucionarios suelen transformarse en dictadores vitalicios, Mandela gobernó por un sólo mandato
Paciencia, lector, que aquí escribiré de Mandela, del gran Madiba. Y también de la proyección de su enorme sombra, de su vida, en nuestro país.
Ricardo Becerra, presidente del Instituto de Estudios para la Transición Democrática, escribía esta semana algunas claves para comprender la historia y la genealogía del populismo, en donde se entiende que este equivale al desprecio a los ideales jeffersonianos del gobierno popular, el debate razonado, la libertad de expresión, el sistema judicial independiente y los límites a las mayorías; también se caracteriza por una permanente apelación a las emociones; por el anclaje en cualquier tipo de identidad, sea de raza, religión, lengua o clase; por la exaltación del nacionalismo y la apropiación patrimonial del Estado.
El populismo –de acuerdo con las claves de Becerra– es, siempre y en todas partes, una forma de autoritarismo, o sea, de concentración del poder en una sola persona o camarilla, que se asume como la encarnación del “pueblo”, rematando con la idea que entiende al populismo como la llegada al poder de partidos y líderes por la vía democrática (elecciones) y que luego se dedican a destruir las instituciones republicanas y democráticas (incluidas aquellas electorales, como en nuestro país. A las instituciones judiciales, ya se las cargaron) con el fin de impedir fraudulentamente el acceso a gobernar a la oposición leal (quiero decir: republicana, constitucional, creyente en la democracia) y que la camarilla populista permanezca en el poder.
El siglo 20 estuvo marcado por ideologías de hierro, muros que dividían continentes y sistemas opresivos que deshumanizaban a las mayorías en nombre del poder corporativo o racial. De ahí viene el populismo. En ese tablero de tensiones absolutas, la figura de Nelson Rolihlahla Mandela emergió no sólo como el libertador de una nación –Sudáfrica– encadenada por el apartheid, sino como el arquitecto de una nueva dimensión ética para la política mundial. Cada 18 de julio, al conmemorarse el Día Internacional de Nelson Mandela, la comunidad global no rinde tributo a una estatua de bronce inerte, sino a un legado vivo que transformó la resistencia en reconciliación y el castigo en un aula de aprendizaje democrático.
Para dimensionar el peso histórico de Madiba (nombre con el que se le conoció en su clan, el xhosa, y que quiere decir tata o padre), es imperativo descender a las celdas de Robben Island. Allí, donde pasó la mayor parte de sus 27 años de cautiverio, el régimen segregacionista pretendía enterrar sus ideas y quebrar su espíritu. Lo que el gobierno de la minoría blanca no comprendió es que las paredes de piedra pueden contener un cuerpo, pero son porosas ante la dignidad. En el aislamiento, Mandela no cultivó el veneno de la venganza, sino una profunda comprensión de la condición humana. Entendió que el opresor es tan prisionero del odio y de sus pasiones (riqueza, poder) como el oprimido lo es de la degradación física. Ese giro filosófico cambió el destino de Sudáfrica y ofreció al mundo una lección inédita: la verdadera victoria democrática no radica en aplastar al enemigo, sino en transformarlo en un conciudadano. En un ciudadano democrático con sentimiento constitucional.
Cuando Mandela cruzó las puertas de la prisión en 1990 con el puño en alto, Sudáfrica caminaba al borde de un abismo sangriento. La guerra civil parecía inevitable. La rabia acumulada por décadas de asesinatos, torturas y exclusión legal sistemática exigía una revancha. Fue en ese instante crítico donde el liderazgo de Madiba adquirió su estatura mítica. En lugar de encender la mecha del revanchismo, convocó a la creación de una “Nación Arcoíris”. Su enfoque democrático no se limitó al ejercicio del voto; se cimentó en la premisa de que una democracia constitucional fuerte requiere la inclusión absoluta de todas las minorías, incluso de aquellas que ayer sostenían el látigo y tenían el poder.
La transición sudafricana, culminada con las históricas elecciones de 1994, demostró que la democracia es, ante todo, un ejercicio de fe colectiva, paciencia y construcción institucional. Ya el poeta francés Paul Valéry había dicho: el futuro es construcción y, en ese sentido, Mandela asumió la presidencia no para eternizarse en el poder, sino para demostrar el funcionamiento de sus engranajes y construir instituciones. La creación de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación, liderada por el arzobispo Desmond Tutu, autor de una frase que debe retumbar en los sicofantes, buenistas, facilitadores y tragasapos del régimen antirrepublicano en México: “Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor”, se convirtió en el mayor ejemplo democrático de la era moderna, de la justicia restaurativa que propició tal Comisión.
Otro pilar fundamental de su legado democrático fue su profunda comprensión de la alternancia y los límites del poder ejecutivo. En un continente y un mundo donde los líderes revolucionarios suelen transformarse en dictadores vitalicios, Mandela gobernó por un sólo mandato. Al declinar la reelección en 1999, envió un mensaje contundente al planeta: las instituciones de una república deben ser siempre más grandes y duraderas que los hombres que las dirigen. Su retirada voluntaria de la primera línea política consolidó la madurez democrática de su nación y fijó un estándar ético insoslayable para cualquier mandatario contemporáneo.
Hoy, en pleno siglo 21, el mundo enfrenta una preocupante regresión democrática. El auge de los populismos polarizantes, el retorno de discursos basados en la exclusión identitaria (como la que promueve la cultura woke) y la erosión de la confianza en las instituciones públicas amenazan con desmantelar los avances de las últimas décadas. En este panorama sombrío, la memoria de Mandela actúa como un faro de advertencia y esperanza. Su vida nos recuerda que la democracia no es un estado natural de las sociedades, sino una construcción diaria que demanda tolerancia, diálogo intersectorial y el respeto irrestricto a los derechos humanos.
La enorme sombra de Madiba, lo mismo que su faro, nos demuestra que no hay que rendirse en la búsqueda de los mejores valores éticos que la dignidad humana se merece, sobre todo, el derecho a vivir en una democracia republicana y constitucional, y que no basta el no rendirse, sino que también hay que alzar la voz en donde quiera uno se encuentre.
El autor es investigador del Centro de Educación para los Derechos Humanos de la Academia IDH
Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH